Sunday, April 24, 2011

Resistir es crear

Escribir críticamente sobre Indignez Vous! el más reciente libro de Stephane Hessel fomenta no poco malestares y sospechas. Lo primero, porque el libro no trata de un tema ni mucho menos encierra una tesis coherente de análisis, sino que se deja llevar, como una especie de fluir de la experiencia, sobre la actualidad contemporánea vista a luz de todo un siglo. Y lo segundo, porque no deja ser contradictorio que un joven escriba sobre Indignez, cuando el propósito de dicho panfleto es animar la participación juvenil en los procesos de cambio político, y en el recobro de los principios, indignación mediante, por los cuales lucharon los soldados de la Resistencia Francesa. De modo que, escribir sobre el panfleto de Hessel, lapida su argumento y neutraliza el discurso de acción.

Dicho esto, Stephane Hessel tiene una historia de la cual todos conocemos y a la que aquí solo le dedicaremos unas líneas. Fue miembro de la Resistencia francesa, vivió el presidio del campo de concentración (también la odisea de escapar del campo), fue torturado por los nazis, y posteriormente, una vez terminada la guerra, ayudó a esbozar, junto con el cubano Guy Pérez Cisneros (¿se habrán conocido?), la Declaración de los Derechos Humanos de la Naciones Unidas. Otro dato interesante: su padre tradujo junto con Walter Benjamin la gran novela de Proust, y quizás fue el último intelectual con quien Benjamin habló antes de cruzar la frontera de Portbou.

A Hessel hay que creer porque ha vivido. Es la marca de la experiencia y la memoria de un siglo que va desde la primera guerra mundial, que lo ve nacer, hasta la caída del muro de Berlín, y finalmente testigo milenario de la actual crisis económica y política de Occidente. Indignez vous se lee como un panfleto, en la tradición política de Paine o Wollstonecraft, pero tiene matices de la edad, quiero decir, inflexiones respiratorias de un anciano que sigue convencido que lucha aun es posible, amén de que ésta sea por otros medios. Luego de tanta violencia – que penetró las mismas vísceras y articulaciones de su cuerpo – entendemos porque dedica un segmento de su discurso para aclarar que su llamado es una violencia pacifica. Pausa, se toma su tiempo, cambia de discurso; el panfleto de Hessel tiene la forma de un árbol y el estilo de un ameno coloquio.

Este discurso de la violencia, como tantos otros, está matizado por una voz de la experiencia que ratifica a priori la crítica y que convence sin realmente pasar por la justificación de argumentos serios o premisas políticas. Gestos retóricos como “créenme” o “miren a su alrededor”, apelan a un tipo de saber que genera la experiencia, la entrada a la tercera generación, y la falta de aire. Todos vehículos para echar a rodar una maquinaria lingüística a favor de la resistencia y la indignación.

Hoy más que nunca debemos estar indignados, dice una y otra vez Stephane Hessel, en diferentes contextos y niveles. Indignados contra la traición de la democracia y corrupción, indignados contra las élites corporativas y el desmantelamiento del Estado de Bienestar, finalmente, indignados contra la discriminación de los inmigrantes y la propagación del terrorismo. 

La claridad del panfleto de Hessel se acompaña con la densidad que genera la abundancia de estos términos que circulan de página en página y se manejan como monedas de cambio entre el viejo y el lector. La tesis que adelanta el libro, si acaso pudiéramos reconstruir una, trataría de una propuesta por la continuación de una tradición crítica y de compromiso frente al presente. (De ahí que Hessel cite tres o más veces a Sartre, pensador del compromiso que hoy apenas se nombra).

Indignación y compromiso desemboca, o da la impresión durante la lectura, en la ambigüedad. Hessel tiende a reducir los problemas sociales y políticos a las normas de los Derechos Humanos, o la continua violación de los principios de la Democracia. Más que rupturas de estos modelos convencionales, estas son estructuras que se encuentran implicadas en las políticas contemporáneas de la exclusión en todo el globo. Pero como decía anteriormente, Hessel no se expone como pensador político ni estratega, a la manera de Debord, de la guerra contra el capitalismo. Su voz se entona desde la experiencia y lanza una recomendación, sin caer tampoco en la estridencia, a la indiferencia juvenil.

Es un llamado al nuevo siglo. Desprenderse de las experiencias del veinte, no significa, advierte Hessel, olvidarlas. Y si algo debemos rescatar de aquel ensueño de la catástrofe, es la práctica de la indignación. Hacer de esta palabra una piedra contra muros y consensos, o sea, hacer de la palabra una acción. 

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Gerardo Muñoz
Abril del 2011
Gainesville, FL.

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