Friday, April 22, 2011

Una revolución con barbitas


En 1962, la cineasta francesa y pionera de la “Nueva Ola Francesa”, Agnes Varda, viaja a Cuba y trae consigo una colección de cerca de dos mil fotos. Es un archivo de un país en euforia, o en palabras de Sartre, de la primera revolución construida sin ideologías. Trata de capturar como se forja la nueva sociedad socialista cubana, y para ello, se encuentra con el pueblo. 

Contento, bailando, riendo, y caminando por sus calles. El filme Salut les Cubains, dio titulo al corto de Varda sobre el momento iniciático de la Revolución Cubana. Se dibuja la imagen de una Revolución en tanto a su gente, el pueblo y sus movimientos, con lo que quiero decir, desde una nueva energía ligada la inmadurez de las primeras luces de la juventud. Y por lo tanto, no se desliga de esa sexualidad que, como habría visto Susan Sontag años después para un reporte de Ramparts, configura esa nueva ética guevarista del trabajo. Compuesta íntegramente de fotos, el movimiento de estas imágenes siempre queda condicionado al montaje, con lo cual se presupone que la realidad, ideológicamente, no es posible de retratar como tal. Solo queda el ejercicio de componer, arreglar, y yuxtaponer imágenes de una Revolución que supera la realidad y la propia capacidad expresiva de las imágenes.

Este mosaico de más de dos mil imágenes, no solo intenta retratar la totalidad de la nueva realidad bajo el signo del Socialismo, sino que actúa sobre sus entes. Ofrece, a través de la estrategia de documentalismo, la propia heterogeneidad popular y la instancia de la felicidad ante el proyecto de lo común. A diferencia de sus otros cortos políticos, como puede ser Black Panthers (1968), el compromiso de Varda con la Revolución se canaliza a través de los cuerpos, los gestos, el baile, o los rostros. El compromiso de la violencia se limita a ciertos perfiles de Fidel Castro, o a las mínimas fotografías donde podemos ver a niños o mujeres con fusiles de plástico, actuando en el nuevo retablo revolucionario.

Esta es una Revolución que camina a paso de conga – así nos narra la banda sonora que acompañan las imágenes de Varda. Imágenes que son fieles al sonido: Beni More en guayabera da un salto a una miliciana (Sarita Gomez) que baila, en una sociedad que ha perdido los prejuicios raciales, con antiguos burgueses blancos de la clase media. La Revolución que se nos desvela, a diferencia de la verán los fellow-travelers comunistas, se asemeja más a un espectáculo en manos del pueblo, de esto modo revirtiendo la famosa tesis, normativamente negativa, de la fase espectacular de la sociedad de cultura de masas. Comprobamos que, a diferencia de la representación en países del capitalismo, una revolución de pura pachanga y congo, se adelanta a sus rezagos, y a un modo de felicidad no muy distinto a que luego dominará la ideología del post-fordismo. 


Es el momento en que la Revolución se vuelve museo, imagen fotográfica, material de archivo. Varda cuenta cómo, estas fotos fueron expuestas primero en Paris, luego en La Habana. O sea, que la imagen en movimiento es en realidad ante que todo, pieza de museo. Si en el primer espacio, encontramos la mirada del extranjero que quiere ver el rostro del Socialismo, Varda describe el gesto de los cubanos: “Todos los hombres, mientras miraban estas fotos, abrazaban a sus esposas”. El gesto de mirar una foto, es capturado por otra cámara que descubre, en aquellos cuerpos, una nueva solidaridad de géneros en tanto trafico de roces. 

El filme de Varda no es solamente la manufactura de una mirada del fuera, sino un ojo muy peculiar que narra, como el que busca descubrir una isla por vez primera, desde los mínimos detalles y desde ahí encontrar significados más reveladores. Una dama que lleva un lápiz en la mano mientras camina, los diferentes tipos de sombrero, o también, el gesto de la mano de un hombre sobre la espalda de una mujer. O si pensamos en las escenas sobre la santería cubana, los rituales ñañigos, y los bailes africanos, que luego serán vetados en el proceso de la reorganización revolucionaria, portan un sello de una Cuba que transita por la zona de la indeterminación. Si bien Agnes Varda figuró en los primeros números de la Revista Cine Cubano, podríamos especular que este documental plantea no pocos problemas para las autoridades de la ICAIC y para la misma administración simbólica de las imágenes de la nueva revolución. De este modo, el documental posee percances llamativos con los cortos de Nicolás Guillen Landrián, donde los sujetos marginados, aquellos que habitan el cordón periférico del nuevo discurso estatal, se instalan en el centro de la imagen en movimiento. 

Agnes Varda, sin intenciones, crea un documental de eso que Alexander Kluge llamó en uno de sus largometrajes, “el circo de la revolución”. Y si en el circo lo que predominan son los malabares, las improvisaciones, y los gestos; Saludando a los cubanos escarba, una y otra vez, sobre los gestos de las personas en el momento que éstos han devenido en euforia. Tendría que estudiarse aun, la manera en que una revolución administra los gestos de las personas, los duplica, los trastocada, y finalmente busca borrarlos. Si el gesto es, como ha visto Giorgio Agamben, la esfera de la pura mediación de lo político, una revolución intenta borrar el gesto del sujeto para recrear un nuevo gesto totalizador y megalómano que compone el cuerpo único de la sociedad civil. 

Esto explicaría no solo la manera en que el filme de Varda puede leerse como subversivo ante las administraciones culturales y visuales del Estado Revolucionario, sino como otros documentales de la época – “Pasado Meridiano” siendo quizá su ejemplo más notorio, y pasando por “Carnaval” de Fausto Canel – fueron vistos con duda y recelo. El solo hecho que un cuerpo saliera desarticulado en la imagen avisaba que el gran poder – ese gran artista que deviene en el Estado – había perdido los pinceles sobre esos mínimos detalles. En la esfera política no es del todo indiferente: la imposibilidad de moverse dentro del país, marca el control, ya no bio-político como en las altas modernidades occidentales, sino de los gestos de toda una población. Pero más que el cuerpo, lo que teme una Revolución es que los gestos que puedan generar imágenes, sombras, y movimientos alternos a su control total. 

Un último ademán que sorprende del corto ensayo de Agnes Varda es que resume la cultura que por momentos supera la política. Por ejemplo, la esfinge del máximo líder y de sus comandantes han quedado en la ausencia de las imágenes hasta el final, donde más que un líder, vemos un Fidel lampiño, que ocupa el lugar de un rebelde juguetón y no de un líder que ha saldado las cuentas contra el subdesarrollo y ha hecho “la primera revolución ante las narices del imperialismo”. 

Es difícil discernir un nivel de antagonismo o de jerarquía en las imágenes de Varda, lo que crea un plano equivalencia entre imágenes que van desde los museos y las obras de Portocarrero y Wifredo Lam, hasta los carteles ¡Gracias Fidel! y los ciudadanos que portan armas muy tranquilamente mientras aguardan el ataque imperialista. Como luego harán el filme Fidel! de Landau y otros viajeros comunistas, el corto de Agnes Varda da testimonio de una mirada que gozaba ante la felicidad de los otros, o al menos, de una primera felicidad inicial.


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Gerardo Muñoz
Abril del 2011
Gainesville, FL.

1 comment:

Anonymous said...

HI