Monday, May 30, 2011

Boris M. Santamaria: dibujos de la ultratumba

 
La artista cubana y creadora del proyecto Normal is Good, Yali Romagoza Sánchez, me ha enviado hoy la información sobre una reciente exhibición de un artista que, a primera vista, me resultó completamente apócrifo. Por un momento, pensé que se trataba de alguna puesta en escena o de un performance anónimo de algún artista contemporáneo. Pero esta vez no se trataba de la recreación de un proyecto colateral a una obra mayor, sino de un proyecto que, de por si solo, ha devenido de la experiencia callejera; de esa Habana profunda que pocas veces se conoce en las diapositivas comunes que nos llegan de la capital cubana.

Se trata de Boris M. Santamaría quien encarna la figura de un frikie habanero. Uno de esos personajes que adopta el fluir de la vida nocturna, se cobija en la soledad de los serenos de la ciudad, y crea, como ha sugerido Duchesne-Winter, modalidades sensibles de la vida de un ciudadano insano. 

Lo que primero llama la atención de alguien como Boris M. Santamaría es justamente la manera en cómo entra al espacio simbólico del arte por la periferia, y a la vez cómo  se resiste a ser considerado como artista vinculado a los centros tradicionales de la difusión cultural o del saber artístico. Y es que Santamaría, a diferencia de los artistas profesionales, ha vivido primero una vida en desamparo nutrida de hazañas cotidianas. La exhibición, entonces, se vuelve uno de los modos para ilustrar el arte de la precaria vivencia urbana. Si como advertía Osvaldo Lamborghini, se es primero autor y luego se hacen las obras; en el caso de Santamaría estaríamos frente a un gesto vanguardista que toma la posición contraria en tanto su distribución en un espacio artístico que no lo reconocerá como artista "verdadero".   

¿Cómo ilustrar esa experiencia? ¿De que forma puede narrarse una vida que ha escogido lanzarse hacia los límites de la ciudad y desde allí vivir fuera de los controles de la identidad y del Estado, de la ciudadanía y del trabajo, de la identificación y del nombre mismo? Lo que se pone en juego en la exhibición de Santamaría son las categorías mismas que a lo largo de nuestros tiempos ha venido fomentando la identidad del artista. Sin embargo, en estos momentos ya no podríamos hablar de un artista como tal, sino de espacios artísticos, y de la documentación del arte sobre la vida.

De ahí que las obras que se exhiben, y que ha curado el artista cubano Ezequiel Suárez en un espacio domiciliar habanero, sean meramente dibujos callejeros hechos en páginas de una libreta rayada, posiblemente encontrada en una cuneta de la ciudad o dentro de algún latón de basura. Dibujos en miniatura marcados por el desgaste de una experiencia que representa, al menos formalmente, la esquizofrenia de vivir al margen de toda comunidad y de ese ensueño de tiempos que han abandonado las costas políticas. Muchas de los dibujos que he alcanzado a ver en las fotos, nos remiten a pesadillas (deseos frustrados de toda formación subjetiva) o figuras de la abyección (zombies, monstruos, o esos undead que supone la ciencia ficción). La precariedad de la vida tiene un paralelo con la fragilidad de los materiales con los que se intenta dar testimonio de una vida marcada por las ruinas simbólicas y familiares de la Revolución Cubana. Contemplamos esos dibujos, y rápidamente sabemos que fueron hechos a la intemperie, a la manera de un diario en el camino de un desierto.

De este modo se pone en entredicho nuestros gustos estéticos y las políticas sobre el consumo de un objeto vinculado a la producción de arte. En seres como Boris Santamaría es que podemos entrever como se gesta una tradición y los modos simbólicos en que el arte recrea su imaginación política. Esta última sentencia requiere una elaboración mucho más extensa, a la cual solo añadiré una apostilla suplementaria. 

El trabajo de Santamaría que inteligentemente ha curado Ezequiel Suárez, nos remite indirectamente a la generación del ochenta cubano. Fueron aquellos artistas quienes llevaron el arte a las calles y le otorgaron palabras – heterogéneas, heterodoxas, y no menos revolucionarias que las fuertes palabras que soldaron el discurso de la Revolución – un nuevo modo de desmaterializar el objeto artístico en tanto la posición del artista en el espacio social. Pero mientras que el arte cubano de los 80 salía a la calle (pienso en el graffiti de Pedro Vizcaíno o en las intervenciones del Castillo de la Fuerza), el arte de Boris Santamaría comienza en la calle para regresar hacia el espacio de la documentación del espacio artístico. Esto nos indica al menos dos cosas. 

Primero que la imaginación poética en el arte contemporáneo tiene que ver menos con la producción de objetos, sino con el modo en que estos objetos se aglutinan, se organizan, y finalmente se exhiben. Lo segundo es que, si de lo que se trata es del tránsito entre experiencia externa en el espacio de arte, esto significa que la figura del curator tiene hoy el mismo, o quizás mucho más, capital simbólico que tradicionalmente se le ha concedido a los artistas desde comienzos de la modernidad. De ahí que no resulte contradictorio aquel llamado de Sandra Ceballos en uno de sus más recientes proyectos Curadores Go Home, puesto que el gesto iconoclasta de nuestro tiempo tiene como blanco al curator – y no al arista – centro de las nuevas formas de la visibilidad cultural. Así, tendríamos que preguntarnos o suspender el misterio de quien es realmente aquí el artista: 

¿Boris Santamaría? ¿Ezequiel Suárez? ¿El espacio simbólico que abrió la generación del 80? Modos que alteran y rehacen la transmisión de los imaginarios culturales.

Sea quien fuese, estos dibujos que ahora se presentan en la Galería Cristo Salvador de La Habana, buscan dar signos a una de las experiencias más insanas que puede ofrecer una ciudad: vivir entre desconocidos, al margen de la producción y circulación del capital. Un espacio que desde el capitalismo le llamamos la pobreza. Así, esta forma de documentación de la vida no se presenta desde la nostalgia de un testimonio o la mirada sesgada de la antropología, sino como otra forma de hacer visible otra cultura mediante la política misma del espacio.

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Gerardo Muñoz
Mayo del 2011
Gainesville, FL.
*Imagen cortesia de Yali Romagoza

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