Thursday, May 26, 2011

Factoría de la soledad


Prescindiendo de diálogos en sus primeros quince minutos (considerémoslo dentro de la media hora de duración), el cortometraje de Elisa Miller Roma (2009) nos sitúa con ligereza en el espacio interior de la producción capitalista. Así, la imagen es devorada por la secuencia de ruidos que – tornilleos, repeticiones de brazos mecánicos, el chillón carro de carga – marcan la economía y la división del trabajo. 

Dado que la película proviene de México, podemos imaginar que se trata de un interior fronterizo de la producción, donde los bienes allí organizados, son de alguna forma la antesala, el sótano si se quiere, de los modos del capitalismo en la sociedad de consumo.

Parece un día más en el orden de la producción, hasta que la cámara encierra una toma a una mujer, que por momentos parece un rostro más allá de los géneros y privado de su humanidad. Escondida entre algunas cajas de la fábrica a la que luego entendemos que produce productos para la limpieza (jabones, detergentes, y seguramente otras mercancías aromatizantes). Aquí encontramos el primer cambio del registro formal que va desde los sonidos de la línea de producción a los silencios de la vida de este personaje que se nos introduce desde la precariedad de los límites del cuerpo. Aunque desconocemos su pasado, intuimos que ella ha llegado de lejos. Penetra uno de los baños públicos, se desnuda, es vista por un hombre, y toma una ducha. El cuerpo del trabajo ha sido expuesto y borrado; gesto que narra formalmente el sujeto inoperante del la producción y de una identidad que ha naufragado en el mar del proletariado.

Los que han leído El cuerpo del artista de Don Delillo encontraran en filme de Miller intrincados pareceres, puesto que se lee, amen de sus diferencias culturales y narratológicas, la captura de un momento en donde el cuerpo y la voz coinciden en la esfera del silencio. En efecto, en todo el filme el personaje femenino que traba amistad con el trabajador que la asiste, no emite palabras. Tampoco quejidos o lágrimas. En una de las escenas más logradas de todo el filme, esta subjetividad lastrada por el trabajo y el extravío del espacio, se detiene a mirar como una mosca lucha contra el cristal de una ventana para salir al mundo externo. Cómo si de una alegoría se tratase, el personaje opera como una especie de mosca (una cucaracha, según Kafka), más allá de las convenciones del espacio y del tiempo, y del modo ontológico de una existencia dada por la experiencia. En este sentido, el personaje vive a la manera de un animal: no solo porque su condición reside sobre el umbral de la pospolítica (sin identidad, nombre, lenguaje, o pertenencia a una comunidad), sino porque existe en tanto al espacio que la acoge sin la posibilidad de la contingencia de un mundo exterior.

El trabajo cinematográfico de Roma logra atravesar no solo el lenguaje del silencio, sino la visibilidad misma de la producción. Son pocas las veces en que podemos ver tomas de los trabajadores, no así de las máquinas que ocupan, a lo largo del filme, un lugar central en la construcción imaginaria de la industria. Así, podemos leer el cuerpo desnudo de lo femenino como signfiicante vacío que acumula y simboliza otros cuerpos deshumanizados en el proceso de la alineación del trabajo en tanto producción de la mercancía. A la manera del homo sacer que ha venido articulando Giorgio Agamben, el cuerpo bajo el capitalismo cobra aquí su límite de externalidad: como fuerza de la producción y como inoperancia constitutiva de la vergüenza.

De la misma manera que la mujer al ser captura por la mirada del deseo durante la ducha (y luego consigue taparse con su camisa masculina); los trabajadores miran a las máquinas productoras de jabón y detergentes como una inteligencia que los ha superado, y que ha dejado sus manos mutiladas en el mismo proceso de la creación de riquezas. Ambos gestos anuncia un mismo malestar, sin lucha alguna, confinados a la resignación, sobre el cuerpo que ha devenido en soledad política.

No es coincidencia que un filme de este tipo se titule Roma, aludiendo no solo al monopolio y la dictadura de la marca que llevan las mercancías por nombre, sino también al signo que nos remite a cómo se construye espacialmente la subjetividad en los imperios. Como el imperio romano, el nuevo imperio de la industria desampara y deja morir. Hacia el final, una toma captura la salida de esta enigmática mujer exiliada del trabajo en un tren. 

El filme invita a imaginar tanto la ruta de esa salida como su destinatario. En esa migración hacia el exterior encontramos la ambigüedad con que hoy se enfrentan la subjetividad del inmigrante que, en búsqueda de la utopía, termina encontrando la desolación de su cuerpo.


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Gerardo Muñoz
Mayo de 2011
Gainesville, FL.

2 comments:

Ernesto Menéndez-Conde said...

Magnifico texto. Voy a tratar de localizar la pelicula. Saludos.

Gerardo Muñoz said...

Ernesto, gracias. Oyeme, se puede ver gratis en Mubi esta semana a proposito del Festival de Canes. Aqui te pego el enlace:

http://mubi.com/programs/la-semaine-de-la-critique


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