Wednesday, May 18, 2011

Marx no se equivoca

Terry Eagleton. Why Marx Was Right. Yale University Press, 2011.

Con un título que ya de por si bordea una cursilería retórica, Why Marx Was Right (Yale 2011), es el más reciente libro del crítico británico Terry Eagleton, donde se defiende con desorbitante pasión el legado de Marx como modelo para pensar la actual crisis de los sistemas democráticos y del capitalismo global. Menos que el legado, sin embargo, Eagleton busca rejuvenecer la figura de un Marx olvidado, defensor de todas las buenas causas, y que para Eagleton, quien no lo esconde, marca el momento del segundo Mesías (después de Jesucristo).

El libro se lee como un panfleto, y está escrito desde un estilo orientado hacia un público no especializado – me arriesgaría a decir que está escrito justamente para un público que ni sabe los principios elementales del marxismo y el materialismo dialéctico – y que sin embargo, está interesando en entender porqué continúan perpetuándose las inigualdades y ultrajes capitalistas que el supuesto liberalismo y estado de bienestar tendría que haber sanado luego del fracaso de los regimenes comunistas.

Este énfasis sobre el espacio del lector público es quizá la clave que determina una lectura tan superficial por parte de Eagleton sobre un tema tan complejo, como suele ser el entrelazamiento de la economía la política y la sociedad, que se reduce y desdobla en diez capítulos y una conclusión. Diez pasos, a la manera de uno de esos “handbooks” de do-it-yourself, con el cual pudiéramos volver a leer a Marx luego de eso que Susan Buck Morss llamó el despertar de la catástrofe.

El didacticismo que formaliza la crítica de Eagleton en su libro pasa en diez momentos que enfrenta tradicionales objeciones al Marxismo, al Comunismo, o al propio Carlos Marx. En realidad, éste es una de las dificultades que Eagleton no le dedica ni siquiera una página de su libro: cuando hablamos de Marx, ¿de que hablamos? ¿Hablamos acaso de la tradición marxista o de un pensamiento que originalmente lleva por autor el nombre propio de Carlos Marx? ¿O de un modelo político del siglo veinte?

Por ejemplo, todo aquel que alguna se ha encontrado en el debate de sordos entre comunismo y capitalismo, llega un punto en el cual la naturaleza humana, el fracaso mundial de los sistemas del comunismo, la violencia política, o la inoperancia del estado comienzan a salir a flote como críticas factuales, también diríamos que empíricas, en las cuales el defensor comunista es obligado a responder con ciertas oposiciones entre teoría y práctica, posibilidad política y repetición de la utopía. Pues bien, el derrotero que traza Eagleton en su libro y que recorre estas polémicas no es inusual. Lo que sorprende inmediatamente desde las primeras líneas es la manera en que Eagleton intenta posicionar a Carlos Marx dentro de una ideología liberal y que por momentos se vuelve una práctica más de la política del status quo. Podemos dar dos ejemplos para entender la forma en que Eagleton avanza su defensa de un Marx que, según el autor de Teoría Literaria, lo convierte en profeta de la humanidad. Para Eagleton la idea de que Marx cree en la colectividad y descarta al individuo es falsa, justamente, nos reitera el crítico, para Marx el individuo, o mejor la libertad del sujeto, es condicionada en tanto la emancipación de las masas.

Esto no parece contradecir la teoría del propio Marx, salvo el hecho que según Eagleton esto corrobora un absolutismo marxista a favor de los derechos humanos y de la libertad individual. Para los que lean en estos momentos buena parte de los discursos y debates de la izquierda contemporánea, es risible una posición que busque ceder el pensamiento de Marx a lo que vendría siendo el espacio ideológico del enemigo, es decir, la existencia de la superestructura de la libertad personal sobre la base de las luchas materiales de la producción. Por muchas razones, podemos resumir que uno de los hilos que insidiosamente teje Eagleton durante todo su panfleto es ver cómo en Marx no solamente hay antagonismo y lucha de clases, sino también una idea de amor que interpela y suspende la totalidad de una ética colectiva:

“This means san enrichment of individual freedom, not a diminishing of it. It is hard to think of a finer ethics. On a personal level, it is known as love. It is worth stressing Marx’s concern with the individual, since it runs clean contrary to the usual caricature of his work. In this view, Marxism is all about faceless collectives which ride roughshod over personal lie. Nothing, in fact, could be more alien to Marx’s thought” (p.86).

Valga este fragmento para observar cómo, en la lectura que esboza de Marx, Eagleton suspende el radicalismo de clase para colocarse en una antesala de lo que hoy entendemos como las libertades del neo-liberalismo. De la misma forma, Eagleton procede en tanto la cuestión del Estado, el determinismo económico, o la violencia política. Aunque éste método contrafactual pudiera parecer innovador, su finalidad obvia el radicalismo del marxismo como fuerza contra el propio sistema que se intenta criticar.  

Si por un lado Eagleton logra apaciguar el antagonismo que promete el marxismo, componente intrínsico de su base política (ya sea si lo leemos desde la Escuela de Fráncfort y Gramsci hasta la idea del desencuentro de Jacques Ranciere); otra de las tácticas retóricas y poco convincentes que opera de principio hasta el final del libro, es la idea de una justificación desde la analogía.

Cuando analiza el tema de la violencia, Eagleton da cifras de los muertos por el capitalismo, mientras que cuando es meritorio pensar el fracaso de la economía comunista también hace llegarnos, a la manera de un estadígrafo burocrático, cifras que marcan la desigualdad entre las clases. De esta forma Eagleton repite el gesto que el mismo condena: justificar un sistema político, ya sea el éxito o fracaso, una vez que lo contrapone y lo evalúa contra el sistema que intenta criticar (el capitalismo). La metodología comparativa para defender el marxismo o la violencia no es de por si una forma errada del análisis. Slavoj Zizek, por ejemplo en su libro Violencia, contrapone la violencia estructural e ideológica del capitalismo frente a la violencia objetiva y sujetiva del radicalismo de izquierda de la tradición jacobina. Lo que escasea en el intento teórico de Eagleton no radica en la forma de la antología como tal, sino en el mecanismo chato y unidimensional por el cual presenta sus argumentos a favor del marxismo.

Eagleton precisamente repite ese movimiento contraproducente de las excusas y los sortilegios de la ideología capitalista. Tomemos, una vez más, este curioso fragmento donde Eagleton nos habla de la violencia radical y trae a colación la Revolución Cubana:

“We have seen that Marx writes with scarcely suppressed outside in Capital of the Bloody, protracted process by which the English peasantry Frere driven from the land. It is this history of violent expropriation which lies beneath the tranquility of the English rural landscape. Compared to this horrendous episode, one which stretched over a lengthy period of time, an event like the Cuban Revolution was a tea party” (p.185).

Luego de haber escrito a favor de la contextualización historicista y de una compresión marxista como teoría que opera sobre determinados períodos históricos, el mismo Eagleton viola su propia estrategia al poner al lado de la historia inglesa (una historia muy diferente a las del Tercer Mundo), la Revolución Cubana, como modelo práctico de la no violencia. De ahí que uno de los problemas serios que contrae el manual marxista de Eagleton no es solo el hecho de inventarse un Marx pacifista y unidimensional, obviando así una larga tradición marxista llena de interpretaciones plurales y líneas discursivas, sino que derive en contradicción contra la misma posición que busca explorar en su rescate. El problema no es que se invente un Marx, sino que la fórmula de dicho intento produzca desproporcionadas inexactitudes.

A diferencia de pensadores que hoy han retomado el marxismo como modelo factual de totalidad de emancipación histórica (Boris Groys), o como idea conceptual del recomienzo político (Alain Badiou); Terry Eagleton retoma la historia del comunismo cuando le resulta más conveniente y la obvia cuando aparece el momento de enfrentarla. Asiente que el estalinismo y el maoísmo fueron modelos fallidos de la violencia (¿dado estos límites, no es justamente lo que aprobaría una lectura valiente del marxismo?), y sin embargo, argumenta que la Revolución Cubana fue solo una velada con té inglés. Cuando arremete contra el pensamiento postcolonial, repite lugares comunes cómo el hecho de que solo el marxismo ha sido victorioso en los países del Tercer Mundo. Sin embargo, cuando es el momento de pensar el fracaso de estos modelos económicos, lo resuelve con aludir a los continuos fracasos del modelo neo-liberal.

Ineludible es el hecho que hoy, más que en ningún otro momento en los últimos cincuenta años, hay que retomar el radicalismo de Marx como crítica al fallido sistema capitalista. Pero igual de desventajoso es apropiarse de un Marx con el fin adaptarlo a un sistema que, regularmente tolera todas las identidades políticas subalternas y minoritarias, salvo las contradicciones internas que expone el modelo del materialismo dialéctico. De ahí que el nuevo libro de Eagleton resulte no solo contraproducente para pensar una salida de la crisis que nos depara el desastre de la política, sino también un instrumento fácilmente admisible y peligroso para los que intentamos entender los mecanismos de la ideología y el poder. 

Solo si entendemos este panfleto como un producto desde la perspectiva e un espectador no especializado, sin que tampoco sea la masa, es que se pudiéramos salvar algunos de los pocos méritos que acaso están presentes en las doscientas páginas que nos ha entregado Eagleton.

______
Gerardo Muñoz
Mayo de 2011
Gainesville, FL.

2 comments:

Anonymous said...

le pasaste el cepillo al Eagleton...woow

Gerardo Muñoz said...

Siempre con amor, claro. Como queria Guevara.