Wednesday, May 25, 2011

Una consigna sobre el litoral

Hace algunos días el artista español Daniel Andujar sobrevoló una avioneta sobre los cielos de Barcelona arrastrando una consigna que leía: Democraticemos la Democracia.

Sobre el inmenso mar desnudo, la ciudad se achicaba de la misma forma que hoy la política parece diminuta e inexistente. Con los que hoy se abaten en los confines de la democracia, el gesto de Andujar – no muy distinto al que ha venido haciendo en su archivo post-capital –interpela las premisas del orden político actual y resalta las demandas sociales que la resisten.

Democraticemos la democracia más que un lema apela al recomienzo de un nuevo horizonte de orden político en tanto retorno sobre conceptos, categorías, y nombres que dábamos por hechos en la actualidad de nuestros actos expresivos. En más de forma, se intenta devolver una mirada hacia un horizonte que se ha borrado del presente. Justamente allí, por donde deja su huella la propulsión a chorro, parte el imaginario de un nuevo orden comunitario más allá de lo que hasta ahora ha venido gobernado los mercados y las penumbras posutópicas.

Sobrevolando así las nociones de partido y masas, ademanes neo-liberales o epítetos del mercado, democratizar se vuelve en una zanja contra la crisis mundial y el modelo de su última etapa hípercapitalista. De ahí que democratizar sea el primer paso para sobreponernos de un fenómeno que viene cultivando su legitimidad en promesas no cumplidas.

El paño que Andujar hace sacudir sobre los aires tiende a llevarnos a lo que realmente significó la democracia en sus comienzos del siglo XIX: la ideología plebeya, las ideas de las despreciables turbas, y la violencia del escuálido jacobinismo. Tres bruscos asaltos que la Izquierda hoy no solo debe recuperar, sino poner en la práctica de la organización futura de una política global.

Una de las formas por las cuales podemos leer la ruta de esa avioneta que hoy circula sobre tierra española, es como una señal que nos guía hacia aquel centro en el cual la masa y la plebe estuvieron dentro de la imaginación social y la invención de palabras para la constitución de nuevos proyectos de emancipación.

Dicho imperativo trata, antes que nada, de un gesto político que actualiza una palabra, y desde allí fomenta el espacio por donde volver a pensar un futuro que estará atravesado por las considerables discusiones que abrirán el nuevo siglo. Andujar con su pancarta flotante quizás pregunte: ¿bajo que condiciones podrá la democracia sobrevivir a su autodestrucción? ¿De que forma inventar palabras nuevas en donde la comunidad, centro de todo orden político, pueda adquirir dirección sobre su destino en un mundo que por momentos parece en suspensión?

De la misma forma que la democracia se ha extendido como proceso y forma gubernamental a escala planetaria, podemos entender la ruta de los ondeos de esta pancarta, a la manera de un proyectil que cruza fronteras y estados, para colocarse en el instante en que la inmanencia persigue el cambio. No importa lo estrecho de su vuelo, el lema tiene los tintes de una universalidad redentora y la naturaleza que admite repeticiones en extensos territorios. Democratizar como acción lingüística quizá exprese ese instante redentor que se desprende, como pensaba W.Benjamin, de la turbulencia del caos.

Sobre las aguas que dividen la tierra: el horizonte y sus fronteras. Bordes que han podido explicitar los modos en que la democracia construye su ideología de exclusión y la conversión política de su empresa estatal. Con este valiente y oportuno gesto, además de artísticamente hermoso; Daniel Andujar logra hacer del arte un tránsito hacia una nueva sensibilidad que se abre hacia una política de la hospitalidad. 

Sin lemas como que nos ensañen a volver sobre nuestras palabras, una orientación no seria posible en esta travesía que ahora se inicia hacia sobre la tierra de los excluidos.


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Gerardo Muñoz
Mayo de 2011
Gainesville, FL.

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