Thursday, June 16, 2011

Borges: ética de una relectura

Borges con el General Videla, a la derecha Ernesto Sabato.

Toda conmemoración se sitúa en función de la relectura. Recomienzos y giros hermenéuticos, no solo con la obra en cuestión, en este caso ese enorme monumento que es Jorge Luis Borges, sino alrededor de la propia idea que uno, como lector, se ha construido a partir de un pasado siempre lejano. Esta función, donde la memoria y la eticidad ocupan una misma distancia, es justamente un pensamiento muy borgeano, centro de su propio mecanismo de concebir tramas desde esa economía sintáctica que lo caracteriza, así como las reservas y los silencios que le son dados por una tradición que tiene mucho de anglosajón, es cierto, y también algo del lejano Oriente, de signos poco legibles.

En todo caso, volver sobre un escritor como Borges – podríamos decir compararlo con otros de los grandes nombres que habitan en la memoria de un joven que se asoma por primera vez a los libros – se presenta siempre como ejercicio de cuestionar los valores que damos por universales e incuestionables. ¿Quien puede preguntarse, por ejemplo, sobre los errores de Borges, ya no literarios, sino políticos o personales? Si la literatura es un metáfora del cuerpo, al decir de David Viñas, ¿sobre que espacio es posible otra lectura de Borges en tanto el trayecto de nuevos horizontes simbólicos e imaginarios perdurables en la incertidumbre en que navega este siglo? Más que tomarlo como un convidado de piedra, lo inmortal (he aquí otro símbolo borgeano) debe ser tomado como moneda corriente, quiero decir, como aquello que no pasa en desuso, y que sin por esto, debe estar sometido a fuertes asaltos interpretativos y revalorizaciones de eso que Hillis Miller llama la eticidad del crítico anfitrión. En los dominios del canon y el entrecruzamiento de las políticas que regulan los gustos, entre clases y espacios discursivos, tendríamos que encontrar ese inadmisible escondite que, objet a diríamos siguiendo el psicoanálisis, pudiera iluminar una diferencia de aquello que siempre es lo mismo como suele suceder con una obra literaria.

Como la obra de algunos grandes letrados - Celine, Eliot, o Díaz de Villegas - que han escogido las rutas más oscuras del compromiso y los periplos de la escritura política reaccionaria, la lectura de Borges siempre exige una mediación ética. Y no nos referimos a las anécdotas que todos sabemos y que pluralmente aglutina el voluminoso diario de Bioy Casares, sino las formas mismas de esos relatos que hace solo visible grandes hombres, militares muchos de ellos; o mundos ilusorios, espejos metafísicos que, dentro de la lógica capitalista, vienen a comprobar que solo éste, como representación y voluntad, es el único plano posible para todo mortal. Estos mundos de Borges nos hacen pensar sobre la configuración simbólica en la cual vivimos sin realmente cuestionar su dinámica, o las formas en que el poder se constituye, se perpetra, y se asimila entre diferentes subjetividades. Desde los tempranos relatos de Historia Universal de la Infamia hasta los últimos poemas y breves textos, la escritura de Borges persigue una estela en donde la política es difícil de pensarla fuera de las metáforas y los objetos míticos que, como espectros, navegan sin asideros concretos.

Y simplificaríamos con solo decir que ese es Borges, ya que siempre que mencionamos su nombre propio hablamos de más de una unidad discursiva o de una imagen. Así, en más de una forma, estamos hablando de una ética de la lectura que alcance a considerar la multiplicidad, los escondites, las capas tectónicas que produce y altera esa literatura. El compadrito y el militar, los cuchillos y los libros, los jardines y el dinero, son los límites de un mundo que va construyéndose desde las antípodas desde la Modernidad como desde sus detractores.

Así mismo, contamos con la personalidad extrema, ya no de Borges como literatura, sino de Borges el escritor, o como le gusta decir a él, el hombre público: aquel joven que escribe los primeros versos rojos a la Revolución Bolchevique, y que luego agasaja al General Videla en un almuerzo entre élites (“todo un caballero” – dijo de Videla). De ahí que no podemos hablar o elucidar estas aparente contradicciones desde un desplazamiento del desencanto intelectual, fiebre del pasado siglo. En Borges, acercarse a su figura implica reconocer estos límites, no como progresión o un retroceso una política cultural, sino como formas constituidas en la corporeidad poliédrica que hace suma todos los éxitos y los fracasos. Algunos visibles, otros herméticos.

Pero tampoco podemos leer estos gestos y virajes en Borges como articulaciones propiamente de las ideologías. Si bien se inscriben en espacios ideológicos del siglo, cargados con eso que Badiou ha llamado la pasión por lo real, parecería ser que en la escritura de Borges se coloca entre un páramo donde, más que la pasión política o la aspiración hacia una finalidad, los signos parecieran habitar un mundo autónomo, en las afueras de los límites de la verdad. También ahí podríamos encontrar uno de los tantos problemas éticos que genera la obra de Borges: si todo es simulacro, infinitas reproducciones y plagios literarios, ¿como trazar un procedimiento de la verdad narrativa? ¿Se puede pensar una ética más allá de las categorías imperativas del mal?

Uno de los gestos en Borges es señalar cómo estas funciones de la aletheia se transmutan, cobran nuevos matices, avanzan hacia territorios desconocidos. A juzgar por varios de sus personajes (los hermanos de “La intrusa”, “Emma Zunz”, “Tres versiones de Judas”, por recordar solo tres relatos que profundizan sobre la ética), los mundos borgeanos no son irreales porque existan paralelamente a éste mundo, sino porque toda dimensión ética en tanto sus coordenadas simbólicas de acción, han quedado suspendidas en un acto de gracia, que pareciera estar ordenado desde un gnosticismo o una esencia multiplicadora de las cosas, como en el pensamiento de Juan Escoto Eriúgena.

El plan piloto de Contorno procuró perpetuar la receta que Witold Gombricz había sentenciado mientras abordaba un barco en el puerto de Buenos Aires: "¡Recuerden, maten a Borges!”. Lo que se ignora del parricidio es la manera en que el espectro de la muerte, lo sabemos desde Hamlet, regresa siempre en formas insospechables. Como símbolo de un nombre inmortal en la cultura y de las jóvenes imaginaciones, pensar a Borges desde la ética, pudiera desenterrar figuras que en su momento no fueron vistas, que aun permanecen sin ser vistas, y que solo el tiempo le pudiera dar el color que se merecen.

_____
Gerardo Muñoz
Junio de 2011
Gainesville, FL.

No comments: