Thursday, June 23, 2011

Brutalismo en la arquitectura


Si con Eisenstein y Vertov el uso del montaje comenzó a entenderse como una forma en que el proceso de la Historia podía ser transmitido a las nuevas masas de espectadores, en las construcciones de Alexander Kluge, la función del montaje trabaja otra temporalidad, esto es, un pasado que se multiplica en los espacios y las capas mismas de una ciudad.

En excelente colaboración de Peter Schamoni, Brutalität in Stein (Brutalidad en piedra, 1961) de Alexander Kluge, es más que una indagación sobre los proyectos arquitectónicos del nazismo – algo que, obviamente, ya había hecho con agilidad Leni Riefenstahl – sino una incursión en el modo en que el poder persiste en la formas mismas de la arquitectura como modelos de la destrucción de la vida social.

Se puede decir que las luchas ideológicas del siglo veinte fueron también luchadas en torno al espacio. En efecto, sabemos que buena parte de los ejercicios del poder en la Modernidad consistieron en planificaciones, estratificaciones, y maquetas de entender el espacio como instrumento epistemológico en tanto control del pueblo. Tanto el fascismo con el comunismo fueron grandes espectáculos de la megalomanía del espacio que sostuvieron distintas variantes sobre estos problemas. Si para el comunismo, la fundación del espacio se daba en tanto a la destrucción del sitio que daría lugar a nuevas formas de la convivencia social; la ingeniera espacial en el fascismo intentaría construir un espacio total que diera lugar a una perfección que coincidiera con el discurso biológico y racial que imponían sus políticas de la muerte. Así, Kluge repite, en varias partes de su cortometraje, la voz del führer que promete construir lo más grande que ha visto la humanidad hasta el momento. Si en el comunismo la grandeza se entendía como metonimia de un Internacionalismo que transgredía al líder (la figura del líder fue siempre símbolo de un Ideal que se le anhelaba), el fascismo representaba una construcción megalómana del espacio total donde se consumía la historia misma para hacerla habitar en un nuevo presente.

Brutalität in Stein recoge las maquetas, los croquis, los planos, y los imaginarios de una Germania, sede del futuro imperio Alemán, nunca llevada a cabo. Es un documental que oscila entre dos espacios: uno imaginario, reducido a los ensueños de futuro, el otro mucho más efectivos, realizados en hornos de los campos de concentración.

No deja de sorprender cómo Kluge incluye no solo la voz del Líder Nazi en la banda sonora, sino fotos de algunos de sus dibujos donde se muestra al gran líder como arquitecto ya no solo de la nación y de las nuevas generaciones de la raza aria, sino del propio espacio en donde acabarían habitando estos cuerpos soldados de la guerra. Si Boris Groys ha dicho de Stalin que es uno de los grandes artistas de la Unión Soviética, es más, como aquel que continua el proyecto de la Vanguardia desde la visión total del Estado, ¿qué hace Hitler, sino perpetuar la construcción brutal de la raza a través de los espacios y los intersticios que producen las imágenes megalómanas de palacios, museos, y plazas públicas?

El cuerpo de líder, según Kluge, está también consolidado a través de la piedra y las escalinatas, como si de un antiguo mito prehistórico se tratase. Es así que podemos entender la piedra como la continuación de un poder que perdura en el subsuelo de la Historia y que deja varios niveles de asimilación histórica e interpretación semiótica. El progreso que echa andar es también materia hecha tiempo y espacio.  

Una inmensa réplica del Coliseo romano, una fuente enorme en medio de Munich: imágenes que demuestran la fortaleza arquitectónica del Tercer Reich más allá de lo que esto pudiera emitir como símbolo de la nación. Pareciera que las formas arquitectónicas nazis están hechas, como si dunda pensaban tanto el Borges de “Deutsche Réquiem” como el Benjamin de las últimas reflexiones sobre la filosofía de la Historia, para la destrucción y la ruina. Esas fortalezas verticales solo tiene sentido una vez que se ven amenazadas por un poder externo, es decir, por la perpetuación total de la guerra y la identificación de un enemigo. Dialécticamente, Kluge conecta la pasión de la construcción brutal con la destrucción total: dos extremos que llegan a encontrarse con las huellas que deja el pasado en la historia del espacio nacional.

Si la arquitectura de lo brutal comprendía la totalidad del espacio, el poder arquitectónico del campo de concentración y los hornos para la exterminación en masa, dan cuenta de la otra cara de un mismo poder que operaba a través de la conquista del espacio hasta llegar a la superficie del cuerpo. Kluge así lo entiende cuando, en numerosas ocasiones, superpone imágenes de la grandilocuencia nacional con los espacios más furtivos y aislados que llevaban a la muerte de inocentes. Brutal eran las construcciones que imaginaban la destrucción total de lo externo. No menos brutales, las edificaciones de esos campos de concentración donde se aniquilaban el cuerpo. Suma mínima del espacio.

Kluge logra pensar la política del fascismo desde la lógica de la inmortalidad que deviene en piedra y espacio. La estética de la política se alimenta aquí de un pensamiento donde la imaginación del terror o de la muerte se han viables. Así el nazismo no solo intentó regular espacios biopoliticos (el vientre mismo donde nace el humano), sino las dimensiones espaciales por donde estas vidas podían sucumbir a la destrucción desde lo colosal de una forma.

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Gerardo Muñoz
Junio de 2011
Gainesville, FL.

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