Tuesday, June 21, 2011

El arte de maximizar

Comentábamos recientemente nuevas formas en que la lectura de la obra de Jorge Luis Borges, desde horizontes históricos y contextos lingüísticos dispares, invita la pregunta sobre la ética del lector.

En el campo intelectual argentino, este cuestionamiento se da en el centro de uno de lo más profundos debates que suponen lo nacional y el peronismo como fenómeno de masas. Al menos así lo leyeron David Viñas y el grupo Contorno para quienes Sur – un artículo de Masotta publicado en uno de los últimos números de la revista de los Viñas, ejemplifica los ademanes de aquellas lecturas parricidas – se entendía como restitución de un proyecto colonial por otros medios.

Como miembro de Sur, Borges se entendía como un autor de gesto neutro, esto es, como una escritura que borraba los posicionamientos bélicos (una guerra que presupone toda intervención cultural, diría Oloixarac) de las escrituras.

Seguidor de Viñas y Prieto, quien se acerque a El habla de la ideología de Andrés Avellaneda tendrá la misma sensación de quien ha leído, bajo el suplicio de la venganza, la ideología dentro de un modo del quehacer literario, o de la imaginación metafísica que tiene, una vez más, a Borges como artificio de museo. Dentro de estas coordinas ideológicas, verdaderas fuentes de la obstrucción de la lectura, ¿de que forma volver sobre Borges en relación con una nueva ética de la lectura? Si las construcciones de los jardines y los laberintos filosóficos esconden la manifestación de la escritura política, o el bajo mundo del retiro que tanto admiraba Gombrowicz en Buenos Aires, nos preguntamos aquí por un modo en tanto Borges pueda enunciar un símbolo contra la ideología. O mejor, un discurso que pudiera operar como mecanismo desarticulador de ideologías.

De las muchas maneras que pudiéramos afrentarnos a los problemas, hablemos del problema de la visibilidad en Borges, y de cómo esta operación se vincula a prácticas que pudieran reconocer, y poner en circulación nuevas miradas sobre su literatura. De ahí que tendríamos que relacionar a Borges más con la cultura de lo visual (algo que él mismo detestó, quizá para salir del influjo o de estela garcialorquesca) como modo de conocimiento, quiero decir que uno de los factores en Borges toma el lugar de hacer visible la propia materialidad de las cosas y su lugar en el espacio.

Así, el homologo de Borges en la cultura del arte visual no habría que buscarlo en el surrealismo, donde los objetos se contraponen junto a otros en función de lo maravilloso, sino en artistas que han intentando hacer visible aquello que nos parece más intimo.

Una revelación o epifanía que en Borges opera siempre cómo lugar en donde la razón, esa matriz cartesiana que parece cerrar cada uno de sus relatos, revela nuevos espacios de visibilidad y conocimientos. Lo que pasaría por coincidencia, entonces aquí cobra todo su sentido. En una nota en su libro Atlas, memorable diario fotográfico de la mano de María Kodama, el ciego Borges describe una escultura de Claes Oldenburg, donde concibe el arte poética justamente como el modo en que se reconoce lo menor, lo casi invisible: aquello que, en ese instante, cobra un nombre dentro del registro de las palabras.

“Broken button” es una pieza pública, en donde podemos ver la estética de Oldernberg por maximizar objetos menores. Un botón de una camisa o un pantalón, se instala en el espacio público con el solo fin de hacer visibles lugares en donde el objeto cultural rescata y produce nuevas dimensiones de visibilidad.  

En la obra de Borges hacer visible lo menor es parte del método mismo de la creación literaria. Podríamos cifrar esta práctica a la inversa de Arlt. Mientras que en Roberto Arlt, los objetos están cifrados en los canjes de valores capitalistas (los libros, el dinero, la invención, el tumbe), en Borges la idea de la “cosa” y de los objetos, operan a nivel especular, esto es, se toman de un lugar profano y se exponen en una especie de nuevo espacio del saber (¿no fue esto lo que le llamó la atención a Michel Foucault en el fragmento sobre los nombres del gato del emperador?). La fuerza en Borges, según Alan Pauls en su bellísimo libro El factor Borges, se trata de producir el máximo de efecto con el mínimo de cambio.

 Cambiar una coma, añadir un paréntesis, o hablar de un botón roto, son empresas que, con un mínimo de espacio, recuperan el pensamiento sobre el orden en que se constituye toda estructura ideológica.

Como Oldenburg, una de las estrategias en Borges es hacer visible aquello que no ha sido recuperado por el habla y nombrado en el espacio de las miradas. De ahí que se pudiera hablar de un factor aleph que regula, distribuye, e imagina todo tipo de imágenes en nuevos códigos generadores de espacios visuales alternos a los regimenes de representación. Lo que pudiera pasar en la literatura borgeana como visos de intimismos banales, de procuración de un verbo suprimido a la tradición de una alta cultura, tiene en Borges un nuevo arte de maximizar objetos, relaciones, nombres, y signos que cobran nuevos sentidos en sus desplazamientos.

(Así mismo, Ricardo Piglia ha recordado recientemente que Borges se construye diferenciándole de los grandes nombres como Thomas Mann o Dostoievski. De modo la propia tradición que Borges se inventa desde “El escritor argentino y la tradición” puede ser leída como una forma de otorgarse visibilidad, como querían Deleuze & Guattari, desde lo menor).

Mínimo de espacio, máximo de tiempo. Como en las piezas de Olderburg (pensemos en “Bag of Ice”), en Borges hay una relación inversa de esta naturaleza, que dudan sobre los estados físicos determinados y de las coordenadas que los símbolos se le han impuestos en su significación. Sobre modelos que dan la sensación de lo estático, la escritura de Borges tiene la capacidad también de generar imágenes hechas de aquellos que habita al otro lado de la representación.

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Gerardo Muñoz
Junio de 2011
Gainesville, FL.

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