Monday, June 6, 2011

El horizonte al otro lado


¿Cómo contar la vida de aquellos que viven en el umbral de dos culturas, al margen de la política, y sobre la frontera de una geografía? Quizá sea ese el desafío que se propone el director africano Abderrahmane Sissake (Mauritania 1961 –) en una de sus mas recientes producciones Esperando la felicidad, coproducción francesa y africana.  

Con solo una mirada sobre la geografía, este filme logra redimir los gestos de un pueblo que, por momentos, pareciera traspasar las propias posibilidades del habla y de los discursos. El filme dibuja, más que la historia en clave nostálgica o resentimiento, un sosegado ensayo lírico sobre la condición de ciertas subjetividades en la periferia de una globalización que invade no solo con mercancías, sino con signos de una cultura extrema. Pero no se puede afirmar el filme habla del tercermundismo o la estéril subalternidad, sino más bien desde un tránsito de enunciación que recurre un territorio imposible de la movilidad de sujetos.

De ahí que el filme intente capturar un estado de ánimo que busca entender la noción misma de la espera y del paso del tiempo. Es difícil resumir una trama que trabaja en diferentes registros, con personajes que se escurren dentro y fuera del plano, como si desde la forma misma de la cinematografía, estuviesen marcados por la precariedad de su visibilidad.

Así se nos cuenta de la vida de dos insignificantes seres – un niño y su abuelo – que pasan los días dando luz eléctrica a todo el pueblo con el fin de ganarse el sustento diario. Caminan por el desierto con un cable eléctrico en sus manos que, en muchos sentidos, nos remiten a la Ilustración occidental, en tanto razón y progreso, hasta repetirse desde el mito. Por otra parte, seguimos a Abdallah, quien regresa al pueblo, luego de un viaje del que no tenemos noticia, no llega encontrar su lugar en la comunidad. Otro de los momentos que le da un corte entrañable al filme, tiene como protagonistas a la cantante del pueblo y a una niña que entona un melancólico canto, próximos a la distancia y la pérdida.

Los silencios de la oscuridad y los colores del día, las mercancías y los oficios pre-modernos, sitúan al pueblo entre fronteras, ya no solo geográficas, sino también entre espacios donde el tiempo y la técnica llegan a entrecruzarse. De este modo se llega a marcar un territorio con huellas de la modernidad (un radio encontrado en la arena) y una civilización que sigue acostada en sus tradiciones. En lugar de situarse en uno de los polos de la globalización, Sissake se coloca en el hiato que suele producir hoy la cultura.

Lo que hace excepcional a Esperando la felicidad es la manera en que hace visible, desde la forma misma, ciertos conflictos contemporáneos a través de un horizonte de la política. Solo así es que podemos entender la forma que el director ha escogido para construir casi todos los planos y secuencias desde una horizontalidad impecable. No solo los cuerpos acostados de los diferentes personajes y figures llegan a funcionar como signos de esta horizontalidad, sino también la cámara baja a ras del suelo, para captar allí las huellas que han dejado los transeúntes sobre ese lejano pueblo de la costa. En una de las escenas recurrentes del filme, la cámara hace una toma de una pequeña ventana de interior, la cual va creando un marco de visibilidad a la manera de una proyección que le otorga a la realidad una cualidad casi mágica.

El que mira a través de ese agujero no es solo el sujeto de la espera – aquel que logra habitar en la duración física de la imagen-tiempo, al decir de Gilles Deleuze – sino también el que imagina un mundo más allá de la frontera.

Al igual que la obra de la artista contemporánea Yto Barrada, quien ha venido trabajando las migraciones sobre Tánger y el Norte de África, las vidas precarias que hace visible Sissake dan testimonio de un mundo estructurado por lenguajes, economías rudimentarias, y políticas del espacio. Una de las tantas preguntas que despierta este trata sobre el sujeto y el espacio: ¿quien tiene derecho a cruzar fronteras? ¿De donde viene y hacia donde va ese sujeto atravesado por las políticas de la migración?

Aunque varias escenas muestran con coherencia la distancia entre el sujeto y el lugar del deseo (el exterior), quizá ninguna tan desgarradora como ésa en que vemos una mujer de espaldas narrando su experiencia del cruce. De esta forma, el plano de la memoria, la experiencia, y la precariedad logran convergir en un instante, donde la voz de la experiencia tiende a facturar, a la manera del documental, una política del habla de la verdad.  

Esperando la felicidad tiende a hilvanar un discurso que transmite ciertas corrientes pesimistas en tanto el futuro de la política. Un cadáver que entrega la orilla de una playa es todo un símbolo de la decadencia que, en efecto, puede llegarnos de geografías cercanas. Pero mas allá de símbolos que propician la muerte de la política, la composición de este filme alienta posibilidades, siempre abiertas a discusiones y debates, sobre u nuevo horizonte político. Es más, la espera puede leerse como la forma que vincula al sujeto con su horizonte político.

Encuentros donde, en lugar de políticas de muros, podríamos establecer nuevos modos de inclusión y de convivencia. Si la política contemporánea niega justamente la imaginación de un horizonte, en Esperando la felicidad, Sissake se esmera en pensar un mundo construido a partir de la hospitalidad territorial más allá de las interpelaciones culturales, económicas, o lingüísticas. Podemos decir, no sin certeza, que tras la caída de los muros, estaría por pensarse aun esa visión que deja entrever múltiples horizontes en las orillas.

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Gerardo Muñoz
Junio de 2011
Gainesville, FL.

1 comment:

Anonymous said...

un peliculon...