Wednesday, June 29, 2011

Rompecabezas: juego y tiempo


Tomemos la primera secuencia con la que abre un filme que, por los movimientos de la cámara y la confusión de voces, el espectador puede encontrar incomprensible y difuso. Mucho más cercano al fluir de la conciencia que a las construcciones del montaje tradicional, esta primera escena trata los preparativos de una fiesta, una celebración íntima que, por la imagen de una torta, podemos intuir que se trata de una celebración o un aniversario.

Recuerda al momento de los preparativos de The Hours (Stephen Daldry, 2002), también sobre vidas de mujeres solitarias que intentan escapar un espacio, ya sea gestual o lingüístico, de las convenciones de un mundo dominado por variaciones de una misma violencia. Una mujer con un delantal pasa y sale del cuadro: la escena se interrumpe como se arroja hacia el suelo un plato. Este mínimo evento de violencia es de algún modo el lugar de iniciación de un amplio rompecabezas.

Así comienza Rompecabezas, el primer largometraje de la brillante directora argentina Natalia Sminorff. Aunque su primera película, Smirnoff ha venido trazando su trayectoria junto a Martel, lo cual la ubica en una misma tradición de cómo acercarse a las buenas familias. Buena parte del cine argentino contemporáneo – desde Lucrecia Martel a Albertina Carri – intenta hacer visible las vidas de la gente de pueblos y del espacio que la mujer ocupa en esos entornos.

Desligadas de un acercamiento feminista, donde se hiciera visible la violencia en su estallido más puntual, estas directoras emplean un discurso mucho más sesgado de cómo penetrar los espacios por donde la violencia tiende a circular entre seres relativamente pasivos. En efecto, hay mucho de Lucrecia Martel en el filme en tanto la disyuntiva sobre la condición de una familia de pueblo argentino. Y no solo porque la protagonista es también la actriz que protagonizó La mujer sin cabeza, sino porque pasa por un registro que rescata gestos similares, modos de hablar, y complejos enfrentamientos entre miembros de una familia con el mundo exterior. Mucho más urbana que el imaginario de Martel, en Smirnoff la ciudad tiende, como en Roberto Arlt, a simular prácticas que se ubican en lo que por momentos parecieran sociedad secretas mediadas por invenciones lúdicas.

Rompecabezas es lo que indica el título y algo más. Cuenta la historia de una mujer entrada en años, casada y con dos hijos, que un buen día encuentra la pasión en armar rompecabezas. Esta práctica no solo le da sentido a los conflictos internos de la familia (la falencia sexual en la vida conyugue, el continuo alejamiento de sus hijos que ya buscan salir de casa), sino también a la propia forma en que la película logra desenvolverse.

Así, el rompecabezas se vuelve no solo una gran metáfora de la soledad y de formas para salir de la producción que impone el núcleo social y familiar, sino también en la construcción misma del cine. Smirnoff logra construir la mayor parte de las escenas desde una cercanía de la cámara con los objetos, donde los planos, que recuerdan a los de Robert Bresson, se cortan para mostrar con intensidad la forma de las cosas. Esto va construyendo nuevas formas temporales, cercanas a la intimidad y al embelesamiento. Si el rompecabezas está armado de imágenes que en si mismas no logran hacer visible ninguna imagen, cada una de las secuencias de Smirnoff logran desatender, desde un registro metonímico, un encuadre tradicional, para resolver el misterio desde una totalidad que se resuelve al final en un plano mucho más abierto desde las distancias.

El filme pudiera haber escogido dos formas tradicionales para narrar este tipo de historia: aquella que cuenta la historia de un genio que tropieza con una epifanía, o como tragedia moderna de la condición de la mujer. Smirnoff intenta esquivar estos dos gestos que han cobrado una larga tradición en el imaginario tanto del cine y la literatura, y ofrece un ambiguo retrato de una instancia que tiene de centro la relación con el juego. En este sentido, el juego mismo del rompecabezas es circunstancial y logra operar a la manera de una crítica de lo individual a la totalidad misma de la trama.

Según Giorgio Agamben, el juego es una de las formas más antiguas de la profanación que desplaza la actividad humana de la esfera del trabajo hacia la práctica del ocio. El juego pone en circulación un modo de interacción más allá de la finalidad que impone el sistema de producción en el capitalismo, o de las relaciones humanas trazadas sobre el espacio de los intercambios simbólicos, restituyendo de este modo un uso común de las cosas.

A contrapelo de una sociedad basada en el trabajo, como en la que actualmente nos vemos sometidos, la noción del jugar en un torneo de rompecabezas, en el cual la protagonista se ve sumergida junto a un millonario obsesionado con la egiptología, ofrece un nuevo modo de comunidad del ocio, al margen de las estructuras convencionales de los lenguajes de reciprocidad laboral. Hay también algo de Rompecabezas sobre la intimidad existente entre juego y lenguaje que pasa por la ausencia de las palabras y de los silencios a través de la potencia pura que acontece en la praxis del juego. De ahí quizás que la película de Smirnoff ahonde en silencios, desencuentros, y extensos lapsos donde una banda sonora matiza la intensidad vivencial que fomenta el hechizo, no absento de grandes riesgos, de vivir la realidad como un gran juego.

Una mujer que logra envejecer es también la mujer que logra escapar de las capas que construyen ciertos sentidos de una experiencia molecular sobre la rúbrica de la vida social. Rompecabezas consigue, como capacidad potencial de un nuevo tipo de subjetividad, una forma de construir una vida autentica, y así un lenguaje de imágenes, sin palabras, quiero decir, un espacio que hace posible el convivir con la soledad de los otros.


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Gerardo Muñoz
Junio de 2011
Gainesville, FL.

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