Tuesday, July 12, 2011

Barthes, tweets, duelo

De haberlo escrito hoy, seguramente Roland Barthes no lo hubiese puesto sobre papel, sino en esos brevísimos ciento cuarenta caracteres que por momentos parecieran mantener un diálogo íntimo con sus lectores, invisibles y anónimos, que se hacen llamar seguidores de la lectura breve.

Lectores que hacen posible una nueva forma de leer, y que ponen en paréntesis lo que ha representado, en tanto la historia de la lectura, la noción misma de escritura. Lo que primero salta a la vista del Diario de duelo (2010) de Roland Barthes, es la economía en que avanza un texto que intenta saldar la distancia entre el enorme peso de una muerte irreparable y los modos en que se construye ese vacío a través de la lengua. Solo en la medida que Barthes persigue la brevedad y lo íntimo es que pudiéramos hablar de un factor tweet que hace circular estas páginas como pequeños fragmentos, aforismos, haikus de la prosa francesa (el mismo recuerda a Basho en más de una ocasión, y desde luego, es también los años en que Barthes trabaja en su conferencia Lo Neutral, donde dedicará un fragmento a la composición oriental), o señales de un sentimiento que, por la marca de una tragedia tan cercana, sería arriesgado describirla como trágica o melancólica.

El recuerdo de la madre como constante y fantasma. Pero no solo madre, este texto llega a entrelazarse, a multiplicar los matices, y hacer visible una misma forma de la experiencia con la literatura.

En numerosas ocasiones, la evoca como la “nobleza” – a ambas, a la madre y a la literatura - como una quietud que, tanto en la relación madre/hijo, se vuelve el discurso amoroso que lograra estudiar por aquellos años, haciendo posible un modo de explicitar los placeres múltiples, donde la vida es inimaginable de otra forma. Las breves líneas que sondean de página en página tienen los colores de las formas imaginarias más diversas. Se pasa así, de repente, de la evocación y la remembranza a la fotografía y la pasadilla, sin dejar a un lado, los olores, o esos brevísimos gestos y detalles en algunas actrices de cine, Ingrid Bergman en particular, que evocan siempre la silueta presente de una madre que ha abandonado el hogar. La madre, una vez fallecida, pareciera el espacio productor de todas las imágenes, y de una vida que cobra matices de álbum fotográfico. Se dilata así la materia de las cosas, los fantasmas de una vida.

Todo el dramatismo de esta ausencia, y de la pérdida que conlleva el duelo, Barthes lo reduce a una imagen: se extraña ese momento no en que estamos solos, sino cuando, al volver a casa, no encuentra esa voz que llama tu nombre y las palabras que confirman tu llegada. Un gran libro el de Barthes, que también nos enseña como mirar los efectos cotidianos y microscópicos de todo aquello que parece haberse fugado ante nosotros.

Diario de duelo es un extensivo tweet sobre una sola palabra: luto (dueil). ¿Qué relación existe entre el duelo y la escritura? ¿De que forma se puede hacer duelo de una persona que nos encarna, y si es posible, hasta donde podemos seguir recordándola? ¿Puede justificarse la vida luego de la desaparición física de la persona amada, de su cuerpo, de los silencios y del matiz de sus palabras? Son solo algunas de las más dramáticas preguntas que uno se hace al ver los movimientos en que Barthes persigue el sentido de esa palabra, en donde lo que está en juego no es el hallazgo de su significado, sino el propio proceso de su deriva. Escribiendo desde la tradición francesa, Barthes no ignora lo cuan cerca que está dueil de las madejas psicoanalíticas, de la recepción freudiana en Lacan, y de los manejos más fríos de la práctica clínica. Pareciera un camino gastado, colmado de los fantasmas de los otros.

De ahí que Barthes la redirija hacia otro lugar: allí donde es posible la escritura – una escritura que Barthes la identifica no solo con el placer, sino con la esencia de un espacio acariciado por la soledad – es que podemos enunciar el tono del duelo. Si el psicoanálisis o las postulaciones de las teorías traumáticas ven en el duelo la repetición originaria, o bien cierta circularidad de lo imposible, el duelo en Barthes opera de una manera distinta. Es por una parte el lugar donde retenemos la memoria de los afectos, sometiéndola a los encajes de la vida misma, y la posibilidad de seguir evocando un tipo de escritura. Si para los primeros se trata del vacío, en Barthes podríamos decir que intenta trazar el espacio de los flujos amorosos.

De algún modo también podríamos extender la analogía entre el diario de Barthes y la forma del tweet en tanto la frecuencia con que se escribe. La intimidad cobra una forma social de la repetición de entablar un diálogo con ese otro que pone entre paréntesis su presencia, y quien podemos dibujar desde el recuerdo. La frecuencia en tiempo real del Twitter es la constancia de seguir escribiendo en Barthes. Llega a decir, en efecto, en algún momento del diario que solo puede llegar a conocer la melancolía en tanto duelo, una vez que comienza a escribir, y lo que es más, una vez que ese tipo de escritura se vuelve incontrolable, es decir, perpetuo.

Existe también una estrecha relación entre el diario y la intimidad: el bosquejo de lo cotidiano busca establecer lazos con un tiempo futuro, o mejor, con un tiempo fuera de si. La propia noción de lo que es un diario estaría puesta en comillas por el propio método de Barthes que, según nos cuenta el traductor Richard Howard en el epílogo, fue construido a partir de pequeñas notas sueltas sobre el buró, en pergaminos muchas veces escrito a lápiz, como quien escribe, a la manera de Walser, apostando a los vacíos y los errores que encaran los lectores del futuro.

 Recogidos ahora en forma de “Diario”, Barthes tenía un manejo esencial con esos retazos. Dactilar, pudiéramos conjeturar, muy amoroso, sin duda diría él. Un trato con la escritura que se asemeja a la forma en que nos acercamos a la memoria y los recuerdos: aislados por signos, se logra un vínculo que pareciera inventar la traslucidez de los discursos.

Los fragmentos del libro corren la distancia de un año, del 78 al 79, lo cual quiere decir que están escritos durante los años en que Barthes acota también otros proyectos. Son los años en que termina de escribir Un discurso amoroso, Cámara Lúcida, y algunas de sus más interesantes reflexiones sobre la relación entre literatura y biografía y novela. Esto implica que Diario debe leerse no contra la forma misma de los diarios, sino como un experimento paralelo que corre en el subsuelo de la producción de otros textos, y que ilumina una serie de lugares oscuros, y proyectos inacabados que Barthes había anotado antes de morir. 

(Amor y vida; escritura y novela).

Leído desde esta intersección pudiéramos decir que, a diferencia de la forma común de un diario, Barthes va trazando también la ruta misma de su muerte, y que en el proceso va dejando esa huella de la escritura, que sin duda lo caracterizó, de vivencias o estados anímicos, esa novela que nunca llegó a concluir, y de la cual aquí solo encontraríamos un borrador en clave tweet.


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Gerardo Muñoz
Julio de 2011
Gainesville, FL.

2 comments:

Anonymous said...

muy original Sr. Munoz, le mando mis saludos desde Espana.
H.L.G

Anonymous said...

bella la fotita de Barthes con su mami...