Sunday, July 17, 2011

De cómo reconstruir una vida

Anne Carson. Nox. New York: New Directions, 2010.


Si escribir sobre uno mismo tiende a plantear repetidas incomodidades – de allí que no haya otra forma de hacerlo, sino desde la ficción, o del plagio - ¿cómo hablar de la vida de los otros con quienes hemos sostenido un forcejeo continuo, cercanos desde nuestros afectos que mide siempre la distancia entre las palabras y el cuerpo? 

Anne Carson, profesora de literatura clásica y traductora del griego, emite una respuesta posible y lo hace remitiéndose a los comienzos, ya no de la historia que la ocupa a su escritura, sino en el momento originario de lo que podemos concebir como “la historia” como forma de la escritura y el recuerdo. Ese momento, según Carson, es el que hace visible el comienzo e inaugura la muerte de los otros, y que indaga sobre sus causas.

Desde Herodoto hasta el presente, nos dice Carson, la historia ha sido un modo de preguntar sobre nombres propios, palabras, y lo que es más raro aun, sobre los efectos que acompañas las mediaciones de aquel que escribe, cuyo relato termina indagando sobre un cuerpo perdido, mutilado en la guerra que se afrenta contra el tiempo. Esto último recuerda a un título de Alejo Carpentier, Guerra del Tiempo, que bien le pudiera haber servido a la reconstrucción de Carson. El de ella, sin embargo, es mucho más simple y sombrío: Nox  (2010).

En la medida que el texto de Carson despliega sus talentos en el estudio de las etimologías griegas, la procedencia de los sufijos, las raíces de las palabras más tristes del a lengua (rescato algunas: miseras, vectus, mihi, cinerem…), Nox se presenta ante nosotros como un hermoso tratado sobre el paso efectivo de las palabras, y su colocación con la historia narrada en dos voces: la primera como la travesía entre el bosque de palabras perdidas y recobradas sobre pequeños ratazos de papel, y por otra, la historia familiar, con aires detectivescos, que intenta organizar la silueta de su hermano muerto en la frialdad de un país escandinavo.

Son estos dos registros los que van marcado el aire turbio de un libro que tiene el peso de la intimidad con que se escribe un cuaderno de duelo (podemos recordar aquel que escribiese Roland Barthes, luego de la muerte de su madre), o el día después de la oscura pérdida de un amor no cumplido.

Anne Carson procura no revelarnos mucho sobre su hermano. Sabe que los signos saben flotar, y que la escritura puede también estar hecha de vastos silencios. De ahí que su narración se inicie a partir de fragmentos, huellas, rastros, cartas y sellos postales, diferencias; enmendando un tipo de escritura que pondría la práctica reconstructiva en los límites de su evolución: ¿Quién nos habla en esta historia? No solo es visible la muerte de un autor, la propia Carson que se cruza con los retratos de su hermano y fragmentos de sus lacónicas cartas, sino la inclusión de palabras del diccionario que de alguna manera dibujan un ambiente sobre los vacíos que van dejando los significantes puesto sobre el papel. El diccionario, así, es también una fría maquina de narrar una historia, la temperatura de una idea.

Pudo haber sido Mallarme quien por vez primera habló del libro como reminiscencia de una tumba, de un sarcófago que contiene la escritura. También con un hijo muerto, Mallarme trazaba la correspondencia entre la inmortalidad de los signos y la mortalidad del cuerpo. Retomando esta gran contradicción que superpone cuerpo y signo, no es raro que Anne Carson dialogue con los límites del libro, y hable sobre la escritora como una forma de autopsia, una runa que logra entrever los hechos ajenos del que escribe y la imagen que va cobrando el texto.

I wonder what the smell of nothing is. Smell of autopsy” – habla Carson, quien pareciera resumir todo su proyecto en relación con un cuerpo al que ha dejado de ver por mucho tiempo, y al cual, según nos enteramos luego de su entrevista con la viuda de su hermano en Noruega, ha sido arrojado al mar, respetando el ultimo deseo del difunto. Se escribe, entonces, para cifrar los últimos restos y huellas de ese cuerpo, y alentar los caminos que la escritura puede cruzar en hacer visible la sombra de su vida. (Varias fotos que acompañan el libro, repiten esa sombra alargada, negruzca, que trae a la memoria el noir, o un daguerrotipo gastado de principios de siglo).

El libro está concebido como un frágil sarcófago que se abre ante nosotros como una especie de lombriz, o un acordeón, en forma de cuaderno japonés, que descansa dentro de una tapa dura, tristemente de color mustio (¿se puede pedir algo más cercano a la muerte que ese gesto de encerrar la escritura, dentro del tal caja forrada?). Nox, más que un libro, tiene la apariencia de un cajón de memorias que, por los recortes y las fotografías allí presentes, estaría más ligado a la sensibilidad de la artesanía manual que a los trazos de la escritura.

Tocar al muerto, más que verlo. Olerlo, rumiarlo, atenderlo, olerlo. Serie de percepciones que producen la singularidad de este texto inequívoco.

De ahí que, como decíamos antes, Anne Carson lleva el teorema mismo de la deconstrucción a sus límites: ¿puede la escritura ser un fin para el duelo? ¿De que manera una grafía puede decirse que contiene la vida en un momento de persistencia? Son estas, aunque habrían muchas otras desde luego, algunas de las preguntas que Derrida también se hacía en varios de sus estudios sobre Hegel, la labor de duelo, o la ética del “decir adiós”.

Es ese complejísimo camino que va de la letra a la vida, es por donde Carson persigue los fragmentos que han quedado rezagados y expuestos de la vida de su hermano. Nox es la reconstrucción no de una vida maltrecha, sino de una vida imaginaria. Tan imaginaria como todas las vidas que se ven desde afuera, y que se intentan llevar de la experiencia más árida y brusca, a la normalidad temporal de la letra. Quizás por eso Nox exige de toda ligadura del recuerdo, y apuesta una reedición donde la vida es puesta en escena a partir de palabra, signos, recortes, y fotografías que dan la sensación de multiplicidad y de un largo aliento por una vasta geografía que, al pretender ser siempre arbitraria, emanan letras en un vacío.

El tratamiento, sin dudas, es muy parecido a la manera en que W.G.Sebald – pienso en sus libros Los Inmigrantes o Los anillos de Saturno – tratan a los personajes fantasmagóricos de un pasado, en tanto que el discurso de la vida extraviada es también una búsqueda incesante por las palabras más atinadas en producir un efecto, una sonoridad, una imagen.

La vasta erudición lingüística griega de Carson, nos da la sensación que la historia de su hermano ocurriese hace miles de años atrás, sobre las tierras del Mediterráneo, con palabras ajenas al inglés rústico que la autora entrelaza a lo largo de su libreto personal. Toda la historia, en efecto, puede leerse como la reescritura del poema 101 de Catulo, donde se cuenta el viaje del poeta a la cenizas de su hermano, a quien solo conocemos a través de la serpentina elegía que Catulo deja cifrada en ese latín inigualable. Nox es también ese hermano, perdido en las costas nórdicas del siglo pasado.

De igual forma, Nox dibuja sobre una cartografía, el aliento de una elegía moderna que hace vivir a los restos entre los fragmentos y tachaduras de este hermoso libro. Si la literatura generalmente piensa en arquetipos y esquemas, Anne Carson demuestra que su historia apuesta al desplante de los hechos reales, y que en la singularidad de una vida, esto es, en el rastreo implacable de sus huellas, es también posible palpar una vida que, de otra forma, pasaría desapercibida entre nosotros.

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Gerardo Muñoz
Julio de 2011
Gainesville, FL.

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