Sunday, July 24, 2011

Las manos y la lectura


I.

Visto dentro de su vasta y complejísima obra, que abarcó varias décadas y otras muchas geografías, dilatadas instancias en el detallismo y en los lugares más visibles de la realidad, un pequeño cuadro del chileno Claudio Bravo, escuetamente titulado “Manos”, y fechado hacia 1962, provoca una sensación de desasosiego ante aquellos que han tenido la suerte de verlo a poca distancia. La miniatura, a diferencia de las grandes dimensiones, puede dar lugar a mayor compenetración con el espectador, a suscitar una honesta intimidad.

El título lo dice todo, y sin embargo, asignando esa obviedad, es así que el misterio del objeto que retrata – en realidad, siempre que hablamos de Bravo, es mejor hacerlo desde símiles y verbos que apelen más a la fotografía que a la propia pintura – cuatro manos, o dos pares que, descansadas sobre uno de los tapetes en pliegue en los que luego hará de Bravo un maestro del realismo, se entrecruzan a través de sus dedos tentaculares, flácidos, delgados que si bien perteneciendo a la tradición clásica de aquellos pintores que buscaban el tema en los armarios de los estudios y en los objetos relacionados con el quehacer del arte (el caballete, el yeso, las mascaras, los pinceles); parecieran retomar la longitud manierista de un Parmigianino, o de una de sus vírgenes angélicas.

Una pieza que embelece, y no tanto por su verosimilitud, tan característica en la obra de Bravo, sino por lograr producir esa sensación que le atribuimos a esas manos compuestas de carne y hueso, o de yeso o plástico. Entre la flacidez, la blandura, y la solidez, lo áspero, las manos de Bravo, más que constituir un espacio de la realidad, evocan el ensueño, donde las formas trastocan la densidad de las cosas, quizás con la intención de nombrar los signos, perdidos en las palabras, estos es, abstraídos de todo mundo de referencias.

Tal y es el mundo que pone en primer plano Bravo, y que convoca el sueño a través de la pintura, o lo que es más, una relación probable entre el sueño y las manos.

II.

En un ensayo del escritor brasileño Joao Cabral de Melo Neto titulado “Considerações sobre o poeta dormindo”, evocado recientemente por el escritor argentino Sergio Chejfec en una de sus conferencias, puede ser un punto de partida posible para pensar la distancia y proximidad entre las manos y el durmiente.

En aquel texto, Melo Neto discute la materialidad de los sueños. Nos dice que, contra todo psicoanálisis o idealismo que soborna la comprensión de la materia, las imágenes de la vigilia son también propias del mundo material, y llegan a constituir un mismo sendero de la creación, y no una división, o un submundo, como se le ha querido ver tradicionalmente en las diferentes teorías, desde las que existían en la época griega a las místicas y luego las románticas, sobre la inspiración. De algún modo, quedar dormido deviene como un acto natural, que parte del estado físico, de un paliativo corporal, así como cuando dejamos caer el libro en el último instante cuando leemos de noche. Allí, comienza una historia que franquea, a la manera del cine, por un rodaje de imágenes de lo leído.

También pudiéramos decir, fraseando a Melo Neto, que el último instante entre quedar dormido y el estado de lectura, vendrían a ser las manos, lugar donde se incorpora, a distancia la proximidad de la letrada con el sujeto, el borde mismo de la experiencia entre estar leyendo, esfera de la semántica, y el estar dormido, esfera de la semiótica. No es por otra razón así, que Descartes le concebía un lugar de precaria autonomía a las manos, a diferencia de los dedos del pie, u otra parte menos activa del cuerpo humano. La ambigüedad que generan las manos – y que sin dudas se cruzan con el propio acto de la lectura – tiene que ver con su pasividad, y a la vez, con su actividad, sus gestos. Quizás solo de esta forma es que podemos hacer una figura pensable de la relación que Martín Heidegger establece entre trabajo, escritura, y las manos.

Al hablar de su obra, Heidegger se motivaba, con frecuencia, hablar de hand-werk. Trabajo hecho con las manos, con lo que quería decir que las manos, en el momento de la escritura, del oficio, formaban parte del proceso mismo de la creación, o lo que pudiéramos arriesgar, del pensamiento que allí encontraba su articulación. Las manos como acción, como handeln, ponía en circulación un modo de entregar la realidad, y la misma vez, hacerla legible, palpable.

De modo que las manos parecieran siempre quedar en un espacio intermedio entre dormir y leer, entre el trabajo y el pensamiento, o como en el cuadro de Claudio Bravo, entre dos estados de la materia: entre lo blando y lo duro.

Sin embargo, es ese límite, este intersticio que vendría a definir el umbral en lo humano en tanto su lugar en la organización política moderna. Es por esto que, en la tradición de Occidente, las manos han sido una figura de no poca simbología. En varios de los cuadros y piezas litúrgicas judías, la figura del Tetragrámaton aparece sugerida a través de la función metonímica de dos manos que, en medio de un nubarrón o un fondo oscuro, trazan las letras y dan aviso de su Presencia.

En el mundo contemporáneo, es imposible obviar el hecho que al Comandante Che Guevara le hayan amputado las manos, al igual que sus Diarios, como prueba final de su muerte. Manos y letras: como si de alguna manera, quien tiene la manos del otro, tiene también su alma, su identidad, esa marca inconfundible que lo distingue y lo individualiza. No es causal, entonces, que la sociedad actual controle vía la organización biométrica; anclaje de huellas dactilares que trazan un mapa de los surcos de los dedos, y que terminan armando un enorme museo de manos, como las de Claudio Bravo, entre los vivos y los muertos.

III.

En Des deux mains, libro que reúne los poemas de 1976 a 1979, Edmond Jabes lleva a cabo algo así como una fenomenología poética de las manos.

Manos que prenden el mundo y el fuego, manos que convocan el despertar del día y que toman arena del desierto, manos que convocan a la muerte y que trazan, en su gesto esperanzador, la línea infinita del horizonte.

En páginas casi totalmente en blanco, donde por momentos solo encontramos dos o tres palabras dentro de un paréntesis, pareciera que el acto poético nace de aquel que convoca la lectura, y que parte de las manos mismas del lector, que rastrea la palidez de las páginas en busca, más que letras, de síntomas para compensar su desconcierto. El libro de Jabes pudiera ser el último intento de una práctica, donde el límite de las manos, en tanto la escritura, se abre ante el lector quien toma el libro entre sus manos, o lo deja caer mientras duerme:

Tu n’as plus de mains. Tu dors – leemos en uno de las huellas gráficas que Jabes nos entrega en una página. ¿epitafio? ¿pesadilla? ¿Comienzo de sueño? No tener manos, entonces, ingresa al estado de un sueño que, más que definir un estado mental, o una geografía de la conciencia, marca el límite del oficio mismo del que escribe – ya lo indicaba Melo Neto – y que Jabes cierra, al definir, con microscopía, que también la intimidad son nuestras manos, las que nos hacen leer, dormir, y desaparecer, aunque sea por momentos.


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Gerardo Muñoz
Julio de 2011
Gainesville, FL.

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