Sunday, July 31, 2011

Las vidas de Mario Bellatin

44. cabeza cortada de Mishima.
Generosa en compensaciones eróticas, deslindes lingüísticos o filosóficos, la escritura del mexicano Mario Bellatin, pone en entredicho el sistema mismo de la escritura, y los límites de toda crítica que busque aproximarse a ella. Trabajando en espacios mínimos, cavilando una forma literaria que busca desplazarse al margen de las palabras, y no sobre ellas, en Bellatin la escritura es siempre personaje y procedimiento de la historia que se cuenta. A diferencia de las vanguardias, esta aparente suspensión de fondo nunca busca sobreponer emanación del estilo o el rigor de la escritura por encima de la trama del relato. Pudiéramos decir que su obra talla una gran imaginación en tanto la costura de tejido verbal que hace posible nuevas gramáticas más cercanas a la propia vida que a las sigilosas persecuciones moderna de la autonomía del arte.

Lo que acabo de decir no debiera ser tomado solamente como una admonición sobre el gesto iconoclasta, que sin duda hace presencia entre los relatos y personajes que pasean por la escritura de Bellatin. Como pocos escritores del presente (quizás es solo comparable con Cesar Aira), Bellatin ha logrado hacer de la literatura una forma vivencial, de la experiencia, al poner el cuerpo sobre la escritura, demarcándose de los espacios mismos aparatos de la producción, circulación, y distribución de la palabra escrita.

Libros que apenas llegan a las cien páginas, publicados en editoriales periféricas y menores, muchas veces desconocidas o de escaso acceso, la lógica de la escritura de Bellatin, como la que Arlt puso en ejecución a principios del siglo pasado, hacen reconsiderar las formas mismas de cómo se lee en el nuevo siglo y de qué forma podemos hoy hacer legible la figura – muerta según ciertos notables filósofos de la segunda mitad del siglo – del escritor. (Bellatin ha dicho recientemente que toda su obra, incluyendo los libros ya publicados, será parte de un proyecto total que llamará a los 100 libros de Mario Bellatin, donde la guerra entre esa cifra y la vida del autor establece un duelo a muerte).

Una de sus más recientes novelas (¿reciente?...es difícil estar al tanto de los libritos que silenciosamente da a conocer Bellatin dentro de su economía productiva), se titula Biografía ilustrada de Mishima (Editorial Entropía, 2010), que puede ser leída, como buena parte de la obra de Bellatin, como teatro de sombras chinas, como esa lámpara en la que, según Celine, uno encuentra la sombra de una lánguida experiencia.

Si acotábamos anteriormente la tensión que sostiene Bellatin sobre la figura del autor, en Biografía Ilustrada, esta idea es llevada al punto extremo, donde la  configuración de símbolos y sus temas, son expuestos a una especie de acto litúrgico, por el cual la muerte y la escritura coinciden en un mismo espacio de indeterminación.

Y no es que la escritura de Bellatin sostenga el cuerpo frente de la escritura, tomándolo así de objeto de análisis o de relato anatómico de su historial de violencias, sino que la escritura misma toma, de cierta manera, una corporalidad diligente, cruzando el acontecimiento mismo de la muerte. Así, el ademán de escribir se vuelve también una carne viva hecha para ser perforada, que deviene o transmuta en una significación carente de sentido. Tal como lo explicaría Deleuze en tanto la lengua de Gombrowicz; arriesgaríamos a decir que el cuerpo-escritura de Bellatin, en su elegancia mórbida, es capaz de potencializar un devenir deseante del cuerpo en una gramática misma de la escritura que, en sus vaciamientos, encuentra y somete a laceraciones que trenzan los sentidos.

De ahí que sea imposible contar o repetir la trama de una historia de Bellatin, no porque no existan, sino porque la escritura que allí aparece, actúa menos para elaborar una historia que para des-elaboralar, es decir, para crear vacíos que a su vez actúan como vasos incomunicados con el lector. Biografía ilustrada de Mishima, por ejemplo, es la historia de un espectro. De los avatares de una vida luego de una decapitación. La historia compone varias imágenes proyectadas en una conferencia sobre la obra del famoso escritor japonés Yukio Mushima, y su experiencia luego del suicidio por vía seppuko. Decapitado, Mushima hace presencia espectral en la sala. Pone su cuerpo mutilado, narra varios episodios de su vida, aclara sus amistades, da detalles de sus libros, y de los colores de su bungaló.

Es la biografía de un escritor que ha perdido lo más esencial, su cabeza y que, sin embargo, sigue escribiendo, o mejor, perdura en los restos de su escritura.

Trabajada en imágenes que se incorporan hacia el final del libro, como documentación de una vida, nos adentramos a una consagración de espectros, de la cual el lector es partícipe como si tratase de una comunidad secreta, o de anónimos. El acto extremo de la decapitación – que, por su orientalismo tiene aquí una resonancia con el conocido relato de José Lezama Lima, “Juegos de decapitaciones” – tiende a ser el gran gesto del río que conforman las palabras en la escritura de Bellatin, así como su negación, su falta. Es en este sentido que es posible pensar la íntima proximidad que Bellatin logra articular entre escritura y vida. Si la escritura es siempre aquel suplemento que narra y no admite un vacío en tanto la experiencia de una vida, Bellatin hace de la vida un lugar donde la escritura se propone rastrear esas faltas, sus locuciones ausentes, los umbrales, en donde los signos mismos de llamar a la cotidianidad se han vuelto inoperantes en un desierto de la enunciación real.

“Allí, encerrado en su bungaló, llegó a convencer de que lo único cierto en la vida en un hueco. Un espacio vacío, insondable, e infinito” (p.40). Esta sentencia tonifica tanto el mundo de Mishima con el del propio Bellatin, y por extensión, la vida con el arte de escribir. Esos vacíos atómicos de su escritura son los que, con estrategias disímiles en cada uno de sus libros, hacen visibles la singularidad de las vidas puestas sobre el papel. Y es que el vacío logra articular una lógica diferencial en la que ningún cuerpo es idéntico a si mismo, carente de semblante, y sometido a las constantes desapropiaciones de su materia. La escritura, en lugar de componerlos o señalar esas marcas sobre maquetas preelaboradas, las concibe como formas de vida, donde el animal, el lisiado, y hasta el sin-cabeza-escritor, como en el caso de Mishima, devienen en una escritura seminal de la experiencia.

El apego y la compenetración de la escritura de Bellatin con el mundo oriental, entonces, pasa por espacio, difícil de nombrar, marcado por los silencios entre el ser y el mundo, entre la prosa y la trama de la historia, entre la palabra misma, como inscripción del cuerpo, y las otras palabras que dan el aliento. Contra una tradición entrenada a pensar las diferencias entre imágenes y palabras, enmudeciendo las relaciones sintácticas y semánticas, es fácil ver porqué la escritura de Bellatin cobra el matiz de un sistema que, amén de las intimidades convocadas, genera la incomodidad de pensar la figura del lector de estas obras. El lector, quiero decir, en términos de espacio, tiempo, imaginación, cuerpo. Pareciera, por momentos, que el lector en la retención de la lectura, cobra también el beneficio de la fantasmagoría, de un tiempo ajeno.  

A los efectos de la contemporaneidad, es difícil saber quienes son los lectores de Bellatin. O en una pregunta aun más aguda: ¿son posibles los lectores para la escritura de Mario Bellatin? Frente a sus páginas siempre nos convoca una especie de ritual, inusual y embelezado, del cual no logramos perdurar sin el desconcierto de enfrentarnos a lo extranjero, y al que quizás Mishima eludía en su recurrente pregunta: “¿de que río se nos habla en ese extraño exilio que es la escritura?”.


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Gerardo Muñoz
Julio de 2011
Gainesville, FL.

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