Friday, July 1, 2011

Soviéticos en el Cono Sur

Convendría pensar la escritura que trenza Los amigos soviéticos (Mondadori, 2010) dentro de un nuevo género literario que puede llevar de nombre poscomunismo. Animado por ese gran acontecimiento que simbolizó caída del Muro de Berlín, y por las intrigas de Estado generados en la URSS, el relato poscomunista adelanta ese espacio, donde es posible cierta escritura de un mundo donde convergen disintos matices y figuras de una realidad perdido. Lo poscomunista se concibe a partir de un fracaso que se viste, a la manera de un travesti, en diferentes formas discursivas, recortes de la realidad, o imaginarios colectivos.

Bajo estos diferentes ademanes de la imaginación comunista, no han sido pocas las novelas que indagado en un mundo soviético que pareciera tan alejado de nosotros, cifrando la lejanía justamente como una antigüedad ideológica. La Unión Soviética, vasto territorio que durante un siglo emergió como potencia mundial política y militar, reaparece en estas narrativas como un discurso de una memoria cultural que no excluye nombres y escenas históricas al borde de la desaparición. Anulando cualquier intento por alcanzar aquella realidad comunista o de representar algunos de sus momentos, estas narrativas navegan por los restos de una historia, paralela a la del Primer Mundo, que han llegado hacia nosotros sin el anhelo de ser escenificadas en el teatro de la Historia. 

Si nos acercamos a la novela Los amigos soviéticos es difícil no dejar de pensar en otros lugares donde escritores latinoamericanos, o sea de esta parte del mundo, han intentado imaginar la temporalidad soviética en el discurso literario. La trilogía de José Manuel Prieto, algunos cuentos de Antonio José Ponte, o Un guión para Artkino de Fogwill, han llevado a cabo el rescate de una historia que ha pasado de la utopía política a la textualidad de las palabras a traves de una narración coherente. El libro de Terranova, si bien lo ubicamos dentro de esta producción reciente de novelas y textos, produce una sensación distinta, ya que su objetivo no es necesariamente volver sobre la historia soviética, sino situarla en el espacio urbano contemporáneo, y así hacerla dialogar, a la manera de un coloquio entre amigos cercanos y  aburridos, dentro de la rutina comercial que invita la sociedad neo-liberal. 

De esta forma la ficción ocurre entre diálogos del narrador, del cual pensaríamos con certeza que se trata del mismo Terranova, y algunos de sus amigos soviéticos en un barrio de Buenos Aires. Recorriendo las calles de la ciudad, el narrador va anotando conversaciones con seres extravagantes y lacónicos. Situado en el espacio urbano de la Argentina, Los amigos soviéticos se lee como algunas de las novelas escritas por el cubano Pedro Juan Gutiérrez, salvo que en lugar de las fuertes imágenes del sexo en el cubano parecerían ser remplazadas por los recorridos itinerantes que impone la heterogeneidad urbana del nuevo siglo. Si la Habana del cubano es pura ruina motivada por los encuentros sexuales, el Buenos Aires de Terranova esta marcado por nuevas formas de comunidad que habitan en los antiguos nombres de las grandes calles o avenidas.

El escritor argentino Juan Terranova es también autor de varios libros sobre la vida urbana de Buenos Aires. Tema que recorre algunas poéticas recientes de jóvenes escritores como Carlos Gamerro, Pola Oloixarac, Mariana Enríquez, o Daniel Link. De hecho, Juan Terranova es autor de un magnifico volumen de narrativas, Buenos Aires: escala 1:1, que recorre los diferentes barrios del gran Buenos Aires desde sus escritores residenciales. En la novela el narrador nos pasea por un Buenos Aires de los desperdicios y de los bares, las tiendas de electrodomésticos y los Burger-King's, o por los boliches nocturnos y las librerías de libros usados, donde aun se pueden hallar, incluso, libros editados durante la Guerra Fría. 

Así, la novela sabe manejarse en dos registros que se desplazan entre tiempo y espacio: el tiempo agotado y ajeno de algunos recortes de la historia soviética, y el espacio de una ciudad como Buenos Aires, entrada en la polémica era del kirchnerismo. 

El discurso político que por momentos ocupa algunos pasajes del libro, tiene menos que ver con la añoranza o la crítica de ciertas políticas concretas, y más con la noción misma de cómo recordar los pasados políticos de siglo XX. Si antes habíamos hablado de un género soviético en algunas narrativas contemporáneas, en la literatura argentina del presente se juegan varios discursos que afincan a los personajes a la pasada dictadura militar, al grupo guerrillero Montoneros, o a la compleja historia política del peronismo, como ejes de una interpelación cultural. Con matices que rozan la indiferencia, en la novela de Terranova encontramos algunos indicios de este debate mediados por un humor corrosivo e iconoclasta que llega a agredir (en esto es similar a la sensibilidad que desarrolla Oloixarac en ciertos pasajes de Las Teorías Salvajes) a la Izquierda comunista argentina, o cuando risueñamente el amigo ruso del narrador intenta comparar a Perón con Stalin (cito de memoria): “¿Y Perón era como Stalin? No, el hacia a la gente feliz.”

El discurso entre el narrador y sus amigos, Volodia y Sergei, intercambian símbolos nacionales que han dejado la gran narrativa bajo el signo de la historicidad para pasar, como si parodiarán a Jorge Luis Borges, a una historia universal pop de la mafia. 

Si bien otras historias del poscomunismo se han contando con una trama que exige cierta finalidad (un crimen, la historia de un drama familiar o personal, el fracaso de una utopía), Los amigos soviéticos construye un discurso delirante donde la historia soviética figura a contrapelos de la 'historia oficial', construida a partir de pequeños recortes de Wikipedia, Youtube, y otras fuentes en tiempo-real que circulan entre la nuevas tecnologías. Yuri Gagarin, los diarios de Bunin, los origines de la Revolución de Octubre, la amistad de Fidel Castro, la historia secreta de la KGB, cartas de un Carlos Marx a un comunista argentino de principios de siglos, y un corrupto gobierno de Putin, recorren las páginas en un gesto que va trazando el mapa de una obsesión en forma íntima de una diario. Terranova aquí interpone comunismo y deseo, como lugar en que la literatura pudiera pensar el pasado de una forma leve, fuera del gran peso que imponen los grandes proyectos ideológicos.

Lo peculiar de una novela como Los amigos soviéticos, es la forma en que logra generar un saber sobre el mundo soviético despojado del patetismo del pasado o del fetichismo contemporáneo por la memoria. Una de las prácticas que generar este saber atraviesa la creación en tiempo-real, esto es, vinculando la mirada de un pasado que nos llega a través de nuevas estructuras tecnológicas, fragmentos biográficos, y chismorrería intelectual (por ejemplo, se nos da una historia muy entretenida sobre la historia de los cuadros de Malevich en los mercados europeos). Una historia que se quiere contar desde lo vivencial y lo callejero que, como ha visto  Don Juan Duchesne-Winter, conforma un comunismo literario en tanto una comunidad arraigada en la multiplicidad de los deseos y lenguajes otros. 

Al libro lo justifican pequeños enunciados, imágenes variables, ligeros recortes. Solo ahí entendemos la fascinación que siente el narrador del relato y la vitalidad con que hace pasear, junto a sus amigos soviéticos, por un Buenos Aires donde la imaginación soviética deviene en un espacio virtual, y lo real se construye en función de las historias orales compartidas.

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Gerardo Muñoz
Julio de 2011
Gainesville, FL.

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