Monday, July 4, 2011

Una escena de traducción


En varias de sus más recientes charlas, el escritor Ricardo Piglia ha vuelto, desde diferentes ángulos y tradiciones, sobre la importancia que ejerce la traducción en los modos en que se construye una cultura, aun más, en la fuerza que ésta ha ejercido sobre las culturas periféricas como las de América Latina.

Según Piglia, la traducción no es un simple modo de traslado de un imaginario o un texto de una lengua a otra, sino que exige de alguna forma la invención de un nuevo tipo de lenguaje por parte del que traduce y no desde la obra traducida. De ahí que, buena parte de las obras del siglo veinte, hayan sido traducidas por escritores que realmente no dominaban la lengua del idioma desde donde traducían, como bien puede ser el caso de Virgilio Piñera y el grupo que intentó traducir el Ferdydurke de Witold Gombrowicz en la Argentina, o que hayan generado nuevas formas de importación de un lenguaje extranjero al nuestro.

También se devela el mito que solo el escritor puede ser un buen traductor. Piglia no solo recordaba al primer traductor del Ulises de James Joyce en América, el ya olvidado Salas Subirat, sino la anécdota del primer traductor del Quijote al chino que, en la década de los años veinte, sin saber un palabra de español, le pedía a sus amigos que le contaran los sucesos de cada capítulo de la obra maestra de Cervantes con la licencia de recrear un mundo paralelo como aquel que ocurre en el siglo dieciséis en la Mancha. Esto indica que los actos de la traducción a través de la historia, pasan por complejas relaciones culturales, tan imaginativas como la propia función de la escritura literaria.

Pero de todas las escenas que se pudieran pensar en tanto traducción como modelo cultural, me gustaría volver aquí sobre una que ocupa el espacio fundacional de América Latina y que pudiera vincular, ya no solo los letrados y poder, sino la relación entre traducción y guerra. De este modo, en la traducción hay también una potencia que se ubica en el campo cultural, no como catalizador de saber literario, sino también como amplificador de nuevas los cruces conflictivos entre escritura y oralidad, entre experiencia y conocimiento, entre imaginarios externos y espacios interinos.

Se cuenta que en plena guerra, Lucio V. Mansilla, general de división del ejercito argentino y luego autor de Una excursión a los indios ranqueles, visitó la casa de campana de Bartolomé Mitre que, por un largo rato, lo hace esperar afuera. Podemos imaginar que, entre militares, sobre todo hombres de armas del siglo XIX, la espera comprende una forma protocolar de la conducta. Una vez que Mitre lo invita a pasar, se disculpa con Mansilla, y le explica que se encontraba traduciendo La Divina Comedia. Es decir que el desencuentro, el paro temporal entre Mansilla y Mitre, se da a través de una escena de traducción, de un momento bellísimo en donde Dante entra a América a través de militares que luchan en el desierto.

Es también notable el hecho de que sean militares quienes traduzcan el poema de Dante, y aun más, en el caso de Mitre, que dilate un encuentro militar por el placer de la traducción del italiano. Se define así en América Latina la relación entre las letras y las armas que no siempre tendrá la parcialidad que se le exige. Siglos más tarde, Rodolfo Walsh, también traductor, aunque de novelas negras, hace el movimiento inverso, ya que pasa de la traducción a las armas. Si en Mitre la acción es detenida por el acto de la traducción, en Walsh cesa la traducción por el combate cuerpo a cuerpo de la guerrilla. La traducción, en ambos casos, define el espacio de la guerra y se contrapone a la actividad de una lucha que excede los propios límites del espacio cultural.

La escena no quedaría completa sin las últimas palabras de Lucio Mansilla, quien le responde a Mitre: “¡Hay que darle duro a esos gringos, mi general!”

Así contestó Mansilla, tras la justificación de una traducción en plena guerra. Pudiéramos decir, siguiendo a Sergio Weisman, que Mansilla intuyó en ese momento el canje entre conflicto y traducción, entre guerra y palabra, entre los dos tiempos que se interponen entre que exige la lengua y esa otra batalla que se da en el campo de guerra. Mansilla logra entrever, en todo caso, que el transcurso del tiempo literario pasa siempre sobre una realidad matizada por el conflicto, o en otras palabras, por una guerra a la que la literatura y la escritura le es imposible ignorar. 

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Gerardo Munoz
Julio de 2011
Gainesville, FL.

3 comments:

Laberintos said...

Verdaderamente hay traducciones acertadísimas y otras que deberían obtener un premio a la total distorsión y a la fantasía excesiva del traductor... ya bien lo dicen los italianos, traduttore: traditore!!

saludossss

Anonymous said...

El gran Mansilla...!

Anonymous said...

Yo creo que el sentido de la anecdota es lo apuesto: en la traicion misma de la traduccion es que podemos encontrar la creacion.