Monday, August 29, 2011

El cuerpo enfermo


En exhibición hasta finales del mes entrante, escondida en una pequeña sala lateral de la rotunda del Museo Harn, encontramos las reciente obra de la artista neoyorquina Caitlin Applegate (1978) que se rotulan bajo el siniestro título de Showing what is the price of rejection, algo así como “Mostrando el precio del rechazo”. Trabajando en tres dimensiones y con una cerámica que de por sí tiende a lo dúctil, a esa aparente plasticidad que duplican la forma humana, Applegate logra instalar en el centro de sus esculturas el descontento de cuerpos que han sido despojados, desvestidos, y expuestos ante una precariedad que asume su mediación en el contexto actual de los dominios de la biopolítica contemporánea.

En realidad la exhibición, tan sui generis como simbólica, consta de tres piezas que de alguna forma intercalan signos, cuerpos débiles, y gestos corporales, a la vez que interrogan el preocupante malestar de la desdicha o la culpa, la enfermedad o el fracaso. Podríamos hablar, en efecto, de las tres piezas como una suerte de trilogía de un cuerpo desmembrado, sin órganos diría Deleuze, y examinado, a la manera de las primeras obras anatómicas de la escuela flamenca, con la fina visibilidad de quien logra penetrar las entrañas, y divisar la composición de sus órganos, la intrusión de las enfermedades.

El cuerpo en segmentos, en dilataciones, nunca como unidad de una substancia. Zona de la multiplicación, del desmonte de ciertas partes, de fluidos, y de inventarios que dejan sus huellas en ese gran archivo que guarda la piel y que a su vez construye la complejidad subjetividad en lo histórico, lo biológico, y lo afectivo.

La escultura de una mujer desnuda, con sus botas y un garro de lana, nos presenta la aterradora imagen de una vida a punto de su culminación o en devenir de una contracción letal desde su cuerpo. Conectada a una especie de suero de plástico que sostiene en la mano derecha, a la manera de una prótesis de alimentación, la dama de esta escultura aterra por su banalidad (sus tatuajes, por ejemplo) en medio de un mundo donde la vida se nos da menos en su representación, que por la fatalidad de su desnudez, en los límites de su función simbólica en los agujeros del tejido político.

La violencia que emana de la estatua puede ser leída a dos niveles. Primero, a través de la exposición del cuerpo dolido y doblegado que allí se nos muestra, y en segundo lugar, en relación con un gesto corporal cercano al de una dama de un western, lista para un duelo a tiros, para combatir la muerte.

No menos desconcertante y débil es la otra figura, mucho más pequeña de estatura, más cercana a las profundidades psicológicas que a las debilidades del cuerpo. Vestida de negro – a quien apenas le podemos ver el rostro – se sujeta de una tapia que sale de la pared como si estuviese conteniendo la rabia o el llanto. A diferencia de la pieza central de una mujer enferma, esta pieza matiza la profunda melancolía que encarna el estado mental a través del gesto del cuerpo. Con la mirada al suelo, y apenas resistiendo la humillación propia, podríamos pensar esta figura bajo cierta aura de una violencia que opera desde la soledad, un intimismo que desarticula toda posibilidad en tanto vínculos comunitarios.

Como algunos de los personajes de Kafka, esta figura existe en la medida que se coloca bajo el signo de una culpa que bien podría sobrevivirla, y que el espectador ignora. (¿es esta figura la encarnación del momento póstumo del rechazo?).

Así, en el tercer objeto de la muestra, adyacente a la mujer doblegada, encontramos dos manos que salen de la pared con una ofrenda de algún tipo de órgano humano o animal. Recordando las manos de Dios que salían en algunos cuadros litúrgicos del arte judío renacentista, y que logra rescatar Rembrandt para algunos de sus más famosas escenas bíblicas, estas parecen ser manos de la promesa, y de la ofrenda, donde se expone una lógica del regalo cercana a esa que Marcel Mauss estudió en el potlatch en tanto la dinámica de los miembros de una comunidad. ¿Es acaso una ofrenda para salvar el tejido de los cuerpos que aparecen esta soledad de dos existencias femeninas? ¿O más bien, es una ofrenda que hace visible, cuya mediación metonímica establece un vínculo entre las dos figuras principales? ¿Estamos frente a una nueva promesa de vida en medio de un espacio que extermina los últimos requisitos del cuerpo político?

La enfermedad es la vigilia de la vida –. Es sabido que Susan Sontag advertía de no hacer de las enfermedades metáforas para el pensamiento analógico social o político, aunque en las esculturas de Applegate es demasiado claro que nos movemos entre un espacio de significación cuya centro es el cuerpo humano en plena descomposición del tejido cívico de la vida social, esto es, una sociedad enferma que apuesta a la perpetuación de cuerpos separados de su vida política. Sin nombres, y con una mirada centralizada en el vacío, estas figuras aparecen bajo esa vida nuda que Agamben ha matizado para el nomos global de la sociedad contemporánea.

Caitlin Applegate no ha sido la única en indagar sobre los confines del cuerpo. Enrique Marty, Orlan, Vanessa Beecroft, así como buena parte de los experimentos contemporáneos del cuerpo, siguen una trama que examinan y ponen en escrutinio el secuestro del cuerpo social por una sociedad que ha dejado producir sujetos, para producir consumidores, enfermos, exiliados de la vida.

¿Por qué, entonces, Applegate ha escogido la cerámica como medio para su exploración, y no el performance, o la plástica? La cerámica tradicionalmente se ha vinculado a las formas más artesanales posibles, carente de movimiento, lugar de una eternidad hueca, totémica. Como las silenciosas estatuillas de Thomas Schutte, las figuras de Applegate, exiliadas de su entorno social y de la esfera misma de la comunidad, se adentran a las posibilidades de una textura efímera y artesanal que hablan de la propia condición de nuestra crisis política. Comparten la misma fragilidad que las figuras de barro, la misma pesadumbre de existir a la intemperie. 

Sin la inmediatez del performance, el trabajo escultórico es también un medio que ofrece la extensión del cuerpo del artista, pues su participación reaparece en la materia misma de la obra, cuyo medio no tiempo sino el espacio. Las enfermizas y oscuras figuras de Applegate hacen visible la activación de una simbología corporal por la cual el presente se vuelve legible.

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Gerardo Muñoz
Agosto de 2011

Gainesville, FL.

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