Saturday, August 13, 2011

Hemingway de Fausto Canel


No es inusual que grandes artistas incorporen pequeños guiños, gestos irónicos que comenten rasgos de su obra pasada, creando así un íntimo laberinto biográfico, del cual el creador deviene en crítico.

En uno de los planos más logrados del imprescindible filme cubano Desarraigo (1964), Fausto Canel pone en boca de Marta (Yolanda Farr), una crítica contra aquellos que husmean en los fetiches de los escritores, en la liturgia de aquellos que inspeccionan los restos como si estuviesen de cara a la escena de un crimen. Frente a la bahía de La Habana – donde se habla de Miami, y de la posibilidad de salir del país, mientras la banda sonora agrega un tinte cosmopolitita a la composición antonionesca – Martha le responde a Mario (Sergio Corrieri), quien le acababa de proponer una vista a la casa del gran escritor norteamericano, que ella no le ve nada en especial ir a la casa museo de Hemingway. El tono, reticente a la idea misma de una lipsoteca convertida en cultura universal, matiza el rechazo por esa fascinación y deseo por la muerte de un gran hombre que algunos han querido imaginar como bajo el adalid de escritor.

Este mínimo diálogo da la medida de la influencia que Fausto Canel tendrá en el cine cubano posterior, en particular en Memoria del Subdesarrollo (1968) de Tomas Gutiérrez Alea, en tanto la introducción de ciertos temas, y el poder haber puesto en circulación algunas obsesiones que desde entonces han construido el cine cubano desde el comienzo de la Revolución.

Es imposible no recordar la conversación, cuatro años después, entre Sergio Corrieri y Daisy Granados, mientras ambos visitan la casa de Hemingway. En aquella escena, la joven Granados se pronuncia, como si estuviese repitiendo las palabras de Farr años antes contra el fetichismo del museo, y por extensión, de la alta cultura. Lo que se esboza en ambas instancias es la vieja polémica entre la cultura nacional y el cosmopolitismo, el espacio de lo popular y la figura del intelecto, el encierre de la cultura y la apertura de un saber dado en las calles, fuera de los libros. Es curioso además que en ambos casos, son dos mujeres las que toman distancia del museo de Hemingway, y de alguna manera representan los matices de lo popular que, bajo el signo del subdesarrollo, interpela la tradición letrada y los modos mismos de la preservación cultural (el museo). Las dos, Elena en Memorias y Martha en Desarraigo, encarnan tanto la inocencia como las nuevas convicciones de la Revolución.

Si aludíamos antes a la manera en que un autor cavila referencias internas y guiños biográficos, es porque ese comentario de Yolanda Farr en Desarraigo (1965), es quizás una alusión intencionada al breve documental que Fausto Canel había producido en 1962 (Año de la Planificacn), con narración de un texto de Lisandro Otero, titulado Hemingway. Con los escasos recursos de la época, Canel logra producir una imagen-movimiento acerca de la vida del escritor norteamericano, a partir del montaje de retratos y cuadros de su casa habanera, colmada de los trofeos de sus safaris, su biblioteca, y su gato; además de material visual de la primera guerra mundial, y otras fotografías que dibujan el contexto histórico europeo del autor de El viejo y el mar.

No es difícil imaginar porqué, a comienzos del proceso revolucionario cubano, la figura de Ernest Hemingway se convertía en otra de las figuras dentro de esa constelación simbólica del nuevo cambio social. El Hemingway de Canel, junto con el texto de Otero, encierra una imagen del escritor norteamericano como aquel que había concebido una visión del mundo plasmada desde el conflicto y la guerra, donde el ser humano siempre salía victorioso de las adversidades históricas. Es decir que Hemingway, como también lo será aquellos años el Che Guevara, los barbudos de la Sierra Maestra, o José Marti, no era un simple escritor, sino el hombre que, encarnando las contradicciones de su tiempo, no tiene reparos en poner el cuerpo en el campo de batalla, y tallar su vida en los límites de la propia muerte.

Este foco en el martirologio, como bien lo ha estudiado el ensayista cubano Rafael Rojas, partía de un arraigo en lo nacional que a su vez se convertía en la condición del ser cubano en tanto el sacrificio en la creación del “hombre nuevo” socialista, y en la lógica bélica de la guerra contra el Imperialismo. De una manera similar, Hemingway encarnaba estos principios, y su casa museo – el único espacio que se repite en el filme de Canel – puede ser leído como ese espacio que encierra la tensión y el dilema entre el mundo de la acción del autor de For Whom the Bell Tolls, y la concentración del tiempo inactivo que genera en el espacio del museo. En las antípodas del nuevo orden revolucionario, el museo es lo que ha quedado una vez que el cuerpo ha sido entregado en el sacrificio. Las revoluciones, opuestas tradicionalmente a la idea misma del museo, al gesto destructivo de la tradición, logran erigir nuevos museos sobre la regeneración de la memoria de sus muertes heroicas.

Sorprende el hecho que solo hacia el final, a través de la inclusión de dos fotografías donde Hemingway aparece con Fidel Castro, el documental no indague en la relación de Hemingway con la Revolución Cubana. Como si su recorrido parabólico – de la cacería salvaje en África hasta la participación en la guerra civil española – resumiera el ardid de lucha, y lo elevara a las epopeyas gemelas de los rebeldes barbudos en las montañas. (Además no es coincidencia que Hemingway, como aquellos, poseía también una barba).

El documental, según me ha contado el mismo Fausto Canel, obtuvo un premio en Italia por mejor corto extranjero. Suscrito a una función pedagógica de la cual haríamos mal en ignorar, el temprano Hemingway de Fausto Canel, logra surtir dos estrategias que entrecruzan lo biográfico con lo histórico, lo artístico con la cultura popular, lo cosmopolita con lo nacional. Así Hemingway, más que una estampa de un amigo de Cuba, se construye como un punto de partida que logra iniciar una serie de temas en el cine de los sesenta.


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Gerardo Muñoz
Agosto de 2011
Gainesville, FL.

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