Thursday, August 18, 2011

María: biografía sin vida


Producida hace ya varios años, María Querida (2004) de José Luis García Sánchez, arregla algunos momentos de la memoria de la pensadora española María Zambrano desde un presente que atraviesa la llegada de la democracia española del postfranquismo, así como el conocido contexto de los intelectuales exiliados luego de la guerra civil española. Un gran reto el de García Sánchez, filmar la intricadísima vida de la autora de Filosofía y poesía, donde encontramos en el centro de esa vida no solo los periplos por tierras extranjeras como Chile, Cuba, o Italia; sino también por los derroteros de su pensamiento intelectual, tejido que pone en relieve la enorme sensibilidad que generaba la voz de su escritura, de su entonación.

Filmar en conjunto esta serie de afinidades es sin duda uno de los propósitos del filme de García Sánchez, aun cuando no logra establecer una imagen para hacer visible la autonomía propia de una historia a la par del devenir mismo de la asimilación de un pensamiento filosófico.

Con las visibles costuras de un cine doblegado a rendir cuentas con las batallas del pasado, nunca libres de los percances de cierta eticidad comprometedora, María Querida recae en eso que Jacques Ranciere, en varias ocasiones, ha llamado la suspensión estética de las nuevas normas de la ética. En este caso en específico se trata de una ética que tiene sus candilejas con la memoria y la reconstrucción del pasado. Trazando una historia narrada desde el punto de vista de una joven periodista y su tormentosa vida amorosa (no deja de ser extraño a su vez que la historia filmada de la María Zambrano como personaje metafilmico se conciba a partir de una complacencia moral entre la directora y su exmarido), los personajes quedan sometidos a la turbia trama del espectador “especialista” y no de un público que intenta conocer una vida. El filme se posiciona en una cierta variante posmoderna del efecto de una caja china, como si ese procedimiento formal fuera capaz, de por si solo, potencializar las cubetas de la memoria.

Es así que María Zambrano pasa de ser pensadora a actriz de segunda, de exiliada a  esfinge de un paisaje con limonares, de una joven que ama a los gatos a una viejita encorvada como una lombriz en su sofá. El engorroso tono melancólico, las pesadumbres de su exilio, dan la banda sonora. Tal es el extremo de la inverosimilitud que logra este filme, que por momentos se consigue obtener el efecto contrario: ser vista como una especie de comedia de la vejez, una historia que, alineada en las filas de un Bouvard y Pecuchet, menos que espanto por la erudición, produce amables sonrisas.

Si los personajes nos resultan realmente indiferentes, o en el peor de los casos antipáticos, peluches en una especie de sainete en clave de farsa, no menos interesante resulta la composición formal, y los matices que el director buscaba cifrar bajo el signo del discurso de la memoria. La superposición de fotografías, textos, comentarios, recuerdos, objetos, huellas perdidas, en vez de aclarar una trama central, el núcleo definitivo del relato de una biografía, apuestan por ser obstáculos para llevar a cabo el duelo, la memoria de los derrotados, el fin de todo posible interés alrededor de la vida de la pensadora. Al concebir esta historia bicéfala, por un lado la periodista y su trabajo fílmico, y por otra el trabajo testimonial de Zambrano, la ausencia que tal discurso impone sobre lo visual encuentra su contradicción en la proximidad que tenemos con la figura jocosa de Zambrano, o con la figuración melodramática de la periodista, su discípula entusiasta.

El discurso, poco verosímil, tampoco encuentra resolver el dilema de pensar el fracaso, la muerte de los otros, la historia reciente de un exilio. Cuando se apela a ciertos momentos históricos, la vida de Zambrano se desvanece. Cuando escuchas luces nimias de su vida, ya la historia se ha ido. Una persecución de fantasmas.

Por momentos el personaje de Zambrano frasea en aforismos, cita a Machado más de una vez, y se coloca en el centro de la atención (un concierto de música domestico, conferencia de prensa, consultas telefónicas), a la manera de una celebrity en esa misma sociedad moderna y del espectáculo que ella aborrece, y que inunda con abstracciones y soñoliento discurso. Ni la inverosimilitud ni la forma de su pensamiento son, desde luego, el problema; sino la incapacidad del filme en encontrar formas adecuadas para transmitir ingeniosamente las palabras de la pensadora.

La ingravidez del personaje Zambrano no es capaz de darnos un solo momento de honestidad intelectual, o de apego a los afectos de lo humano. Como si excluyera el primer término de aquel libro de Zambrano que justamente se titulaba El hombre y lo divino, podríamos decir que se trata de un filme donde las esencias abstractas, las citas poéticas, y las fotos de grandes nombres de la época – como en una escena en la que Zambrano abre un álbum de la época, en el cual encontramos, en lugar de fotos de familia, un retrato de Lorca junto a otro de Rosa Chacel, y para el colmo el icónico retrato de Antonio Machado en un café – suplantan a las curiosidades que todo espectador e interesado en la biografía de Zambrano le hubiese gustado conocer.

Salvo una breve escena sobre su juventud, durante la mayor parte del filme estamos frente a una especie de “mujer sin contenido”, la cual convoca a la lástima colectiva, pero nunca al interés intelectual o al descubrimiento de ciertas experiencias producidas por los periplos históricos del siglo pasado.

Sin embargo pudiéramos decir que el filme se construye claramente desde una sólida base pedagógica, amén de su artificialidad. No puedo dejar de comentar cómo, en una de las secuencias en que la periodista le enseña parte del material audiovisual a su ex-esposo, éste pregunta, al oír la voz de José Lezama Lima, y luego concluye: “¡ese un maricón!”.

Fallidos momentos de ficcionalización dentro de la película no solo son abominables por su incongruencia con la totalidad de filme, sino por la constante forma en que se menoscaba el objetivo central de la producción, o de la vida que allí se expone. De cierta manera el filme solo puede ser ilustrativo para quien intente estudiar la crisis y los límites de la representación en el presente en relación con la vida, la memoria, y el pasado.

El lamentable fracaso de lo que pudiera haber sido una interesante biografía de una importante figura del siglo pasado, no solo habla de la capacidad del director o del guionista del filme, sino de la crisis actual de las biografías. Recientemente el crítico cubano José Prats Sariol daba ánimos a biógrafos, a la vez que acotaba datos sobre la pobreza de las biografías en la tradición hispana, a diferencia de la inglesa o la francesa. Limitada a la discusión nacional sobre la memoria en la historia reciente, María Querida, no hace justicia a la ternura de su título, y termina concibiendo un filme que, entre lo monótono, lo fácilmente olvidable, y la suspensión de la dimensión estética, logra la tachadura sobre cualquier rastro afectivo aun entre sus espectadores más atentos.


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Gerardo Muñoz
Agosto de 2011
Gainesville, FL.

3 comments:

juan felipe hernandez said...

Amables sonrisas o burlonas sonrisas?

"La mujer sin contenido, la cual convoca a la lástima colectiva, pero nunca al interés intelectual."

Es aca donde le das al clavo. Maria solo nos llega -por lo menos en esta pelicula- como un saco de memorias y de aforismos encumbrados, solo es atractiva por su pasado flamante de dama rodeada de grandes nombres, pero de ahi en adelante es un vaso lleno de frases hiperbolicas, rimbombantes y enrroscandose siempre con un tono mistico que deja a los espanoles maravillados pero en las mismas.

Gerardo Muñoz said...

No, la tiraste super dura: "que deja a los ____ maravillados pero en las mismas". Bueno, con la agresividad que caracteriza tu discurso, y digan lo que digan, con ese resentimiento que no es mas que un enclave certero de la ideologia reaccionaria desde el tatcherismo, le has puesto una navaja en el cuello a esos incredulos espectadores nacionales. Astillaste el tronco.
No le agregemos mas. G

Anonymous said...

Mi abuela, que condensaba ella solita toda la riqueza del refranero popular, decía: 'donde fueres, haz lo que vieres'.