Saturday, September 10, 2011

El ajedrez del nazismo

Escrita durante su exilio brasileño, y un año antes de que se suicidara junto a su esposa, Schachnovelle (1941), traducida recientemente al castellano como Novela de ajedrez y al inglés como Chess Story, fue el último libro que escribiese Stefan Zweig, donde aparecen varios de los tópicos de su narrativa, así como vastas diferencias con su obra previa. A diferencia de sus grandes biografías – la de Joseph Fouche, María Antonieta, Balzac, o su póstumo Montaigne – la historia del ajedrez no trata de la vida de ningún gran hombre del mundo de ese juego. Tampoco es la historia de un jugador, como nos pudiera engañar la lectura de las primeras páginas de la novela. Si la comparamos con sus otras incursiones en la ficción, este texto solo comparte el elemento anímico, esa especie de escritura de la mente que caracterizó la labor intelectual de Zweig desde sus primeros intentos de escritura.

Es esto, quizás, lo que más interese de un texto como Novela de ajedrez: la discrepancia con que Zweig se aproxima a un tema histórico, esto es, al acontecimiento más importante de Europa de los años treinta, que lo llevó a exiliarle, primero en Londres, y luego en Brazil. El Nazismo es el gran tema de la novela, aunque aparezca pensado desde el sesgo, como una especie de tercer espacio, donde los personajes históricos y los grandes hechos importan menos que las huellas que esa historia ha podido incrustar en la propia subjetividad de una persona. El autor de Momentos estelares de la humanidad, suspende en este relato los aparatos mismos de la historicidad, para enfocarse en los efectos fantasmáticos de uno de los procesos políticos más oscuros del siglo XX. Y es que el Nazismo fue eso para Zweig, si acaso queremos leer la novela desde ese lugar, es decir, un acontecimiento que quizás no tiene la estructura para la simbolización, quedando más allá de la conciencia, arraigado en la cultura misma del delirio o la esquizofrenia.

El relato toma lugar en un barco, y el narrador, fácilmente podríamos suponer, no es otro que el mismo Stefan Zweig, desplazándose desde el continente hasta América. Es un barco que tiene como destino tierras argentinas. Allí, también se encuentra un apócrifo campeón mundial de ajedrez Mirko Czentovič, raro prodigio del juego, una ruda máquina de mover piezas sobre el tablero. Czentovič es la figura de la anti-ilustración, no solo porque viene del campo y le interesa el dinero, o que apenas sabe leer y escribir, sino porque, en palabras de Kant, es también el sujeto que no ha alcanzado escapar de la esfera de la inmadurez. Sin embargo, la figura del Campeón Mundial es secundaria en tanto el personaje que aparece, misteriosamente, a ayudar al narrador y a su amigo, en el empate durante una simultanea que ya tenían perdida contra Czentovič. El Dr. B, así lo llama el narrador en clave anónima de Kafka, nos cuenta su historia, de la cual el narrador no termina de entender hasta el final de su memoria.  

Apresado por los Nazis, el Dr. B no es la víctima del campo de concentración, sino la victima de la una nada, aun peor que el espacio del campo. Abogado de grandes fortunas de algunos monasterios de Austria, el Dr. B es encarcelado por el Nazismo, en un casa lujosa, pero sin contacto con el exterior, más que una tortura, el fascismo, pareciera advertirnos Zweig, opera como un pliegue contra el espacio interno que constituye nuestra subjetividad. Sin poder hablar, oír, o ver un paisaje; la política del nazismo no es aquella que opera sobre el cuerpo, como se ha querido veer según la biopolítica del campo de concentración, sino aquella que logra hacer de la mente un campo de batalla contra uno mismo.

Quizás aquí podemos escuchar la entonación del Foucault prologuista del Anti-Edipo, quien proponía leer al nazismo, no como proceso meta-histórico, sino como régimen de prácticas del diario vivir. El Nazismo, por falta de mejor nombre, es aquello que logra la privación total del sujeto en tanto la exterioridad de sí, de la esfera de la experiencia.

Pero si Czentovič llega al mundo del ajedrez por ignorancia – acaso porque es lo único que sabe hacer, y lo hace muy bien – Dr. B llega al ajedrez por ilustración, como el fin de no combatir el nazismo que se ha incorporado bajo su tez. Así, el lector llega a comprender la relación del ajedrez con el Dr. B: un día, durante uno de los interrogatorios con la Gestapo, el Dr. B roba un libro que no comprende. Durante varias noches va desmenuzando sus páginas, decodificando el leguaje simbólico de las anotaciones del ajedrez (E4-Nf3…), y pronto logra visualizar un tablero imaginario, en el cual repite partidas clásicas de Capablaca y Alekhine, de Lasker y Steinitz.

Aquí también encontramos otra diferencia abismal con el Campeón del Mundo, ya que mientras Czentovič juega contra otro exterior a él, el Dr. B es el contrincante de él mismo. Su batalla no es el exterior del mundo, sino una batalla interna que intenta conquistar el propio saber de su exterioridad, la capacidad de un mundo más allá de la privación de los afectos.

Pero como sabemos desde Hegel, la Nada no es simplemente la ausencia o el vacío de un objeto, sino la forma constitutiva de ese algo, la forma misma que alguna vez ha ocupado ese espacio. El ajedrez tampoco logra salvar al Dr. B de esa nada, ya que en el juego encontramos la depilación total de un delirio que vacía el sujeto, es decir, que lo expone consigo mismo en un espacio inmaterial. La partida final con la que cierra el libro, entre el Dr. B y Czentovič, recurre al viejo tema del desdoblamiento para sacar a la luz, en efecto, la fractura misma que el nazismo dejó sobre sus víctimas. El ajedrez es así una de sus metáforas: bajo la forma de una guerra interna, el único jugador es el sujeto en un espacio de repetición infinita de sí.

Como metáfora de la guerra, y por extensión de la política misma, el ajedrez del Nazismo encarna una paradoja esencial: suspende el enfriamiento, la posición de dos jugadores, los límites mismos de la contradicción. De ahí que esta ausencia dialéctica es lo que, para Zweig, en Novela de ajedrez, encarna la substancia intima del nazismo, el mejor informe ya no del tema del hombre por el hombre, sino del hombre en el hombre:”querer jugar contra uno mismo representa, en definitiva, una paradoja tan grande en ajedrez como querer saltar sobre la propia sombra”.


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Gerardo Muñoz
Septiembre de 2011
Gainesville, FL.

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