Friday, September 30, 2011

Kafka en Ponte


Escribiendo recientemente un ensayo que recorre los ecos y los silencios de Kafka en algunos de los escritores cubanos, noté la extraña ausencia de esa firma “Franz Kafka” en la obra de Antonio José Ponte. De hecho, es curioso que un escritor como Ponte, próximo a núcleos kafkianos como pueden ser del poder y la escritura, la vigilancia y la burocracia de Estado, no haya escrito críticamente nada sobre el autor de El Castillo.

Esta ausencia me hizo pensar que quizás habría que pensar la función de Kafka en un nivel menos explicito, quizás como un procedimiento de silencios y de gestos. De  todas maneras, como sabemos todo discurso literario está compuesto de un espacio de lo no-dicho que, a su vez, ilumina el propósito central del discurso en cuestión. Lo no-dicho que parecería estar en el umbral del texto es, de alguna forma, el límite mismo que lo constituye, y que lo hace gravitar hacia un centro ubicado en los márgenes.

Teniendo en cuenta aquello no dicho fue lo que me hizo relacionar un temprano ensayo de Ponte sobre Marcel Proust como lugar donde quizás es posible pensar esa ausencia de Franz Kafka. (Lo que más se acerca a una referencia sobre Kafka en la obra de Ponte sería el epílogo que concluye el cuaderno de José Kozer, El Caso FK). Aunque un primer borrador sobre Proust fue destruido – la destrucción como un vacío que luego estudiara Ponte en relación con los Origenistas –  un texto más breve titulado “Lectura de Proust”, publicado en un número de Unión de 1990, puede justificar, quizás, algunos de los temas y preocupaciones que quizás años antes el autor matancero había tratado en su desperdigada monografía.

La figura de Proust, no así la de Kafka, si parece central en el museo de escritores de Ponte, y por momentos suele servir de apoyo para el ejercicio de la memoria en Un seguidor de Montaigne mira La Habana, o como punta de arranque para comentar la pedagogía de Oppiano Licario.

Pero, ¿además de justificar la entrada del Modernismo europeo, qué otra cosa pueden compartir Kafka y Proust, cuyas obras parecieran estar en las antípodas de los estilos, los temas, y los significados? Si en el primero nos encontramos frente al tenebroso mundo de la burocracia y de los intrincados laberintos de la culpa originaria, en el segundo estamos frente a un discurso que capta, a través de la memoria, los últimos gestos de la burguesía decimonónica. Fue algún tiempo después, luego de haber terminado de escribir el ensayo, que encontré, por una de esas coincidencias inexplicables del azar que genera el propio “estudio”, un fragmento de Walter Benjamin que explicaba la proximidad de ambos escritores.

Omitido en la compilación de sus obras completas, el fragmento que traduzco a continuación se encuentra en el libro Walter Benjamin’s Archive, publicado fragmentariamente por la editorial Verso:

“Proust y Kafka – Hay algo que Proust tiene en común con Kafka, y quien sabe si esta relación se puede encontrar en ninguna otra parte. Tiene que ver con cómo ambos usan el “yo”. Cuando Proust, en su Recherche du temps perdu, y Kafka en sus diarios, usan el “yo”, ambos los hacen con una transparencia traslúcida de igual calibre. Sus ámbitos parecieran carecer de todo color local, y de alguna forma todo lector puede transitarlas sin ningún impedimento. Se pueden inspeccionar y conocerlos sin la necesidad de estar arraigados en ellos. En ambos autores el sujeto adopta ese tono feliz de un mundo que pronto se vestirá con el gris de las futuras catástrofes”.

Además de ver en la ecuación Kafka / Proust, o la imagen mesiánica de la catástrofe, quizás lo más interesante de este fragmento sea el lugar que esa función del “yo” tenga como mediación entre dos firmas antitéticas de la Modernidad. El “yo” no como muerte de autor, sino como discurso o gesto articulador de un espacio anímico, personal, clarividente. Más cercano a la verdad que a los espejos de la ficción. En Ponte, en esa extraña combinación de ensayo y relato, podríamos hablar justamente de un “yo” cuya transparencia flota entre el relato de una historia nacional, y por extensión singular, y el universalismo de una erudición que tiene su forma en una prosa hospitalaria, completamente borgeana.

La función del “yo” es lo que, en definitiva, determina la articulación de un espacio simbólico que se presenta sin mediaciones coloreadas por procedimientos narrativos. Quien se acerque, entonces, desde este lugar a La fiesta vigilada de Antonio José Ponte, es posible que encuentre también una articulación política del “yo”, como aquel que expone un mundo en ruina como prisma de esa historia de un pueblo cuyo proceso se legisla con casos de censura, circulación de expedientes cuyos nombres propios han sido borrados, o momentos donde lo no-dicho aparecen iluminados por esa transparencia del yo.

Es en este sentido que tanto la obra de Kafka como la de Ponte pueden ser entendidas como renovaciones del género policial, donde ya no se opera con la trama original de un crimen, la figura del detective o el dinero, sino donde los propios contornos de ese mundo se encuentran atravesado por un “yo” que ordena el espacio policial en un panorama metafísico o filosófico, como quería Ernst Bloch en su ensayo clásico, y dar a ver una colectividad de espectros (habría que leer en esta clave su interesante novela Contrabando de sombras).  

Solo así es que es posible explicar la alarmante ausencia de Kafka de la obra de Antonio José Ponte. A expensas de repetir un nombre que ha tomado la función de una articulación del “yo”, Kafka es uno de los elementos no-dicho dentro de una obra narrativa que habla sin vestimentas al poder, y que ha venido articulado un modo de leer la historia nacional a la manera a la manera de un José K frente al misterio del “proceso”: como historia que solo cobra sentido vista como una dispersa ruta de la censura y los olvidos.

                       
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Gerardo Muñoz.
Septiembre, 2011
Gainesville, FL.

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