Monday, September 26, 2011

La escritura y el umbral


¿Qué es lo que se salva en el final de los relatos de Franz Kafka? ¿Cuál sería, en todo caso, la función del final en la obra del autor de El Proceso? En una nota anterior nos referíamos a esa partícula que, al menos en la crítica moderna, se resiste a todo intento de conceptualización dentro de una estructura sintagmática y diferencial de significantes. De ahí que comparemos los finales de Kafka – como ocurre en relatos como “El Juicio”, “Ante la Ley”, en la novela misma El Castillo – a una postilla, donde su función solo puede ser la mediación total sin fin, donde lo único comunicado es, justamente, su significabilidad.

El sufijo –habilidad (barkeit) aquí cobra un matiz de no poca importancia. Como ha argumentado recientemente el crítico norteamericano Samuel Weber en su monografía sobre Walter Benjamin, el barkeit es aquello que marca la exterioridad misma del acto, ese doblaje gesto-espacial que interpela los cierres de significación, y que denota un ejercicio actual en tanto repetición de futuro. Los finales de Kafka solo son legibles al ser leídos de esta forma: como umbrales donde se cruza un final bajo el signo de una espera diferida.

El umbral marca el transitabilidad de un espacio a otro, pero no su fin. Por eso me atrevería a tildar los finales de Kafka como remanentes de un final que se anuncia y que se salva, que se desmarca de la cronotopía narrativa de la trama, y que sin embargo, tampoco instala un espacio de meta ficción en su interior. Estos finales son pura indeterminación en tanto arrastran con la huella algo que ha sido salvado bajo la condición temporal otra. Así como la noción paulina del tiempo que resta, es solo posible una vez que el tiempo histórico ha concluido, es que podríamos rastrear las huellas de un recomienzo temporal. ¿Cuál es ese tiempo que habita en los finales de Kafka, en espacial en relación con el espacio del relato?

Esta pregunta o gesto hermenéutica es quizás inexplicable. Aunque como ya ha sugerido Giorgio Agamben en su brillante acotación titulada “Kafka contra su interpretadores”, que de hecho cierra el libro Idea de la prosa, aquello que no tiene explicación es solo posible si se intenta una y otra vez si se formulan las explicaciones mismas. Es decir, no existe lo inexplicable sin explicaciones; lo que está aun por explicarse solo se encuentra en lo que ya no explica nada. Los finales de Kafka abarcan ese momento en donde lo inexplicable nos remite al incierto ejercicio de la repetición sin un fin.

Si en los finales de Kafka se han cruzado temporalmente en el espacio de la historia y del propio tiempo, ese último momento se caracteriza como una imagen detención, donde aquello que se dice pareciera estar fuera del tiempo, dibujado con una escritura íntima de la comunicabilidad.

Tomemos dos ejemplos a modo de ilustrar esta detención post-temporal: la primera del relato “Un artista del hambre”, y la segunda proveniente del relato corto titulado “Un fratricida”. Lo que primero salta a la vista es que estos dos relatos terminan con un desplazamiento hacia otra parte, a un lugar que la escritura desconoce e ignora, pero que no olvida inscribir sus huellas, ofrecer sus coordenadas. En el primer caso, una vez muerto el artista del hambre, la pantera se convierte en el nuevo objeto del deseo, un animal enjaulado que captura la atención total de sus espectadores: “Y, aferrados a la jaula, nunca más se quisieron despegar de allí”. Como en el famoso poema de Rainer María Rilke, “La Pantera”, el animal se convierte en un “centro de fuerza” (en Rilke), o en una jaula poblada por las masas de espectadores. En los dos casos, el animal, o el devenir-pantera como diría cierto filósofo rizomático, nos encontramos en el momento en donde se narra la acumulación en una imagen, se vuelve el punto concéntrico sin fin. La imagen, atravesada por un este espacio, marca el fin de la narración y construye el remanente de su posible continuidad.

La figura del animal coincide con el fin lineal del relato, con la trama que, hasta ese momento, el lector había conocido del artista del hambre. Mientras que el espacio-temporal ha dado con su fin, el hombre, como ser en espacio y existencia racional, el animal, por antonomasia, pasa de ser hambre, a encarnar el deseo devorante. Entre esos dos espacios – detención total y continuación – es que ubicamos la función de la imagen en un final como “El arte del hambre” que, donde debería concluir con la muerte del artista, aparece la bestia, fuera del tiempo, significando nada. La unidad narrativa que, desde la poética de Aristóteles ha funcionado como un aparato de sentido en la significación narrativa, ha logrado en este instante desintegrase, volverse pedazos quizás como ese mismo aparato que vemos descomponerse en “La colonia penitenciaria”.

En el final de “Un fratricidio” tenemos una operación que parecería la opuesta, o sea, puro movimiento, una clausura de la trama, la culpa como motor existencia de la hondura moral del personaje: “Schmar, conteniendo apenas la última náusea, apretada la boca contra el hombro del policía, que rápidamente se lo lleva de ahí…”.

Sin embargo, Kafka hace algo muy interesante que, aunque no aparece en la traducción en inglés, en su versión alemana original contiene tres puntos suspensivos que marcan, como veía Agamben en relación con el último ensayo de Deleuze sobre la inmanencia, la virtualidad de una vida que se escapa y que expone la lógica entre la suspensión de la escritura y la filosofía de la puntuación. Quizás este ejemplo, más que ningún otro, guarda la marca mesiánica de una exterioridad que, solo luego del final del relato, indica el umbral de la escritura como tal. “ahí…” denota, como en “El artista del hambre”, un sitio guía, aunque esta vez se desplace hacia la indeterminación, como en ese breve movimiento que, según Walter Benjamin, indicaría el paso del Mesías por el mundo.

א Grenzbegriff

A la luz de esta incursión hacia los “finales” de Kafka, es curioso pensar que, en su Teología Política, Carl Schmitt definió no solo el soberano como aquel que decide sobre el estado de excepción, sino como un concepto-límite. El estado de excepción es para Schmitt el umbral que da forma y que es constituido de la función misma de la soberanía. Procurando con antelación las críticas de la excepción como caso fuera de la norma – y por extensión no representativo de un análisis de la forma practica del Estado liberal – Schmitt empleó la palabra compuesta grenzbegriff (umbral + concepto) para denominar la singularidad de la expresión como centro del análisis. 

Todos sabemos la conclusión que Schmitt, entonces, extrajo de este avance conceptual: si la norma puede probar en tanto repetición, es la excepción la que se define y se arraiga en la norma. Algo similar podemos decir de los finales en los textos de Kafka. Si el texto es el espacio soberano de la escritura, la inscripción que se coloca fuera de su final no radica en su exterior, sino en su umbral, con lo que queremos decir que aquello que habita en la exterioridad, en el final de la escritura, no solo el elemento que la justifica, sino también aquello que la hace posible.


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Gerardo Muñoz.
Septiembre de 2011
Gainesville, FL.

2 comments:

juan felipe hernandez said...

estas muy palabrero el mio

Gerardo Muñoz said...

es que el tema es imposible de ser pensado de otra forma. Si no seria banal, hablarlo, quiero decir, sin esa discursibilidad, amen de lo imperfecto.
G