Tuesday, September 6, 2011

La materia León Rozitchner


Un correo electrónico de un amigo me avisa durante la mañana de domingo 4 de Septiembre, que el filósofo León Rozitchner (1924-2011) habría fallecido luego de un largo período de tratamiento intensivo que recibía en un hospital de Buenos Aires en constante batalla con la muerte. ¿Puede acaso pensarse un tema más importante en el corpus de Rozitchner que ese que trata de la batalla perpetua entre el cuerpo, como afirmación de la vida, contra las fuerzas del terror que producen la muerte? Cuando un pensador es de tal magnitud muere, generador de todo un aparato conceptual, nos encontramos en el momento en que su obra deviene en símbolo que se abre hacia el futuro. No hay que conocer a personas para entablar con ellos profundos lazos afectivos que pasan por el pensamiento y la pasión del lenguaje. Éste, sin dudas, es también un pensamiento que ocupa un lugar céntrico en la obra de León Rozitchner, en los nudos de sus formulaciones de pensar el cuerpo en conjunto con las ideas, en ese trabajo suyo que intentó definir eso que Hannah Arendt llamó la vida de la mente. Evocar, por otra parte, la muerte de Rozitchner, es quizás el momento para establecer un diálogo profundo con su obra que se ocupó durante décadas, obstinadamente dirían algunos, de la relaciones entre muerte, poder, terror, y el cuerpo afectivo de una sociedad posible.

Con Persona y comunidad su tesis doctoral, luego publicada en libro a comienzos del 60 donde exploraba las fenomenológica afectiva en el sistema filosófico de Max Scheler, León Rozitchner comienza una aventura filosófica que pareciera tomar la forma de una arqueología del saber, como quien escarba sobre el presente para penetrar diacrónicamente las concavidades de su pasado. Así, su último libro La cosa y la cruz: sobre las Confesiones de San Agustín, llevaba sus investigaciones del presente a los límites históricos de la civilización misma, vinculadas con la esfera teológica como lugar de enunciación del capitalismo moderno. De Scheler a San Agustín, el pensamiento de Rozitchner cobra un sentido doble, o dialéctico en tanto el método de su investigación: por una parte, pensar el complejo problema de la subjetivización en relación con el poder, y por otra, los momentos en que el terror, la guerra, y la política, esto es, la praxis, han podido desligar la potencia del cuerpo de su plano material y afectivo, volviéndolo algo así como un ser productivo y alienado del espacio mayor del conjunto total de la comunidad.

En libros como Moral burguesa y revolución, dedicado a estudiar los invasores de Playa Girón, cuyos fragmentos fueron insertados en el filme Memorias del Subdesarrollo de Tomas Gutiérrez Alea, León Rozitchner, pone en relieve lo que sería, desde aquel principio, el centro de su pensamiento la carencia moral como efecto del capitalismo (algo así como lo que hace Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, en torno a los límites de la Justicia): ¿cómo entender el abismo entre el sujeto aislado en relación con su lugar en la comunidad? ¿Cómo pensar ese espacio que divide ilusoriamente el cuerpo individual de una totalidad afectiva constitutiva de la comunidad? Esta crítica atravesó algunas de sus colaboraciones en la revista Contorno, y tuvo un polémico intersticio con el ensayo “La izquierda sin sujeto”, publicado como respuesta a la izquierda peronista, en la revista cubana Pensamiento Crítico en 1968. Podríamos decir que, como Gilles Deleuze, Michel Foucault, Ernst Kantorowicz, o Baruj Spinoza, el objeto de estudio que atraviesa todo el pensamiento de Rozitchner es el cuerpo en todas sus manifestaciones, ya sean políticas o amorosas, teológicos, o comunitarios. El cuerpo en Rozitchner es el plano de inmanencia donde encontramos la operación del poder, a la vez que ofrece las posibilidades de un cambio inerte, de reconstitución orgánica entre lo singular y lo general. Su modelo, aunque no es el de la biopolítica moderna, ofrece uno de los más sólidos pensamientos para acercarnos a la pobreza crítica que intente pensar el espacio de la política con la figura del cuerpo.

Durante estos meses he venido leyendo a León Rozitchner, con el fin de escribir un ensayo sobre su concepción de guerra y terror en un contexto global de guerras mediadas por discursos, tanto en la izquierda como en la derecha, que esconde la materialidad del cuerpo, y que no logran capturar todo el significado conceptual de la guerra. Lo que hoy se manipula bajo el lema de la “guerra contra el terrorismo”, bajo la luz de León Rozitchner, no es más que el desprendimiento, un modo terrorista de enunciación, contra la subjetividad misma que abre un campo a una guerra civil no determinada. Contra los errados argumentos de “enfrentamientos de culturas” o “fin de la ideología”, la guerra en el pensamiento de Rozitchner opera como mecanismo para desubicar el lugar de la violencia interiorizada en el proceso de subjetivización, como otro nombre que llama al propio mecanismo de la política ausente de un cuerpo. Con una lectura bicéfala, poniendo juntos a Freud y a Clausewitz en Perón: entre la sangre y el tiempo, Rozitchner establece la lógica de una política en tanto guerra, aun cuando está primera logra neutralizar con eufemismos la suspensión de aquello que enfrenta. De este modo, Rozitchner dibujaba su maquinaria conceptual:

"En Clausewitz, teórico de la guerra, vamos a verificar la presencia, aun implícita pero vigente, de los límites de todo enfrentamiento que expresaron luego teóricamente tanto Marx como Freud. Vamos a tratar de comprender que la guerra, pese a ser el más radial, material, y colectivo de los deseos está, pese a todo, también ella determinada por lo ilusorio y lo imaginario, y que la guerra es el momento de una critica irrevocable y feroz, porque en ella se comprueba el rigor del poder y de la teoría, y la verdad material encuentra su verificación en el extremo límite de la muerte colectiva que da o niega la razón". (Perón V.I: Del duelo a la política, p.78).

No es casualidad que hoy, mientras se nos dice que vivimos en un mundo post-político, atravesado por el umbral ideológico, luego de la verdadera “guerra” (la Guerra Fría), es que las guerras y las exclusiones contra la multiplicidad de los cuerpos – solo tendríamos que observar el fenómeno de la proliferación de muros en la fronteras soberanas – inicia una guerra a escala global que descentra la práctica de una política real, de una posible subjetivización, y de un proyecto de emancipación, como diría el propio Rozitchner.

La travesía intelectual de León Rozitchner va de la mano de dos acompañantes que son Marx y Freud. Si la Escuela de Fráncfort introduce a Freud en Marx, en Rozitchner es visible una operación opuesta, esto es, la introducción de Marx en Freud.

¿Qué importancia tiene esto, y cual seria su consecuencia más inmediata en el pensamiento? Significa, entre otras cosas, que Rozitchner parte desde la subjetivización para luego establecer al sujeto en el plano de la dialéctica, en la praxis histórica. De ahí que sus libros Freud y el individualismo burgués o Freud y el problema del poder, exponen el problema dentro del marco psicoanalítico, y localiza es espacio conceptual dentro del horizonte del marxismo. Figuras del pensamiento contemporáneo como Slavoj Zizek, Alain Badiou, o Ernesto Laclau, serían equiparables, metodológicamente, con la labor crítica que Rozitchner ha venido llevando a cabo desde finales de los cincuenta que, de en más de alguna forma, adelantan la labor crítica de estos últimos.

Una trayectoria que formula una línea recta, que mantiene un mismo objeto de estudio, que abre espacios y pregunta acerca de un mismo problema sin abandonar su misterio: todo esto ha sido la tarea de Rozitchner, a la manera de una recta que no se detiene a nuevas modas del pensamiento, a fatalismos políticos, o a resignaciones que apuestan al desencanto por el fracaso histórico y fáctico del pasado.

Rozitchner, en palabras de Alain Badiou, sería el filosofo par excellence de la fidelidad en tanto una idea que perseguido, a través de distintos ángulos y preguntas, por más de cuatro décadas. La fidelidad se manifiesta de una manera heterogénea, y compone la matriz misma de su actividad intelectual. La fidelidad a Marx, Freud, y Clausewitz, como compañeros de viaje en sus investigaciones son parte de este acto fidedigno; pero así también su cercanía a la vieja idea de un radicalismo emancipador que a su vez sostenga a la subjetividad contra las nuevas formas de la globalización o las soberanías. Como pueden ilustrar su libro Las Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia, impetuosa polémica contra la izquierda argentina durante su exilio en México, o su ensayo “A cuarenta años del hombre nuevo en Cuba”, donde reivindica la excepcionalidad cubana en tanto creación de un tipo de subjetividad que ni la unión soviética ni China lograron metamorfosear en sus proyectos comunistas; el pensamiento de Rozitchner desprende una generosidad que no tiene vínculos con el exterior y sus cuartadas políticas. Errado o no, la fidelidad de Rozitchner es una apuesta a un pensamiento que no tiene quiebres por las tretas del “historicismo”,  ya que da cuenta que el único centro de toda pasión por la Idea es el sujeto, zona cero en la exploración de los afectos.

Desde que comencé a estudiar a Rozitchner como materia del pensamiento, me extrañó el hecho de su ausencia en los debates filosóficos fuera de la Argentina, más aun cuando sus investigaciones tienen un corte similar a las de pensadores de la teoría crítica que hoy se traducen y se leen con gran velocidad en el mundo académico norteamericano. No generalizaríamos diciendo que son contados aquellos que han escuchado su nombre, y menos aun aquellos que han leído al menos uno de sus libros. De sus más de diez libros, ni uno ha sido traducido al inglés. Solo un fragmento de su libro sobre San Agustín, La cosa y la cruz, ha sido traducido para un dossier en la revista Polygraph que se edita en la Duke University. Es lamentable que solo ahora con su muerte, con la desaparición física de su cuerpo, es que ese otro cuerpo, el de sus obras, pueda constituir algo así como uno de los centros de fuerza del pensamiento del pasado siglo que aun, como fantasma, matiza los debates de la teoría política contemporánea.

Si toda actividad filosófica, como advertía Montaigne, es una simple preparación para la muerte, entonces podríamos decir que en Rozitchner esta preparación logra un hábito que encarna la propia materialidad de toda una vida, un complejo ejercicio que es la vida del pensamiento que no se logra desligar de la vida afectiva y orgánica del cuerpo. Menos que un nombre propio, León Rozitchner es hoy ya una materia abierta al estudio, a los debates, y a los enamoramientos.

_______
Gerardo Muñoz
Septiembre de 2011
Gainesville, FL.

No comments: