Saturday, September 17, 2011

Una nota sobre los finales

I.

El comienzo del relato es uno de los enigmas centrales de la escritura. Tal es así que, al describir su imposibilidad frente a la página en blanco, Stephane Mallarme decía que solo allí es cuando el escritor entre en un duelo contra el terror, contra su propia forma de desaparición. Esa falta, más bien, una distancia entre el acto de la escritura y el papel, ha sido un espacio, cuya sombra no ha logrado pensarse del todo sin faltas mitologías (la de los sueños una de ella).

Es como si ese momento, el inicio de la potencia de la escritura como iniciación, no del todo ajena a las pulsiones del cuerpo, se le escapara a los sentidos, al aparato crítico del intento hermenéutico. ¿Cómo concibe un escritor el misterio del comienzo? El crítico y ensayista argentino Juan José Sebreli se ha referido a este momento como acto teatral para si definir a dos tipos de escritores. Aquellos que saben entrar correctamente al relato, y aquellos que pueden narrar pero les falta la elegancia, que han entrado a destiempo en la escritura. Escribir es, en todo caso, un arte de saber entrar, es decir, de una gestualidad que no se note.

II.
Hay otro tipo de escritura, sin embargo, que no se preocupa de los comienzos, sino de los finales, como si la último aliento de la prosa, fuese el momento que hace posible y justifica el sentido total del discurso literario y de la trama. Fue quizás Kafka quien mejor comprendió la dialéctica entre el comienzo y el final de un relato como momento en donde el espacio del afuera, al decir de Maurice Blanchot, entraba en escena desde la posición del lector. El famoso fragmento “Ante la Ley”, no trata en lo más mínimo en la manera en que el hombre del campo no pueda entrar a la “oficina” de la Ley, sino que la Ley ya lo contiene en su exterioridad. El soberano desmarca el espacio constituido de su propia excepcionalidad. Kafka innovó, de esta forma, la idea de que el comienzo pasa siempre por una posición frontal en tanto texto, ya que éste es de alguna forma también su clausura, su momento terminal.

De esta manera, todo relato comienza una vez que ha llegado a su final. Solo así comprenderíamos el párrafo más enigmático del ensayo “El Narrador”, donde Walter Benjamin, citando a Moritz Heimann, escribe: “Un hombre que muere a los treinta y cinco años de su vida, es en cada punto de su vida, un hombre que muere a los treinta y cinco años”. Esa frase – aclara Benjamin – que no tiene ningún sentido en res, en la lógica temporal de los fenómenos, cobra todos sus matices en relación con la memoria del lector, una vez que se convierte en agente del espacio narrativo.

III.

W.G. Sebald describe la llegada de K en El Castillo como una vasta patria de la muerte, o al menos donde solo la muerte implica el dejar a través de la vida en un vasto desierto total de lo real sin mediaciones. Pero si la muerte es concebida como un espacio, como un territorio atravesado por la esfera de la ley y sus burócratas, en Kafka el “final” del relato siempre exige un paso más, como si el lenguaje sobreviviese a la muerte misma del espacio narrativo – y por extensión del relato – estuviese marcado por los remanentes mesiánicos de su haber-pasado-ya.

Pocos ejemplos mejores que el final del relato “El Juicio”, donde una vez que Bendemann se ha arrojado al vacío del puente hacia un río, el narrador da un paso más:

“En ese momento una fuerte corriente de tráfico cruzaba el puente”.

Si en Arnaut Daniel, el acto poético es definido como un combate entre aquel que caza la liebre y que nada contra la corriente; la escritura en Kafka es la marca perdurable de un remanente una vez que ha concluido el relato. Como si cada narración estuviese avisada por esa llegada del Mesías que, como había visto Kafka antes que Benjamin, llegará solo en el momento después del último día.

IV.

Lo que se anuncia en el final de los relatos de Kafka, es una nueva lógica para entender la entrada al mismo, como habíamos dicho al comienzo. Puesto que la cuestión en Kafka, no es cómo entrar al relato, sino cómo salir una vez que estamos en su exterior, en ese ya-final.

¿Hay realmente una efugio? ¿O nos encontramos en una persecución dentro de una de esas topologías de Moebius? En una de sus cartas a Max Brod de 1912, una vez terminado aquel relato, Kafka apuntaba: “mientras la escribía [“El Juicio”], tenía en mente una violenta eyaculación”. Al margen de las lecturas psicoanalíticas del conflicto del Edipo, hay que entender con toda la fueraza poética que se merece esta confesión: si la escritura es una violenta eyaculación, la creación literaria es algo así como el germen de una vida devenida eterna, palpable que se da luego de su muerte, en el abismo de su caída. Lo que presenciamos en “El Juicio” no es la muerte de Bendemann, sino el nacimientote una posible exterioridad del relato como fantasma de lector (no es casualidad que el doble en el relato, es un amigo lector, exiliado en Rusia).

V.

En su importante ensayo “El fin del poema”, Giorgio Agamben nos sitúa entre la disparidad existente entre la poesía y la prosa. La primera se caracteriza, según el filósofo, con dos elementos que crean un abismo en tanto el sentido: el encabalgamiento, y la caída de cada uno de los versos. Lo que define el poema es, entonces, su final en tanto la ruptura entre sentido y sonido. De Kafka pudiéramos algo análogo: el fin de sus relatos vacilan entre el vacío de una trama que ha encontrado su final, y el ímpetu de su huella que toma la forma potencial de una postilla.

VI.

Esta postilla, como plus ultra del fin del relato, es aquello que marca el inicio del acontecimiento revolucionario.


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Gerardo Muñoz
Septiembre de 2011
Gainesville, FL.

3 comments:

juan felipe hernandez said...

bien bien sigue asi

Gerardo Muñoz said...

como asi? asi post-mortem? Saluditos,G

Anonymous said...

excelente observacion