Monday, October 31, 2011

Ejercicio de microbiografía

Están aquellos que escritores que además de escribir, practican el arte de la fuga, la fina entrega de la desaparición, y en muchos casos, de los silencios. Eso que Enrique Vila Matas ha vaticinado como la patología del Dr. Pasavento, son precisamente aquellos, como un Robert Walser sin rumbo entre la fría nieve que depara una fotografía de invierno, los que hacen de la escritura un lugar de la intimidad, un esbozo del frío cristal donde la escritura entra en el ceno de la vida. 

Un escritor busca la perdición solo en la medida que sobresale en la escritura, y que pone en cuestión su cuerpo como moneda de cambio por ese otro cuerpo de relata los restos que van quedando de su escritura. Así, el escritor que desaparece es solo eso: huella de una voz, última sombra que se ve pasar sobre una esquina de la ciudad. 

Esta aun por escribirse la historia de los perdidos de la literatura cubana. Un Lezama que pierde un avión para Gainesville y que le escribe a su amigo JRJ sobre la cercanía de Coral Gables (desde ese momento pensaba allá en términos de “La triangulación de Matanzas”). Un Calvert Casey que regresa a Cuba, en plena euforia revolucionaria, como quien se exilia bajo la piel del horror del trópico, y quien rápidamente encuentra ese otro exilio mortal en un antiguo imperio (según Fausto Canel, antes de volver a Roma y suicidarse, había pasado por Francia con el fin de despedirse de sus amigos cubanos). La última vez que vieron al poeta de la generación de El Puente: José Mario agonizando en una pieza de Iberia. El pintor Ángel Acosta León quien, tras una exhibición en Bruselas que lo ha consagrado a nivel continental, no puede llegar a Cuba. ¿Se habrá arrojado de la fragata? ¿A dónde fue Ángel?

En estas biografías están las huellas de quienes quisieron perderse, a la manera de Kafka, en el umbral que personifica la escritura, en los últimos signos que despeja el devenir de una vida. 

A este catalogo le faltaría, sin embargo, la figura de Ena Lucia Portela, a quien hemos venido leyendo, y escuchando en efímeros rincones de sus libros. Desconocemos su “verdadera voz”, y desde donde escribe. Es raro pensarla desde una azotea de La Habana, o caminando por el Malecón, ya que su mundo pareciera intercalar los nebulosos contornos de la Rebecca de Daphne du Maurier, o los espacios clandestinos de Sigizmund Krzhizhanovsky. De ahí que sus títulos sean fulgurosas postas trinitarias: El Pájaro, el pincel, y la tinta china. U otro: El viejo, el asesino, y yo. Esa unidad trinitaria, es un lugar de cierre, una triangulación fatal, quizás no es otra cosa que la propia resignación de quien ha decidido desaparecer. 

De las últimas veces que hemos tenido noticia de Ena Lucia Portela, ha sido un breve bosquejo autobiográfico que, por ser breve, citaremos en su totalidad:

“Los datos acerca de mis libros, premios, traducciones, etcétera, se encuentran dispersos en Internet. Pero lo más interesante, para mí, no es lo publicado, si no el work in progress: La última pasajera, novela en la que he invertido varios años -y sigo-, escribiendo en circunstancias particularmente difíciles acá en Cuba. Me motiva lo oscuro de nuestra condición humana pero también lo ridículo. Quiero estremecer, pero también divertir. Me importa muchísimo, como escritora y como ciudadana, el desvalimiento del individuo bajo un régimen totalitario donde la libre expresión está criminalizada. Soy una criminal. Encima, leo con avidez a otros que antaño fueron criminales allá en Europa del Este. Y en noches angustiosas invoco al fantasma de Bulgakov y a sus diablejos”.

Tinieblas, criminalización, totalitarismo, fantasma: son todas figuras de una misma sombra: quien logra desaparecer lo hace mediante la escritura. 

Evocando a sus homólogos durante el más oscuro estalinismo, la escritura de Ena Lucia Portela es un gesto de hacer visible el momento en que el desaparecido – y de esto ha escrito ya brillantemente el poeta Néstor Díaz de Villegas – consigue poner su voz como acto de “parrhesia” que, según los cínicos, atenta contra la propia armadura del poder. Pero, ante el coraje de decir la verdad, Ena Lucia Portela antepone las sombras de una vida solo inteligible a través de la escritura, de una voz obstruida por los fantasmas. 

En un reciente artículo sobre la necesidad de las biografías, José Prats Sariol incitaba a volver sobre el arte de las biografías en las letras latinoamericas. Pero, ¿cómo escribir las vidas de aquellos escritores que buscan o que su historia le ha deparado la desaparición, esas “noches angustiosas” fantasmagorías? Los territorios de la bio-política moderna intentan capturar la vida en su momento de definición tautológica, en serie, al punto de reducirla al álgebra. 

El acto de escritura, en cambio, no es el desciframiento de tal embestida contra los modos en que se construye la vida, sino la forma por la cual la vida desaparece, o consigue el camuflaje de tintes incorpóreos. La escritura de Ena Lucia Portela es la potencia de hablar sobre la vida en el momento en que ésta ha entrado en el espacio de su indeterminación, de su inaparente repliegue.


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Gerardo Muñoz
Noviembre de 2011
Gainesville, FL.

4 comments:

Anonymous said...

de veras que echabamos de menos posts asi.

juan felipe hernandez said...

mira que bonito, como lo extranan

Manuel Sosa said...

Bueno, thanks for this one.

Ena Lucía, un misterio pendiente.

Gerardo Muñoz said...

Saludos Sosa.

G