Friday, October 28, 2011

Ética de la literatura y crisis de lectura


La crisis de las humanidades en la academia norteamericana ya no es simple conjetura comprobable a largo plazo, sino una realidad visible que ha puesto sobre el debate intelectual el problema mismo de su legitimidad y de su praxis. Durante los últimos dos o tres años, quienes hemos sido parte de algún departamento en los Estados Unidos, hemos atestiguado los recortes presupuestarios, la desaparición de programas de estudios posgraduados, el despido de profesores (substituidos por la contratación de profesores temporales, o “adjunto”, como se les conoce), como parte de las medidas de austeridad en tanto la crisis económica.

Contra una sociedad cuyas necesidades íntegramente hacia ciertos fines concretos y lucrativos, la pregunta sobre el futuro de las humanidades es hoy tan precaria como el destino mismo de la democracia. Bifo, el importante filósofo de la Autonomía Italiana, en su reciente libro After the Future pregunta, justamente sobre qué pasa cuando la política pierde vista el horizonte ulterior, o sea, cuando la noción misma del progreso que ha articulado las distintas tradiciones políticas de Occidente desde los comienzos del siglo dieciocho, ingresan en la crisis de su inseguridad. 

Si la precariedad y la incertidumbre son hoy dos de los signos que gobiernan la situación de lo común, y que invade la esfera académica, cabe hoy preguntarse una vieja cuestión que solo antes se hacían los detractores o adversarios quienes estudiaban filosofía y letras: ¿Qué propósito tiene estudiar las humanidades en una sociedad cuyo derrotero cultural va desapareciendo a favor de una tecnocracia de los debates públicos y de los imaginarios? Gracias a colega y amigo Dragan Kujundzic tuve la oportunidad de sostener un diálogo sosegado con el legendario crítico norteamericano J.Hillis Miller, quien ha estado vinculado, por más de medio siglo, a instituciones académicas norteamericanas como John Hopkins, Yale, y la University of California (Irvine), y que aun como profesor retirado sigue supervisando tesis doctorales de docenas de estudiantes de literatura y filosofía. Ha sido Miller, en efecto, quien ha puesto énfasis en la necesidad de leer y enseñar literatura.

De hecho, para Miller, hoy quizás más que ningún otro momento de la historia contemporánea, la literatura pudiera estrechar sus vínculos con la realidad y con las formas de participación en la esfera de lo social. La crisis actual, comparada con aquella otra crisis de la década del treinta, no logra orientar un horizonte político, ni un ápice de promesa por lo que viene (cualquiera que sea su forma o sus “tintes”). De ahí que la literatura, en tanto la imaginación pública entre lectores y libros, sean una armadura en potencia contra la indiferencia de lo que significa el cuidado de la vida en comunidad. 

Al igual que en la política, y en muchas de las profesiones tradicionales, para no decir “artesanales”, la figura central de la enseñanza, que ha sido el profesor, ha visto una declinación durante estos años. Inmersos en una sociedad sin “líderes” – es decir, donde cada uno somos nuestros propios líderes de una desatada subjetividad narcisista – la tecnocracia impera sobre las formas entre estudiante y profesor, creando de esta forma novísimas formas de la alineación que ni el propio marxismo pudo haber concebido en sus primeras cticas al capitalismo decimonónico. 
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En lugar del profesor está el experto, el tecnócrata, el “especialista”, como bien estudia Louis Mennand en su más reciente libro, Mercado de Ideas, sobre la inversión de la educación en la esfera del comercio y de los negocios. Dejando atrás a la figura del profesor ignorante, abierto a la especulacion y a los riegos que impone el pensamiento que refiere y estudia Jacques Ranciere en su trabajo sobre la pedagogía, tenemos una regresión a las formas prehistóricas del sujeto frente a la pantalla, en un silencio que, en muy poco, difiere de los silencios de los tiempos primordiales del hombre en la selva. La sigla del PC sugiere también el sujeto como “persona callada”, lugar del vaciamiento del diálogo, de toda posibilidad de articulación de la voz. 

Aunque su charla del día anterior trató sobre el oscuro acontecimiento del campo de concentración y la ética de la literatura, J.Hillis Miller ha impartido en varios lugares una ponencia titulada “Why Read Literature Now?” que indaga justamente sobre la dimensión ética para el presente, a modo de esclarecer esa turbia condición de la palabra enardecida. 

¿De que manera puede la literatura hablarle al presente? Sin duda, una pregunta foucauldiana que pasa por la afirmación de una verdad, en tanto el coraje de aquellos que pueden hablar en el momento en que su confesión es totalmente inútil salvo en el proceso de su enunciación. Miller apuesta por estudio de la literatura que tenga presente no solo el contexto cultural en el cual se produce, transmite, y se codifica un mensaje o un relato ficticio, sino también las tradiciones por las cuales se inscriben los textos literarios. De las tantas cosas conmovedoras que me dice Miller, con sus tirantes e inclinado en la mesa de desayuno, es aquella idea de qué el estudioso de la literatura tiene no solo que teorizar sobre lo contemporáneo, sino también leer los clásicos, profundizar su sabiduría en el pensamiento de los antiguos. Es nuestra tarea superponer todas las posibles tradiciones.

Es decir, poner en una misma escala a Adorno y Derrida, que a Virgilio, Tennyson, y Melville. “Moby Dick, quizás tenga más cosas interesantes para decirnos que muchos de los libros que se escriben sobre la teoría queer o los estudios culturales”. Una ética de la lectura, y por extensión de la literatura, implicaría, entonces, recoger en todas las dimensiones posibles, aquellos signos que inviten a construir una ciudadanía sobre los restos fúnebres que acompañan a las sociedades democráticas contemporáneas. Para Miller, no puede haber una salida de la crisis actual de la política imperial, sin antes una salida de la crisis de la lectura, de los modos en que el sujeto se mantiene separado de la letra o del texto. 

¿Es posible concebir una ética en medio de la era del PC, y del Facebook? Reticente a la diseminación de las nuevas tecnologías, sin dudas debido a su edad que dentro de muy pronto resumirá la extensión de todo un siglo, Miller encuentra en las tecnologías la misma velocidad que los futuristas habrían encontrado en la mecanización de los automóviles y los aeroplanos. Salvo que ya no se trata de una mediación sobre la geografía y el espacio, sino una mediación que nos recorre a nosotros mismos como sujetos abiertos a los conocimientos. Los flujos de información, dentro de una lógica de imposible retención, alejan imparablemente a cualquier lector de la reflexión sobre los signos.

“No hay duda que aquellos muchachos que se pasan cinco, seis, o siete horas frente al ordenador, no están leyendo a Shakespeare” – me advierte Miller en algún momento de nuestro diálogo. Es en este sentido que Miller sigue siendo un tradicionalista, a la manera de Bloom, y de otros críticos que conciben la Internet, como el espacio de la deterioración de los conocimientos, y no de su edificación.

La literatura, en cambio, se encarga de otra función radicalmente distinta de lo que puede hacer los medios de difusión masiva. La literatura expone, a través de un tiempo real (muchas veces más real que la realidad que nos depara leer su representación), las contradicciones de la vida humana, y que no ofrece clausuras entre personas o acontecimientos. La literatura es el espacio en donde el lector participa de un amplio teatro de afectos y en donde la formas de vidas no pueden estar separadas de su dimensión imaginaria colectiva, como bien afirmaba Georg Lukács en defensa de Thomas Mann sobre Kafka.

Conversar con J.Hillis Miller es a su vez un largo y sosegado ejercicio de la memoria crítica que pasa de la historia de sus antepasados durante la Revolución de Independencia Norteamericana a su relación con su padre, rector de la University of Florida y encargado alguna vez del sistema de Educación Pública del Estado de Nueva York, así como sus amistades con Derrida, Paul De Man, Harold Bloom, Spivak, Jacques Lacan, y otros muchos pensadores de la última oleada francesa. No hay en el tono de Miller ninguna condescendencia hacia aquellos pensadores que pulcramente son tratados como beatos en muchos de los departamentos de estudios culturales de Estados Unidos. Y es que la labor de un crítico como Miller ya no busca encontrar lugar en la legitimación de las teorías o las escuelas del pensamiento, sino en el apoyo de una crítica que logre situarse a distancia de lo que tiene más cercano y una proximidad en aquello que encuentra lejano. La ética de la lectura, frente a los modos de encarar la literatura en nuestros tiempos, pasa por esos modos en donde el lector se vuelve en sí mismo un creador en tiempo real, productor de nuevos imaginarios y discursos culturales y literarios. 


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Gerardo Muñoz
Noviembre, 2011
Gainesville, FL.

2 comments:

Patricia Miranda said...

muy interesante esta cronica! yo pasando a dejar buenos deseos para el 2012 y recogiendo tus semillas que germinan en mi pensamiento. Gracias a ti y un abrazo! mas literatura y mas de tu blog!

Gerardo Muñoz said...

Patricia, lo mejor para ti y los tuyos en este 2012. Un abrazo fuerte. G