Wednesday, November 30, 2011

Piglia mira su mano


El escritor que posa y piensa, ¿dónde pone la mirada, hacia dónde la dirige? Posa y piensa, posa que piensa. La mirada la dirige entonces por lo común hacia el horizonte, a un punto algo distante y algo elevado, porque supone que pensar es ir más allá, que el que piensa va más allá. Mira a lo lejos, al lugar de las trascendencias, al lugar que los otros no ven ni verán si no lo leen. 

Es lo mismo, aunque no parezca, si prefiere bajar la mirada, toda vez que no lo hace para mirar el suelo, sino otra cosa muy distinta: lo hace para mirar lo profundo. Posa que piensa, indaga en honduras, sumerge la vista para desentrañar verdades subyacentes. Sus ojos en apariencia cavilosos procuran otro más allá, el de la pesadumbre por inmersión.

Piglia, en cambio, ¿qué es lo que mira? Mirado por Cortés Rocca, retratado por Cortés Rocca, ¿dónde pone la mirada? La verdad de esta imagen es la verdad de su gesto: lo contrario de la pose. El gesto es auténtico por automático, no tiene cálculo, no lo precisa. Piglia mira lo que tiene más a mano. Y de un modo literal: mira su mano. La extiende con distracción, abre los dedos. No es que la esté revisando a conciencia (no es solipsista) ni que se esté fijando en algún detalle determinado (no es un maniático); deja suelta la mirada ahí, justamente porque está pensando.

Las poses del pensar (alguna clase de entendimiento posible entre un puño y un mentón, alguna cosa que el dedo índice viene a decir tocando la sien) exigen que se piense en la pose: calcularla y ejecutarla; no dejan pensar en otra cosa. Piglia por su parte habla, mueve la mano, la ve, la mira, no se hunde, no trasciende, piensa de verdad. Esa verdad es la verdad de esta foto, y también la de la literatura de Piglia, donde nada existe sin haber sido muy bien pensado.


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Martin Kohan
*Publicado originalmente en la editorial Eterna Cadencia.
Buenos Aires, AR.

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