Wednesday, November 30, 2011

Vincench: gramáticas de la disidencia



En los últimos años la palabra disidencia, y la acción seguida que la legitima, ha cobrado cierta importancia en los debates culturales y políticos de la contemporaneidad. Para bien o para mal, disentir es hoy un modo de articular una realidad, de hacer legible las coordenadas en un contexto de cierta realidad política. Ya sea la China contemporáneas con sus periodistas independientes, la Cuba con sus bloggers, alguna pancarta de la manifestaciones estudiantiles en Chile, o algún título de un libro del pensador neo-marxista Jacques Ranciere (cuyo objeto de trabajo ha configurado, justamente los modos en que es posible articular la visibilidad del disenso y el antagonismo político), en nuestro presente seguramente se disiente menos que las veces en que se expone y se hacer circular su acto lingüístico. Esto viene a confirmar lo lejos que estamos de esa comunión total de la política sin conflicto, de la inclusión de una vida global para todos. 

Dialogando con este paradigma lingüístico – tomando del presente uno de sus “síntomas culturales”, como solo pueden hacer los artistas – la reciente exhibición del artista cubano José Ángel Vincench, Vincench vs. Vincench: A Disident Dialog from Cuba es, antes que nada, y como bien explicita el título, establece un diálogo interno, una interpelación sujetiva entre el compromiso del artista y su determinación social, el entorno que marca el espacio histórico de su producción.

Es solo en este sentido que las obras recientes de Vincench navegan con los huellas del Trópico y con los signos de Cuba. Instalar el tema de la disidencia desde el espacio “cubano”  - espacio múltiple si entendemos que esta exhibición tuvo lugar en la Galería Virginia Miller de Miami, está hecha por cubano que reside en la isla, y que fue vista por una audiencia mayormente exiliada – parecería adentrarse en los fueros del dispositivo ideológico cubano, cruzando del tono de la división de lo sensible, para seguir con Ranciere, y entrando en los matices de alguna radio mayamense. Sin embargo, el primer logro de una exhibición como la de Vincench recae en el hecho de pasar por altos las dicotomías que aun conforman el parte aguas de la comunicabilidad tanto de la política como del arte cubano. Comunicabilidad que ha maltratado, y en buena medida ha llevado al saqueo, la ética misma del habla y de la responsabilidad que contrae poner en circulación una palabra como “disidencia”.


La creación artística, y mucho menos el arte contemporáneo, no es el espacio para entrar en querellas con las simplificaciones y los ademanes políticos, sino el espacio en donde se rearticulan visiones, se amplían ciertos horizontes de la política actual, y en los mejores casos, se hilvanan preguntas (más que respuestas). Si Vincench ha logrado estas estelas no es solo por una obra de méritos, obra que ha venido desarrollando con solidez en diálogo con la tradición plástica de la Generación del 80 y con ciertas vertientes del conceptualismo de los setenta (notables aquí son los trasfondos del conceptualismo soviético, en su fase metalingüística), sino porque pone en el centro de su elaboración estética la tensión misma entre los límites, siempre próximo y distantes, entre palabra e imagen, localidad y globalización, símbolos y la eticidad que implica sus formas de uso colectivo. La serie Disidente (2009-2010), por dar constancia del ejemplo más visible, recoge unos 14 acrílicos con la palabra disidente en varias de lenguas, repetidas en distintos colores, y colocándose en una tradición más cercana al diseño que a la pintura, a lo largo de los lienzos.

En otra serie Cuba y la noche (2011), de menor escala pero de alrededor de casi cien cuadros, Vincench se lanza a la aventura lingüística de la diferencia cultural que se organiza en tanto a una diferencia cromática; una duplicación espacial sobre el espacio de la galería. Ambas piezas son, en buena medida, la investigación pictórica sobre una palabra con una intensidad que iguala los trabajos de On Kawara y Joan Brossa, Roberto Jacoby o Jaspers Johns. 

La repetición, elemento poco aludido en la obra de Vincench es lo que identifica y da cohesión a la linguistificación de su obra, y al sometimiento global que su esta logra instalar a partir de su especificidad temática de lo “cubano”. La repetición logra estructurar este sentido global en tanto se repiten el sentido de la palabra en otra lengua, y logra así trazar una diferencia en colores, espacios, y tonalidades. En todos los cuadros de la muestra, la tipografía del disenso logra matizar un compleja relación entre superficie y color, logrando una forma interesante de traslucidez y texturas múltiples. Rompiendo contra los cánones de un grafismo unidimensional o totalizante, como sin duda pueden ser algunos de los legados del diseño grafico cubano setentista, Vincench consigue la linguistificacion del disenso a través de una repetición que se somete a las interrogantes generadas por la cultura y las lenguas, sin temor al menosprecio o la paradoja. De posiciones en desencuentro y la totalidad, Boris Groys ha observado que: “en cada una de las posiciones se representa un lado distinto y privado de ciertos intereses... la paradoja, a diferencia de los compromisos, siempre da como indispensable las dos posiciones, ya que es la única forma de mantener una cierta unidad” (Das kommunistsche postskriptum). 

Si la paradoja, según Groys, se da a través de la linguistificación de lo social, lo que expone Vincench en su reciente serie trata de articular desde una exploración lingüística, el grado de diferencia y unidad, ambos en espacio y obra, de la singularidad semántica de una palabra. Es por eso que la obra de Vincench da la sensación de abrirse camino en la dimensión del diseño, pero en realidad es ininteligible sin su participación del disenso a escala global. Es por eso que podemos entender el disenso, desde Vincench, no solo como un acto puramente del compromiso político, sino también de la especulación artística, como diseño que implica toda vestimenta del disidente. De ahí que el disidente, al igual que la otras estrellas de Hollywood o los terroristas, los atletas o los ricos, necesiten un auto-diseño, una proclama, una mascara, y pero encima de todo un nombre, un orden de palabras que, en resumidas cuentas, es de lo que trata la obra de Vincench. 

La estrategia no es la de mostrar al disidente sin palabras – quien ya las tiene por su propia condición de serlo – sino exhibir uno de los modos en que se produce el disenso y la figura disidente. Ya sea Cuba o China, Estados Unidos o Bolivia, el acto de disentir pasa de su exclusión de lo social a su visibilidad, de su silenciamiento al poder del habla. 

En otro registro, aunque ya sabemos de la función paradojal de la obra de Vincench, una investigación sobre el disenso en tanto repetición es una manera de crear una estructura equivalencia de una palabra, extirparla del valor de cambio de un circuito cultural y exponerla en la totalidad del espacio. 

Disidencia es tanto un bloguero en un contexto de represión política como un delincuente en un barrio marginado de los Estados Unidos o el Reino Unido. Disidente no es aquel cuyo uso es instrumentalizado por los grandes medios hegemónicos que terminan alzándolo como una bandera en una guerras de posiciones construidas a partir de falsas dicotomías y asociaciones falaces (totalitarismo / democracia, por citar un lastre de la Guerra Fría), sino aquel que, al poner su cuerpo, también logra articular una condición que pasa por la lengua. La disidencia – sobretodo en un mundo desprovisto del antagonismo político y la participación ciudadana – es ya de orden global y de características heterogéneas. 


Pero los signos lingüísticos de Vincench, contra esos juegos del habla de los que “ejemplificaba” la última etapa de Wittgenstein, corren también bajo el subsuelo de más de un tipo de materialidad, sea ésta conceptual o simplemente formal. Es lo que leemos en la tercera pieza de la exhibición Exile/Destierro (2011), donde las dos palabras son sometidas a un material (la bolsa o el cartucho), a un referente (el gusano, los bultos del que regresa), y una parodia (¿gusano el que regresa? ¿Exilio que se compra?). 

Las letras “EXILIO”, representadas por “gusanos”, palabra polisémica que implica el nombre dado por los revolucionarios a los contrarrevolucionarios como también el nombre de las maletas que portan cualquier cubano que aterrizada a Cuba con mercancías, cuestiona también la fábrica imaginaria en donde se resemantizan los conceptos y las condiciones del (des)alojo contemporáneo. En cualquier caso, es claro notar que esta serie, a diferencia de las otras dos, es donde el problema cubano se acentúa un poco más y tiende a perder el horizontalismo de una articulación más global. 

Vincench vs. Vincench: A Disident Dialog from Cuba es un mid-career exhibition, que de entrada da muestra de la madurez de un artista cubano, conocedor de varias estrategias del arte contemporáneo y poseedor de una retórica visual propia, potencializadora de paradojas y desencuentros para el pensamiento. Dentro del estrecho cenáculo de artistas contemporáneos Vincench no solo cuenta con un nombre y de una “lengua”, sino ya también con una obra que anima una compleja discusión que se organiza menos por las respuestas políticamente correctas, sino por esas otras que se instalan como radiografías del presente y el futuro, y que no desatinan a la hora del encuentro, lanzar palabras a un espacio mismo de la disidencia.


Vincench vs. Vincench: A Disident Dialog from Cuba, de José Ángel Vincench, en ArtSpace/ Virginia Miller, 169 Madeira Avenue, Coral Gables, Hasta Febrero del 2012.


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Gerardo Muñoz
Diciembre de 2011
Gainesville, FL.
Fotos Cortesía de la Virginia Miller Gallery
*Originalmente escrito para la Revista Arte Al Día

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