Thursday, November 10, 2011

Chupi Chupi: una defensa estilística



Más que una canción, el polémico tema “Chupi Chupi” de Osmani García “La Voz”, está producido para ser visto. El videoclip, que en realidad dura alrededor de los siete minutos – demasiado largo para el género y para la televisión de Occidente que se nutre de los comerciales – "Chupi Chupi" encarna una especie de mundo alucinante entre Alicia en el país de las Maravillas y un folklórico tapizado de un Willy Wonka devenido latinoamericano. 

Quien recuerde, de hace algunos años el video “Candy Shop” del rapero FiftyCent, encontrará un parecido en tanto la correspondencia de doble sentidos, metonímicas corporales, y reductos de una plena fantasía sexual. Todo esto sería natural y provocaría poca atención si no fuese porque el video fue hecho en Cuba, país que desde hace medio siglo ha intentado construir una subjetividad con base en la productividad, despojando los bajos placeres o el ocio.

La moral guevarista ya no es solo signo de la crisis social de aquel proyecto revolucionario, sino el fundamento mismo de la esencia de la crisis. No es que el guevarismo “ha entrado en crisis”, sino que quizás no haya otra forma de considerar el guevarismo que dentro de una perpetuación de la crisis cultural cubana. Está aun por hacerse la genealogía cultural de la revolución en términos de la moral revolucionaria que, más allá de los que han argumentado algunos, trasciende los límites del heroísmo o sacrificio. 

De ahí que “Chupi Chupi”, como tema de reggaeton, no es que haya puesto en crisis al sistema, sino que como producto cultural explicita los síntomas de la cultura contemporánea cubana. O mejor: pone en relieve el estado de la cultura en una instantánea política donde se nos enseña el nuevo reducto de la “cultura del Estado” raulista.

Por citar otro ejemplo en la esfera del cine, pudiéramos decir que “Chupi Chupi” es para la música, la película Habanastation del joven director Ian Padrón es para el cine. Ambos productos culturales, se nos han sentado las bases y los matices para entendr las contradicciones de una nación cubana que, bajo la impronta de sus crisis de legitimidad política y pérdida de hegemonía cultural, se desplaza lentamente hacia un nuevo horizonte histórico (más cercano al diseño chino del capitalismo de Estado, que al capitalismo de empresas privadas). Solo en este sentido es que el llamado “raulismo” tiene alguna profundidad para el pensamiento político cubano actual: una forma a nivel político que tiene sus representaciones en el orden la cultura.

La moralizante eficacia de sus funcionarios revolucionarios, sin embargo, no han sabido hasta el momento cómo leer el cambio cultural, aun cuando ya son expertos en la nueva esfera de la economía. Esto seria el primer paso para explicar el porqué de la reciente censura, por parte de Ministro de Cultura Abel Prieto, contra el tema musical que fue votado por un público para los “Premios Lucas” (algo asi como los MTV en los Estados Unidos, o “Juventud” en México). Afincándose bajo el pretexto de los buenos modales, “Chupi Chupi” se ha leído en su estela metafórica y se ha perdido de vista su amplia innovación estilística en el campo de la cultura cubana.

La crisis estructural cubana ya ha llegado a esos límites. Es decir, ni los propios censores culturales saben muy bien como aplicar la vieja práctica de la “reapropiación” ideológica, salida que facilmente pudieran haber llevado a cabo (solo hay que leer la carta –respuesta de Osmani García).

Sin embargo, han preferido tacharla de inmoral, profana, machista, atentado contra la sensibilidad del buen cubano. La cultura cubana moderna, y arriesgaríamos a decir hasta la tradición “cultural revolucionaria”, ha sido en buena medida todas esas cosas. ¿O entonces qué son el capítulo VIII de Paraíso, la obra de Servando Cabrera Moreno, o hasta los mismos vituperios de Fidel Castro en la “Causa #1” contra los hermanos de la Guardia? “Chupi Chupi” recoge, sin el afán de la cita o la erudición, todas estas tradiciones que se canalizan, como la obra de Guillermo Cabrera Infante, en el espacio profano de la cultura popular.

“Chupi Chupi” abre el debate sobre hasta qué punto la cultura revolucionaria cubana fue legítimamente una cultura del pueblo, y no una cultura letrada que supo crear del intelectual, “una clase”. Lo que más sorprende es que, teniendo un Ministro autodenominado “lezamiano”, no haya logrado leer en Chupi Chupi una variación del neo-barroco cubano. 

Allí están todos sus condimentos retóricos: voracidad, elipsis, retruécano, retombe, una terminación en –is, que gramaticaliza la terminación del dativo singular de la tercera declinación en latín. “Chupi Chupi” está más cerca de la contracultura del Barroco de Indias que de supuestas contaminaciones imperiales que los comisarios le atañan.


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Gerardo Muñoz
Noviembre de 2011
Gainesville, FL.

1 comment:

Anonymous said...

chupa chhupa el mio, chupa!
haha