Tuesday, January 31, 2012

Los retratos de Lenin


Antes que filósofo, Walter Benjamin fue un observador. Ya lo sabemos: un explorador de ciudades e investigador de la “cultura de los objetos”. Juguetes, miniaturas, coleccionismo: son algunos de las figuras con las cuales Benjamin arma el escaparate de su “constelación” fragmentaria. Siempre me ha parecido que uno de los momentos más curiosos de todo el Diario de Moscú de Walter Benjamin es cuando el filósofo alemán describe las réplicas de Lenin en una pequeña tienda de la capital soviética. Así, Benjamin escribe en la entrada del 28 de Diciembre de 1926:

“En las paredes hay fotos de Lenin, Kalinin, Rykov y otros. El culto con fotos de Lenin, en particular, llega aquí a extremos insospechados. En el Kusnetski-Most hay una tienda especializada en este artículo, siendo posible adquirir en todos los tamaños, posturas y material. En la sala del recreo del club, donde en se momento podía escucharse un concierto radiofónico, hay un cuadro en relieve, muy expresivo, en el que aparece el orador en tamaño natural, hasta la cintura. Pero también en las crónicas, en los roperos, etc., de los centros públicos hay siempre alguna foto suya más modesta”.

El día anterior a Benjamin había escrito, sin ningún reparo, que hasta en banalidades y lugares más comunes (“El tiempo es dinero”) requería la aprobación y la cita del Máximo Líder. Lenin aparecería por todas partes en el Moscú de finales de la década del veinte. Esta marginalia en la obra y el pensamiento de Benjamin es crucial para entender buena parte de sus teorías estéticas. Por ejemplo, si el comunismo, al igual que la sociedad burguesa, está arraiga por la repetición de los objetos de cultos, el canje de valor de cambio y de uso, ¿cómo pensar la especificidad teórica y cultural de la sociedad comunista? ¿De qué manera puede el comunismo diferenciarse de las formas burguesas? ¿Los cuadros de Lenin no llegan a ser, al fin y al cabo, otro de los signos de la cultura de masa?

Si pensamos esta relación es posible encontrar aun otra ambigüedad si recordamos la famosa clausura dialéctica en el ensayo “La obra de arte en la era de la reproductibilidad mecánica”: el fascismo estética la política, y el comunismo politiza el arte. 

Los retratos de Lenin, de alguna manera, vienen a marcar el límite de esa relación dialéctica entre los dos núcleos signados por la estetización y la politización de un contexto cultural. Fredric Jameson, Susan Buck-Morss, Uwe Steiner, y otros de los pensadores marxistas, han llamado la atención que la tesis final de Benjamin en aquel ensayo no encierra una polaridad que entiende la estética como suplemento de la política. La politización del arte se presenta también como estatización, pero de un modo distinto de la politización fuera de los vínculos capitalistas del uso.

El culto a los retratos de Lenin que refiere Benjamin, entonces, debe ser entendido de otra manera. Este culto no es de una masa desentendida de la actividad común de la político, tal y como sucede en el fascismo, sino el culto del coleccionista. Hasta cierto punto, da la impresión, a lo largo de la lectura de Diario de Moscú, que la diferencia que Benjamin encuentra en la Unión Soviética no es necesariamente sobre la diferencia entre arte y política, sino entre las distintas formas de uso. De ahí la importancia del coleccionismo para Benjamin: “El coleccionista sueña con un mundo lejano y pasado que además es un mundo mejor en que los hombre están tan desprovisto de lo que necesita como en el de cada día, pero en cambio las cosas si están libres en el de la servidumbre de ser útiles” – escribe en alguna de las páginas de su ensayo sobre Edward Fuchs. 

A contrapelo de la función del uso en las sociedades democráticas y capitalistas, el uso en el comunismo queda diferido, transformado en el no-valor del coleccionismo. Los cuadros de Lenin, desubicados de las alturas del salón del Comité Central, se convierte en un objeto de uso cotidiano, en museo común, en efigie de colección pública. No hay dudas que este fue el propósito de cadáver devenido en cake del artista Yuri Shabelnikov en la década post-comunista de los 90.

Sería productivo pensar esta relación entre culto y coleccionismo en el contexto de una sociedad comunista como la cubana; que a diferencia de los otros comunismos del siglo veinte, no cuenta con estatuas de Fidel Castro, ni tampoco una producción consistente de obras del realismo socialista. Por otro lado, la reproducción de bustos, imágenes, y afiches públicos de figuras nacionales como José Martí, Julio Antonio Mella, o Antonio Maceo, pudieran pensarse como los “objetos de colección” de la historia de la revolución cubana.


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Gerardo Muñoz
Febrero de 2012
Miami, FL.

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