Monday, January 30, 2012

Hacia el corazón de la luz


En la galería David Zwirner (Chelsea, New York) se puede ver durante estos días, la compleja y enorme pieza titulada “SA MI 75 DZ NY 12” del artista californiano Doug Wheeler. Es importante  que especifiquemos que el artista es, por encima de ser norteamericano, de California, ya que su obra se ha visto muy poco en Estados Unidos en comparación con las múltiples recepciones que ha tenido desde hace varias décadas en Europa.

Como James Turrell, Robert Irwin, y la generación del arte lumínico-atmosférico que tuvo lugar en California durante la década del 60 y 70, las obras de Wheeler exploran la dimensión del espacio en tanto percepción. Aunque a diferencia de estos otros artistas, su obra se desmarca de la obra de algunos artistas de la llamada generación del arte que trabaja con la luz y los ambientes infinitos. Interesado más por las extensiones del lugar en el espacio que por los efectos ópticos, la experiencia de penetrar una de las obras de Wheeler se podría describir como el tránsito por un espacio óntico que difiere de la experiencia atmosférica tradicional (los desiertos de González-Foster, o los cielos de Turrell).

Una vez que se entra al cubo de la galería, da la sensación que el espacio no consta de límites, y que nuestro cuerpo no puede hacer nada, o puede hacer muy poco. De pronto, el cambio de luz da la sensación que el espacio se ondula y abre, y que en ese momento podemos caminar por medio de un baño de neblina infinita. Una vasta claridad comprende y tiñe el espacio, donde el espectador queda sumergido tal y como si estuviese entre aquel “aleph” que Borges se atrevió a describir bajo las escaleras de la casa de Beatriz Viterbo. 

De igual forma, el suelo en la obra de Wheeler va cambiando de relieve, y de pronto aparecen pequeños chichones que van conformando una geografía irregular y porosa. El espectador se ubica en un espacio de la impotencia: mientras mas desea escalar y conocer lo que pudiera haber tras la neblina de una luz molecular que ciega toda perspectiva, el espacio comienza a narrar sus artificios. (Muy pronto damos cuenta que el “más allá” es solo la pared que encierra el cubo de la galería).

Doug Wheeler lleva al extremo la experiencia de contemplar el arte contemporáneo. No solo porque hace disolver las categorías tradicionales del espacio y la visión, sino porque logra construir una lógica ficticia de los sentidos. Así es que Wheeler forma parte también de una larga tradición retórica del arte moderno que pudiéramos decir que comienza con los impresionistas y que continua hasta las prácticas del arte relacional y sin duda de las nuevas corrientes del arte atmosférico, de las cuales Wheeler es uno de sus mayores exponentes. La obra de arte no la encontramos en el espacio de la galería, sino en el momento que nuestros cuerpos entran en una relación perceptiva con el ambiente recreado por el artista.

Esta nueva lógica de los sentidos bajo el signo de eso que Merleau-Ponty llamó lo “invisible” en cuanto a un psicoanálisis de la piel y los afectos, tiende a establecer nuevas formas de pensar la ecología y los restos de la naturaleza. Si para los impresionistas la naturaleza era el fin de la experiencia moderna, el tropo de la figuración del tiempo; en Wheeler nos da la sensación de habitar un naturaleza más allá del tiempo y espacio, luz y color, humanidad y mercancías. De ahí que su obra encierre una sensación de desierto sin sol, o de un largo día de lluvia sin apenas haber caído una sola gota.

Si Joseph Conrad había escrito El Corazón de las Tinieblas para comentar algunos de los rasgos centrales de la condición moderna y colonial del pasado siglo; en esta obra reciente de Wheeler podemos decir que el espectador – y no solo Marlowe y su tripulación – entra ya no en la penumbras del Congo, sino la luminosidad del presente, en el centro de la era de la luz. 

Si pudiéramos echar mano de alguna analogía, diríamos que la obra de Wheeler es una especie de gran pantalla cibernética, como la que continuamente estamos enfrentados para la escritura, la contemplación de videos y fotos, o para intercambiar afectos y modalidades lingüísticas en las redes sociales. Una cotidianidad que apenas notamos, pero que ha logrado transformar los modos de vida y sus lenguajes. Como la obra de Douglas Gordon o Gerard Richter, las instalaciones atmosféricas de luz de Doug Wheeler son espacios extremos de esta experiencia contemporánea. Conveniente para comenzar a pensar lo que ha quedado y va quedando del arte de la biosfera.

 
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Gerardo Muñoz
Febrero del 2012
New York, New York.

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