Wednesday, February 29, 2012

Monegal, Viñas, y los parricidas

La intervención crítica de la revista Contorno logró, en pocos números, apuntalar un nuevo modo de lectura y un vocabulario crítico en relación con el pasado. Su posicionamiento estuvo situado en el presente de forma tal que, ya para el número de Septiembre de 1955, la redacción respondía a ciertas críticas de algunos escritores de la época. Con el título “Terrorismo y complicidad”, el inigualable David Viñas se oponía a antiguas posiciones culturales de letrados como Silvina Bullrich, Barbieri, o Sábato, como nuevo modo de entender “la realidad”. Realidad que luego se matizara en título de una de las empresas más importantes de la crítica argentina del siglo:

La necesidad de enfrentar la realidad, parece, sin embargo, volver a sentirse. Voces tan alejadas de nosotros como Murena, o Vanasco, con mayor o menos énfasis…Es imperioso revisar y confrontar hechos y valores, obras y figuras, implementar nuestros problemas, convencerse de que debe lograrse un clima de dialogo y de polémica. Diálogo que permite la comunicación y la superación de los estancos en que continuamos encerrando nuestra realidad, como si no fuera una y no nos pertenecerá y poseyera, única y total, a todos. Polémica, porque no se trata de un juego, ni de un teorema”.

Suscitar polémicas, con toda la violencia que implica esta táctica, fue uno de los gestos principales de aquella generación, y en particular, de David Viñas. Sin embargo, en aquel mismo número Viñas descarta que este acto estuviese animado por la violencia, o que este modo de “revisionismo” fuese exclusivamente violento contra la tradición. El programa de Contorno buscaba, más que violentar, desmontar las jerarquías que imponía cierta tradición liberal burguesa, así como los distintos lugares en que el habla de esta burguesía aparecía representada en el orden de la literatura. Esta política editorial de Contorno, a diferencia del gesto tradicional de las vanguardias, no consistió en el aniquilamiento total del pasado, sino en el rescate, así como en el ataque a ciertas figuras en tanto lo político en el momento de la caída de Perón. De ahí que se dedicaran números monográficos enteros a figuras de figuras como Roberto Arlt, Ezequiel Martínez Estrada, o el político Arturo Frondizi. Lo que introdujeron los contornistas (los Viñas, Jitrik, Prieto, Sebreli, Massotta) a la tradición de la crítica y el ensayo argentino no fue el gesto iconoclasta, sino la articulación entre literatura y política.

Es por esto que el rótulo que esta generación vino a recibir, en parte, gracias al libro El juicio de los parricidas: la nueva generación argentina y sus maestros (1956) del uruguayo Emir Rodríguez Monegal, no es del todo convincente a la hora de entender la complejidad del proyecto contornista. La idea del “parricidio”, por otra parte, si logra iluminar cómo en el centro del debate crítico de aquellos años se encontraban en las fronteras de formas de leer o de “leer mal” desde la otra orilla ideológica. La idea del parricidio de Monegal provenía de una premisa que sostenía al canon argentino sin figuras como Arlt, Martínez Estrada, o Arturo Jauretche.

Viñas, en efecto, recordaba que cierto crítico de entonces les había criticado el trabajo sobre Arlt, para quien no era más que un escritor de kiosco y folletines. Al no contemplar el rescate de estas figuras por la maquinaria de Contorno; Monegal entendía la tradición literatura argentina exclusivamente con nombres como los de Borges y Murena, Mallea, Sur, y el grupo de los martinfierristas. Lo que está en disputa no es el gesto – radical o no – que pudiera haber tenido Viñas, sino la batalla modernista por el canon.

El uruguayo no llegaba a comprender que, además de la crítica virulenta a ciertas tradiciones y letrados, Contorno se proponía hacer una crítica a estas figuras, solo en la medida que era posible crear un espacio para la inclusión de otros nombres y modos de leer la literatura nacional. A otro nivel, es improbable que Contorno o Viñas tuvieran una relación “parricida” con escritores como Borges, ya que esto presupondría de alguna manera que estos escritores habrían aceptado a Borges primero cómo referente para luego negarlo. Esta operación es cierta a nivel ideológico, pero no práctico, y en la obra de Viñas no lo encontraros hasta en algunos tardíos tomos de su inclusa Literatura y Realidad Política.

Como ha estudiado recientemente la ensayista cubana Idalia Morejón Arnaiz en su libro Política y Polémica en América Latina, haríamos bien en estudiar políticamente los desencuentros entre Emir Rodríguez Monegal y buena parte de la crítica de entonces con la revista Contorno. De la misma manera que luego se articulará el campo literario latinoamericano con las publicaciones Casa de las Américas y Mundo Nuevo; el concepto de parricidio que introduce Monegal, aunque insuficiente para entender a Contorno, si es valioso para comprender las distancias ideológicas que luego se matizarán aun más con el triunfo de la Revolución Cubana.

Lo que pareciera reprochar Monegal a Viñas no era el gesto parricida, sino justamente el modo en que la política participaba en la esfera de la literatura. En un ensayo publicado en Mundo Nuevo de 1967, Monegal escribía con mucha más soltura:

“En un plano más general aun, cabria reprochar a Viñas que su misma toma de partida se haga a priori, antes de escribir, y sea ella la que determine la “realidad de la novela, y no al revés, que sea la “realidad” de la novela la que permita desprender una toma de partido…La toma previa de partido es sin duda responsable de esta monotonía. Por otra parte, este es un defecto que tiene no solo Los hombres de a caballo sino también algunas de las anteriores novelas de Viñas, en particular Los dueños de la tierra y Dar la cara”.

Lo que estaba en juego en la polémica Monegal/Viñas es el problema de la representación en tanto realidad. Si bien aquí Monegal alude a la obra de Viñas en general y a la novela Hombres de a caballo, premiada por Casa de las Américas en 1967, podemos tomar esta conclusión como síntoma de lo que antes se nombraba bajo el signo parricida. La violencia de Contorno, como cualquier violencia que lograba imponer cierta novedad, debe leerse como grado político de la escritura y de la apertura de ciertos tanteos de lo que hoy llamamos cultural studies desde América Latina. De otra forma, es casi imposible entender la fascinación de Viñas por figuras y voces del pasado. Su última novela Tartabul: últimos argentinos del siglo XX (2006), así como su monumental proyecto sobre Lucio V. Mansilla viene a confirmar la propuesta anti-parricida del ideólogo de la revista Contorno.


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Gerardo Muñoz
Marzo de 2012
New York, NY.

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