Tuesday, March 20, 2012

Suprematismo como grado cero del arte


A diferencia de otras vanguardias (el cubismo, el puntillismo, o el post-impresionismo), los distintos programas de la vanguardia rusa buscaron tomar el acto estético como forma artística que implicaba otros modos de relación con los objetos fenomenológicos. Si los movimientos de finales de siglo y comienzos del veinte buscaban nuevas formas de entender la mediación con lo “real”, Malevich y los suprematistas rusos, buscaban un arte sin mediación, y por consiguiente, desde las posibilidades mínimas de la representación en tanto la construcción de una obra de arte. 

Intentando distinguir el Suprematismo de previos gestos modernistas, Malevich describe el procedimiento suprematista a la manera de una fórmula matemática: “aquel que quiera perfeccionar sus poderes artísticos debe tomar el camino del cero de la creatividad”. Contra cualquier forma de mimetismo del pasado, Malevich define la vanguardia como una estética completamente iconoclasta, si bien numérica: “Toda forma fuerte debe tener una forma real: la distorsión por la cual debo transformarme en cero de la forma e ir de 0 a 1”. Creo que a partir de esta oscura declaración del artista ruso, pudiéramos extraer algunas conclusiones sobre algo que pudiéramos llamar preliminarmente el grado cero de la estética. 

Primero, comprobamos que una de las diferencias históricas entre el gesto modernista y el vanguardista pasaba por el posicionamiento numérico. Es decir, tanto para el Suprematismo, el dadaísmo, y después del surrealismo, la estrategia consistía en partir de algo con via a cero. Desmontar las categorías de la realidad hasta llegar a las condiciones mínimas de la representación, destrucción mediante. Sin embargo no necesitamos mucho material para dar cuenta del modo en que esta operación estética es posible. Quiero decir que aun el cero es el momento de algo, así como las ruinas de la destrucción constituyen cosas sin formas (pero cosas). De ahí que el pensador francés Alain Badiou, en las conferencias de El Siglo, no se equivoca en decir que lo que caracterizó estas estrategias fue lo pasión por lo real contra el pudor del semblante.

Esta articulación de lo “real” para Malevich apelaba a una verdad (“¡verdad, no sinceridad!” – era una de las consignas de época), al igual que lo real entendido como la socialización del arte en la esfera pública. En la medida que entendemos lo real como momento de la fulminación del arte y transformación social, es que podemos ver el pasadizo de la innovación modernista, como lo entiende Clement Greenberg, hacia la negatividad de la vanguardia.

Esta nueva economía estética y su formulación quasi-matemática, tiene un obvio paralelo con la nueva “economía” de la vida soviética. No solo porque ahora el arte se aproximaba a la vida, o porque la vida soviética se volvía inconcebible sin los planes económicos en plenos apogeos de las formas de producción; sino porque el programa de economizar lo material, de alguna manera también pasaba por los registros del arte. De ahí la terminología geológica que leemos en los manuales y panfletos de la época, como “fotografía”, “tectónica”, “materia”. Paralelo a la industrialización de la economía soviética, el arte incorporaba en su articulación estética, un programa utópico del análisis sobre la materia de los objetos y de la “tierra”. El cero y el uno, son figuras de la matemática, pero también signos de la economía, y de la bolsa de Wall-Street (a la cual el poeta brasilero Sousandrade le dedicara un poema), así como luego del lenguaje de la programación. El cero, lejos de ser la figura de lo vacuo, es lo que da sentido a la maquinaria de la totalidad. 

En un ensayo publicado con el título “En búsqueda del punto cero”, Maurice Blanchot revisa la famosa réplica de Roland Barthes sobre el grado cero de la escritura que, como sabemos, avisa de la neutralidad en la polémica sobre el realismo en la literatura, de cómo describir las cosas, de una articulación de la sospecha. Para Blanchot, en cambio, la noción del grado cero no se instala como un discurso de la neutralidad o desde la ausencia de los tropos ausentes. Para el filósofo francés, el grado cero es el propio gesto de la destrucción: el momento en que la escritura se ha vuelto incomprensible, tachadura, garabato. De modo que lo difícil no es transitar del 1 al 0, sino de la destrucción total a ese “1” que representa la mínima función del arte. Y el Suprematismo no es una excepción: el gesto de la destrucción insinuaba el momento de lo neutro, por el cual el “0” aun representaba, desde su negatividad y aparente ausencia, un mínimo de representación, un arte que se pensaba vida.

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Gerardo Muñoz
Marzo de 2012
Boston, MA.

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