Wednesday, May 23, 2012

De París a New York: profesionalización del crítico


El desplazamiento trasatlántico del circuito artístico de París a New York ocurre inmediatamente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Desplazamiento que, insistimos desde ya, refiere también al movimiento del capital, así como de todo el registro de valores que se imponen en los gustos artísticos. Este episodio en la historia del arte no le sorprende a nadie, por lo que me gustaría aquí proponer una lectura a modo de hipótesis. 

Cuando pensamos en esa movida Paris-New York lo que se impone es también un tránsito que va de la profesionalización de los artistas a la profesionalización del crítico. Incluso, la figura del crítico aparece con nuevo matiz durante estos años como denominador que da sentido al arte, y como antinomia del anti-intelectualismo o el “purismo” que articulaban los artistas del expresionismo abstracto.

Para empezar, no es un dato menor que los expresionistas abstractos dejaran atrás cualquier gesto de manifiesto, de generación de grupo que encarnara una coherencia estética-política. En la medida que podemos entender el manifiesto como núcleo central de la historia de las vanguardias, tal y como ha visto Alain Badiou, el expresionismo abstracto se proyecta de inmediato como movimiento despolitizado. De la misma manera que Pollock deja atrás el muralismo figurativo de la década del treinta; la órbita experimental de los abstraccionistas se despeja de todo lenguaje intelectual sobre la proyección estética. Entiéndase por proyección estética la articulación intelectual de los lenguajes del arte, el discurso intelectual del cual depende la producción artística.

Así, Nueva York marca el desplazamiento no solo geográfico, sino de índole discursiva (la famosa entrevista de Pollock con William Wright en 1950 da constancia de la retórica lacónica que se pone en práctica por parte de los artistas). Como si el artista prescindiera del debate intelectual sobre lo Moderno ("la Modernidad es tomar lo que está presente" aclara Pollock)  del cual intelectuales de la vanguardia estructraban su campo discursivo (Malevich, Marinetti, Moholy-Nagy); el artista abstracto retoma el tono purista, donde recae el énfasis en un cierto neo-espiritualismo originario (Rothko, Pollock, Newman). La fuerza del arte ahora proviene de un mítico inside.

Pero este reposicionamiento de la nueva generación artística, lejos de ser el grado cero de la retórica, es solo un gesto de la misma. Retórica que, en su vaciamiento y negatividad, revela la distancia que los “irascibles” buscaron instalar como modo de resistencia a esa intelectualidad que, bajo distintos ropajes ideológicos, finalmente arrastraron a Europa a la catástrofe.

Esta hipótesis en tanto anti-intelectualismo programado, tiene su correlato en el énfasis que Clement Greenberg haría en la función especular del arte para quien más allá de una dependencia teórica de una obra, son los sentidos ahora el centro de la valoración máxima del proyecto moderno. Ahora bien, nada de esto debe ser nuevo; en esto caso pensadores (Kant, Heidegger, Jameson) colocan el momento de toma de conciencia y auto-reflección como aleitheia de la experiencia estética. Lo que distingue a Greenberg no es el supuesto de lo sentidos, sino la burocratización de los mismos (surface, color, form, flatness – son todas categorías de Greenberg que, como ha visto Caroline Jones, programan la experiencia artística y la ruptura de lo moderno.

Greenberg introduce otra separación de la experiencia artística. Mientras que la crítica kantiana del gusto presuponía un a priori de los sentidos, Greenberg exterioriza sus valores, es decir, los coloca en el nivel de la cultura. Esta división es lo que hace posible introducir el dispositivo por el cual el artista, el último moderno neoyorquino, pasa de ser artista intelectual, para ser solo artista, mientras que el crítico es quien comienza a teorizar desde las categorías valorativas de los sentidos. La crítica de arte se presenta ahora como aparato que separa el artista del intelectual, el arte de la política, los sentidos de la cultura. 

El quiebre con las vanguardias (Constructivismo, Prolekult, Bauhaus) es obvia, ya que la profesionalización del crítico tiene sentido en la medida que cobra su valor en dos sistemas colaterales (en el mercado, y en la legitimidad simbólica de su discurso).

No sé hasta que puto sería productivo articular una crítica a Greenberg en cuanto a la diferencia entre modernismo y vanguardia, como han insistido Andreas Huyssen o Peter Burger. Solo terminaremos diciendo que, sin duda alguna, pareciera que un reposicionamiento de la cultura neoyorquina de la posguerra depende de dos ejes que hemos esbozados preliminarmente en esta hipotesis: anti-intelecutalimo apolítico por parte de los artistas, y burocratización valorativa del crítico.

El fenómeno cultural que ocurre, entonces, debería ser planteado no tanto como desplazamiento de actores y prácticas de un campo artístico, sino como quiebre y división de una nueva profesionalización que, también a diferencia de la vanguardia, cobra sentido en el complejo de intercambios, gustos, y valores que impone la nueva cultura de mercado.

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Gerardo Muñoz
Mayo de 2012
Miami, FL.

1 comment:

Anonymous said...

muy buen texto, me dan ganas de volver sobre Greenberg. gracias.