Tuesday, May 22, 2012

El museo en otra parte


El ICA (Institute of Contemporary Art), situado a ras de la bahía de Boston, entre el Courthouse y el World Trade Center,  a lo lejos pareciera cualquier cosa menos un museo de arte. Un enorme observatorio por el cual podemos contemplar la ciudad. En el ICA no hay una entrada frontal. El visitante llega por uno de sus laterales, ya que la fachada del museo queda mirando hacia el mar. Solo a lo lejos es que podemos ver la diminuta ciudad de Boston. Construido en el 2006 por Diller Scofidio + Renfro, grupo de arquitectos radicados en Nueva York, el ICA tiene la gracia de ser interesante no por las obras que allí se exponen, sino por la sensación de que el arte, incluso el museo mismo, se encuentra fuera de , situado en otra parte.

Una vez dentro del ICA, las formas del diseño interior son pura externalidad en función del observatorio: un ala de la galería, donde encontramos uno de los espejos de Félix González-Torres, justamente es contrapuesto por otro espejo que da hacia afuera. La luz no deja ver bien la obra, y el reflejo de nuestra imagen frente a ella nos recuerda una vez más el espacio que habitamos. Lo mismo podemos decir del café restaurant o la tienda que alberga el primer piso.  Enormes ventanales desembocan hacia afuera en donde el espectador se siente como en una especie de cine a luz del día frente a computadoras que van narrando biografías, entrevistas, y matices de la muestra en exhibición.

De este modo el espectador es atravesado por una sensación del afuera aun en pleno interior del espacio; como si la atención se desviara no hacia las obras de arte expuestas, sino sobre una obra de arte mayor que pudiera tomar las formas de la ciudad, el mar, el ambiente. 

Según Diller Scofidio + Renfro la idea tras el ICA era imaginar un espacio que se ajustara a las gramáticas del arte contemporáneo. En realidad, más que un diálogo, el ICA ofrece otra forma de pensar el museo y de recrear la experiencia misma entre espectador y obra de arte. Si durante buena parte de la Modernidad, el museo fue ese espacio donde se legitimaban las obras y competían los juicios sobre los géneros de la pintura; el ICA desvía la atención hacia un afuera que todo espectador aprueba desde su experiencia singular. 

Los gestos iconoclastas de la vanguardia por destruir el museo, y por consiguiente borrar la memoria archivística de la tradición, aparece aquí bajo el signo de un nuevo espacio que ha dejado de ser museo para colocarse como plataforma externa y como pretexto del observador anonadado. Roland Barthes recordaba que Guy de Maupessant almorzaba habitualmente en la Torre Eiffel para no sentir su presencia. En el ICA nos sentimos en otra parte, en las afueras del museo.

El ICA  museifica la ciudad, a la vez que no deja de perder su identidad como museo. Ese giro del complejo-arquitectónico por el cual Hal Foster intenta pensar aquellos espacios que justamente se aproximan a las prácticas estéticas, logra situar una experiencia estética en relación con la experiencia misma de la vida. Al igual que Facebook, Twitter, o las nuevas tecnologías que se instalan como museos personales haciendo uso de prácticas obviamente traducidas de la vanguardia, espacios como ICA prescinden del arte como objeto, y lo sitúan en un espacio completamente imaginario. 

Es por eso que haríamos bien en hablar de museo imaginario – ciudad, mar, atmosfera, experiencia – y no de una nueva estetización de la vida. La experiencia del ICA no ofrece mediaciones artísticas o participaciones ficticias entre los espectadores. 

La pura exterioridad imaginaria que genera un espacio como el ICA, tiene la suerte de democratizar o desacralizar un espacio de hegemonía cultural como el museo que pasa de la individuación total de la experiencia a la de un espectador que se instala en una imaginación compartida. 

El imaginario de un museo exterior aparece intangible, fuera de nuestro alcance. Se nos escapa constantemente. Con tintes de una poética del futuro y de la espera, el ICA tiene sus límites en el gesto de auto-reflexión que les exige a sus visitantes. La placa transparente de “First Chaldaic Oracle”, poema de Anne Carson, que mira sobre el mar no lo traiciona: nuestros deseos están siempre fuera de nuestro alcance (leo en uno de sus versos). 

A pesar de abrirse sobre el espacio de la ciudad, el ICA nos encierra en su rumor imaginario; inscribe en nuestra experiencia la sensación de poder ver una totalidad (no una de sus partes). Y así mismo, que quizás otro mundo es de igual imaginable.

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Gerardo Muñoz
Mayo de 2012
Miami, FL.

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