Monday, May 21, 2012

Revolución y Fotografía, veinte años después


Tiempo y título

“Cuba, Enero de 1981” no es solo el título de la serie de fotografías que ahora se muestran en la Mitchell-Iness & Nash de New York, sino la marca de una fecha que establece una periodización casi exacta, los veinte años que completa un círculo histórico. Claro está, el problema que tratamos de pensar es ese: ¿qué fue de la Revolución Cubana en 1981? ¿cómo evaluar esas dos décadas a las que alude? O sin dar más vueltas: ¿qué es lo que ve Martha Rosler en su lente a veinte años de ese acontecimiento que a tantos imaginarios políticos y estéticos marcó durante sus primeros años?

Rosler, quien no ignora la presencia de la semiótica en la construcción de todo imaginario artístico, fecha esa serie con un mes y un año. De esta forma le otorga un énfasis y un tono de repetición que solo nosotros podemos señalar. Lo que quiero decir es que si insistimos en la fecha no es a causa de un gesto retórico. Se trata de volver sobre aquello que la muestra encierra en el centro de su propia envergadura artística.

Esta reflexión primera nos exigiría unas palabras sobre la función de los títulos, de la manera en que se establecen desde los nombres propios y las fechas históricas, los cortes históricos, los momentos de reflexión, o las repeticiones puntuales que sobrepasan el sinsentido de la pura contingencia azarosa.

El título es algo así como una verdad se resume la promesa de lo dado al otro. Verdad que, como sabemos, puede ser verificada o falsificada, rebatida o puesta en duda por los espectadores. Los títulos siempre operan sobre las impresiones, desde una lógica que abre posibilidades o que las cierra. Por eso, “Cuba, Enero de 1981” es, ante todo, eso: una relación con el otro Enero de 1959. Creo que el espacio que Rosler interroga y que expone en buena parte de sus fotografías cobra sentido solo si es leído como diálogo retroactivo con ese otra fecha que le da sentido a ésta, y que nosotros, a varias décadas posteriores podemos leer en reverso.


Socialismo y Spleen

Lo primero que nos llama la atención de estas fotografías – en realidad no importa cual en específico – es la soledad. Una soledad que aparece signada por la ausencia como su modo de representación y construcción simbólica. Soledad que atraviesa no solo los espacios públicos, por ejemplo una Plaza de la Revolución que ha pasado de la movilización de las primeras imágenes que aparecieran en la prensa de la época, a un espacio gris que no deja de recordar la pesadumbre de la piedra y del tiempo socialista. Cuba 1981 es de alguna manera también eso: tiempo consumido, el fin de una euforia y del “desfile”, diría Reinaldo Arenas.

Tiendas de venta de libros, trabajadores sociales, una pareja que probablemente encarna el amor y el desencanto revolucionario, la presencia de los automóviles soviéticos, una fila de pioneros, la entrada a la cede del Partido Comunista. Las imágenes de algunos afiches políticos con luces de pasado. Todo es tiempo pasado, enrarecido tiempo para una Revolución que se piensa siempre en futuro. Son estas algunas de las figuras de las fotografías de Rosler que, sin duda alguna, cobran su distancia con las fotografías de Lee Lockwood, por ejemplo, donde la construcción del socialismo invadía cualquier plano de la imagen.

La Revolución en los sesenta, en sus primeros años, no tenia cortes, era puro tiempo, energía, trabajo voluntario, construcción moral. El tiempo de la Revolución en 1981 ya es otro: es ese tiempo ensoñado que, al decir de Walter Benjamin, caracteriza la ciudad burguesa. Algo similar ocurre en el socialismo una vez que se institucionaliza y desapropia al ciudadano del trabajo. 
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Pero aquí el ensoñamiento no se da a través de la magia de la mercancía, sino a través del aburrimiento del fracaso socialista. El aburrimiento de la década del 80 para el socialismo cubano, es lo que el spleen es para la ciudad burguesa del capitalismo avanzado.
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Alegorías del derrumbe

La diferencia está marcada también por el lente de Rosler. Alejada del fellow-traveler comunista, Rosler capta un imaginario que ha perdido la fuerza de lo Real y de todo futuro. He allí otra diferencia con el tiempo pasado. Ya en el 81, las calles habaneras, la actividad de esa supuesta nueva subjetividad revolucionaria ha perdido toda proyección, aun para la magia que cautivan las fotografías. Incluso para el lente del otro que los observa y las goza, según vaticinaba Edmundo Desnoes en un influyente ensayo de época (“La imagen fotográfica del subdesarrollo”). Si antes lo que interesaba era el amanecer en “Enero en Cuba”, parafraseando aquel viejo libro de viaje de Max Aub, lo que interesa veinte años más tarde es el momento de su ocaso. El futuro solo ha quedado a modo de inercia, como aguante a su propio derrumbe.

Desde luego, este sería el mérito de la serie de Martha Rosler, y no una mera representación de la realidad política insular de ese momento. A penas a cinco años del Primer Congreso del Partido, y a diez del Congreso Nacional de Educación y Cultura, la solidez del proyecto socialista en aquel momento parecía dar mucho más que lo que se muestra en estas imágenes. A pesar que un año antes el Mariel había puesto en relieve el malestar real del pueblo, en la pura práctica de lo cotidiano, el cubano ya no veía futuro posible, sino que lo vivía en un eterno presente. Si la década del 70 es dada por el color gris, a los 80 les falta justamente el color. Les falta la pasión de sus dos décadas previas. Como si la euforia seguida por el terror desembocara necesariamente en pasmo.

Si toda fotografía marca un instante dado por la dialéctica, las fotografías de “Cuba Enero 1981” evidencia el momento previo al derrumbe (la arquitectura en estas fotos tiene su peso), así como el derrumbe mismo. Es así que comprobamos como todo gran proyecto fotográfico logra revelar no solo la realidad que se nos da en la superficie, sino esos momentos que se construyen y se adelantan como alegorías fortuitas de la Historia. La fotografía de Rosler es un ejercicio para el recuerdo, así como un producto cultural que hace pensar la periodización de una revolución. La tarea que se nos impone es inmensa: ¿hemos pensado nosotros los cubanos esa década?
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Post-tiempo revolucionario

Lo que parecía veinte años antes un proyecto de una magnitud incomprensible, de una hondura espiritual y utópica vital (tal fue la tesitura de Martínez Estrada en su momento frente a la R.C), en las fotografías de Martha Rosler aparece como un enorme espacio atravesado por el desasosiego y la nadería. Tiene el sabor de un pasado aunque fueron tomadas en pleno presente. La Historia queda vaciada de su contenido temporal, de sus cuerpos, de su lenguaje.

La Revolución allí no solo imagina su fin, sino que lo inscribe, lo vuelve imagen, piedra, y efigies de sus “líderes históricos”. Ya no percibimos el momento líder-pueblo, armas-lucha, o trabajo-moral. Cuesta trabajo, en muchos casos, pensar que estamos a más de treinta décadas de aquellas primeras dos. De ahí que, en cierta medida, toda fotografía sobre la Cuba contemporánea no es una imagen de su presente ni del futuro, pese a la inundación que se ha producido desde los 90. La fotografía cubana actual ya es otra cosa, pues Rosler selló el momento de su final. Estas imágenes póstumas funcionarían para comenzar a pensar el impasse de los finales, la temporalidad misma de lo mesiánico.


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Gerardo Munoz
Mayo de 2012
Miami, FL.

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