Tuesday, June 19, 2012

Los tiempos de la revolución

Martín Kohan. Museo de la Revolucion. Buenos Aires: Mondadori, 2006.


En la última década hemos presenciado el regreso de la revolución y sus ideales en algunos de los nombres más notables de la narrativa latinoamericana. Un regreso que, como toda repetición, implica una diferencia. Este regreso ya no se inscribe en aquella inspiración radical por cambiar el mundo. Estas escrituras recaen, por el contrario, en los flujos del deseo, las poéticas de la memoria, o las reconstrucciones de las pasiones perdidas. Jorge Volpi, Carlos Gamerro, Alan Pauls, Pola Oloixarac, o Alejandro Zambra, son tan solo algunos de los nombres que han entrado a las décadas de la violencia revolucionaria a través de la estética de la novela.

Esta entrada al corazón de la revolución abandona al horizonte activo de las militancias de los sesenta para situarse críticamente en sus legados o en sus restos. Lo que en su momento fue una “arma de lucha”, hoy es solo un arma de investigación. Y si la temporalidad de entonces estuvo suscrita al futuro, la de hoy solo puede voltearse a un tiempo que ya ha sido.

Las tradiciones revolucionarias como formas del tiempo, entonces. Esta es la apuesta narrativa que echa andar Martín Kohan en la novela Museo de la Revolución (2006), escrita en medio del primer periodo kirchnerista del 2003, y que debe ser leída bajo ese contexto político. Analizada en abstracto o fijada en teorías del marxismo contemporáneo, cualquiera que sea su vertiente, no daría cuenta del modo en que esta novela se coloca en relación con los discursos políticos del kirchnerismo. No es que la novela de Kohan responda directamente o se presente como ensayo novelado contra o a favor del fenómeno cultural del kirchnerismo. Lo que me gustaría sugerir es que Museo de la Revolución se presenta como correlato, o como inconciente político, de las distintas articulaciones de la historia militante revolucionaria que han llevado a cabo algunos de los sectores del kirchnerismo, aunque el tiempo de la novela sea el menemismo.

Museo de la Revolución por otra parte no es otro relato más de la memoria a la que debemos volver, sino justamente la posibilidad de encontrar en los tejidos más íntimos de la vida de un militante argentino, Rubén Tesare, el futuro de las (marxistas) teorías políticas. 

Son tres los relatos que se entrecruzan en Museo: la de un editor argentino que viaja a México para encontrarse con Norma Rossi, exiliada argentina que atesora un diario de un desaparecido de los setenta; la historia de Rubén Tesare, quien a pesar de la represión y el terror decide llevar un misterioso paquete de Buenos Aires a Tucumán; y por ultimo el diario de Tesare, su única pertenencia y quizás la más elaborada. Estos tres niveles pudieran parecer, resumidos de esta manera, simples lugares comunes, aunque justo esto es lo que Kohan intenta evitar. Ni el contenido del diario es el recorrido de una vida, ni su vida, la de Tesare, es el recuerdo de una memoria pasada por las aguas del heroísmo. Kohan escribe sobre la militancia desde el lugar de la vida, y teoriza sobre la militancia desde una teoría total del tiempo revolucionario.

Comencemos analizando, entonces, algo de la vida de Tesare. Su recorrido es incómodo – la novela empieza en la penumbra, a la manera de un policial negro de Chandler, con un viaje de autobús – y su militancia incierta. Incierta no por sus convicciones políticas, sino por sus motivaciones afectivas.

Tesare ha tenido que tomar un autobús para cumplir una misión, y por el camino ha decido dejarse llevar por el deseo de una bella mujer que conoce en un bar a través de la mirada y de un intercambio de cigarrillos. Será ésta la mujer que lo delatará, pero que a su vez consumará su deseo en una noche de un hotel. Será la misma mujer que atesorara su cuaderno, y que resume (sería otra de las posibles lecturas) en buena medida los debates por la memoria y el perdón que atraviesan aquellos años. Un goce que interrumpe el cuerpo disciplinado del revolucionario, y que lo conduce hasta su desaparición. La militancia de Tesare comienza, en el sentido zizekiano, en el momento en que el goce abre el espacio de la radicalidad de un cuerpo que se expone no solo ante el riesgo de las balas y la AAA, sino ante la supresión del deseo de una mujer. La lealtad de Tesare, de un militante desaparecido, se instancia a través de su fidelidad por el deseo que lo consume, traspasando por el umbral mismo del terror inminente de la muerte y la tortura.

Pero mientras otros novelistas han preferido ver las lógicas de las militancias como gestos exclusivamente equiparados al deseo, vaciado de cualquier contenido ideológico, lo que resulta especialmente interesante de Museo de la Revolución es la forma en que convive el deseo carnal de Tesare junto con su pasión por la lectura, en especifico sus apuntes talmúdicos sobre los clásicos del marxismo.

Pasiones del cuerpo, pasiones del intelecto.

Así pudiéramos comenzar a hablar del diario que deja Rubén Tesare y que leído por Norma Rossi al editor, divide la trama de la novela en tres cortes sobre la relación tiempo-revolución. La pasión de Tesare no pasaba por la carne, sino por la mente: en tiempos de militancia, de la acción de aquí y ahora, un militante recurre a los clásicos del marxismo para pensar una actualidad del comunismo. En momentos de acción, él decide pensar. Cuando él debía ejecutar, decide amar. Cuando tiene que apuntar, él decide escribir.

La acción pasa, ante todo, por el momento teórico, y por una actualidad que, para Kohan, nada tiene que ver con las militancias anti-intelectuales. Tesare es la figura por la cual se reflexiona sobre una contradicción de la época, a la vez que se reconcilian un modelo para la convivencia entre las dos (teoría y práctica).

Tesare es un militante comunista que quiere actualizar, en el sentido estrictamente filosófico, los legados contradictorios del comunismo. Por eso comienza con un extenso comentario sobre la noción de tiempo pasado en el Manifiesto, seguido por una lectura del tiempo pasivo de Lenin, y finalizado con una lectura de la “revolución permanente” esbozada por Trotsky. No basta con reconciliar a los padres fundadores del marxismo, también tenemos que ponerlos sobre la discusión de lo actual, en el ámbito de lo imposible haciéndose pasar por lo posible:

“Como todo libro político, el Manifiesto esta encadenado al tiempo. Tiene que ser actual. Y eventualmente, para no dejar de serlo, tiene que ser actualizado. Marx y Engels lo anotan en 1872. Pero en el párrafo siguiente dicen: “No obstante, el Manifiesto es un documento histórico. Entonces siente que no tienen derecho a tocarlo, por más que sean sus autores. El libro ya no puede ser cambiado. Y luego está el futuro”. (p.29).

La temporalidad de la revolución – desde sus interpretaciones pasadas hasta sus contingencias futuras – pasa por el debate de su actualidad: ¿de qué manera podemos mantener el movimiento de la revolución? ¿Cuándo se triunfa: antes o luego de su contaminación en el poder? ¿Qué modelo seguir: la detención pasiva del leninismo, o la total destrucción del momento único? Lo importante de estas preguntas que generan la lectura del libro de Kohan no se ubican dentro de una retórica literaria, inmersas en la ironía posmodernista o el gafe del desencanto, sino a un recomienzo de las posibilidades mismas de la crítica instaladas en el ceno de la novela contemporánea.

Recientemente Bruno Bosteels en The Actuality of Communism (Verso, 2012), propone leer un nuevo horizonte comunista a partir de la experiencia boliviana, en donde las intervenciones teóricas de Álvaro García Linera junto con el proyecto de los movimientos sociales pudieran tejer nuevas temporalidades para dialogar sobre los pasados y futuros del comunismo. Estas mediaciones que Bosteels ha sugerido a partir de detallados análisis con la izquierda neo-marxista contemporánea, pudiera localizarse en la esfera de la literatura, y desde allí leer las potencias actuales que dibujan las formas que tomarían los tiempos revolucionarios que hoy pasan por el impasse de los excesos teóricos, del giro “ético” de la memoria, o de las exigencias de la acción militante.

Lo mejor de Museo de la Revolución son los momentos en donde leemos los fragmentos del diario de Tesare. Diario que nunca llega a publicarse por el desinterés de editor, lo cual da cuenta, esta sería otra lectura de la novela, entre la crisis editorial y las políticas culturales de la narrativa contemporánea.

Pero volviendo a las páginas del diario de Tesare, la novela se inserta en los setenta vía la teorización marxista que solo pudiera haber sido escrita no por Tesare, sino por Martín Kohan quien, además de ser narrador, es un crítico de un vasto conocimiento del posmarxismo como lo demuestra su admirable libro Zona Urbana sobre Walter Benjamin. La novela expone los límites de la narrativa como forma contemporánea y sus cruces con otros géneros como el ensayo. Para los que aun sostienen la defensa de la autonomía de los géneros literarios, una novela como Museo de la Revolución pone en evidencia la manera en que se pueden escribir novelas desde el ensayo, o incluso el ensayo narrado desde la novela. También las temporalidades de los géneros logran una confluencia de simultaneidad y cruces espaciales.

Kohan detiene el tiempo y vuelve sobre los clásicos: Marx, Engels, Lenin, Trotsky. Como si el guiño al teórico, a contrapelo de las modas teóricas, fuera un retroceso a las relecturas de los clásicos. Marx, Engels, Lenin, Trotsky: más que nombres se abren como distintas temporalidades que resisten, a su manera, un tiempo neutro. En la medida que vamos leyendo, la teoría de la revolución se va desmontando en sus diferendos temporales: pasado, detención, permanencia, futuro. Marx, Engels, Lenin, Trotsky: he aquí el museo de lo vivo, que antes parecía muerto. El museo no como clausura total, sino de movimientos disímiles, acaso, en la jerga kantiana, de distintos modos del entusiasmo.

Una novela como Museo de la Revolución abre la discusión, de una manera implícita, sobre el pasado y el futuro de la novela de ideas. A diferencia de un Thomas Mann o un Jean Paul Sartre, quienes ponían en boca de sus personajes los grandes conflictos de la historia, y los dramas de las existencias subjetivas, las ideas de esta novelas más que convicciones se presentan como saberes insurrectos. Martín Kohan no las pone en boca de sus personajes, sino que las registra como un inventario de un pasado archivado en la memoria del siglo.

Este sería el otro sentido en que podríamos leer el título de la novela: el museo no es solo el espacio físico donde descansan los muertos (Trotsky, Lenin, o Zapata), tampoco el lugar metafísico de lo eterno. El museo es un archivo en donde hemos acumulado las ideas y que se deben poner en la circulación de nuestra actualidad. Pretender que existe un futuro ya no es tan importante como hacer vivrar aquellas voces que habitan en aquel lejano mausoleo.

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Gerardo Muñoz
Junio de 2012
Miami, FL.

1 comment:

javi santos said...

Estaba buscando justamente un pequeño análisis del libro que estoy leyendo en estos días: “Museo de la Revolución” En verdad dí con este libro por recomendación de un amigo, estaba queriendo leer literatura contemporánea argentina buena y él me listó ciertos autores, entre ellos Kohan. Fui a la librería y husmeé al pasar por los anaqueles y así encontré el autor y elegí el libro. Me gustó la tapa, creo que porque me encantan los Beatles y el autor ya prometía valor al libro por dicha recomendación. Al comenzar su lectura me interesó muchísimo y las páginas pasaban velozmente, pero luego me desencanté con el manuscrito de Tesare, sentí tedio con toda ese explayarse en reflexiones a partir de ideas de otros y me causó la sensación de que la novela era un excusa para poner la voz del autor a partir del pensamiento de Tesare. Tengo que admitir que tiene juegos literarios muy interesantes, que hay descripciones muy justas, que encuentra las frases y palabras adecuadas para cada instancia, pero cuando Rossi se pone a ller el cuaderno siento que hago un esfuerzo de paciencia y no de inteligencia, es como si hiciera un gesto de caridad para con el autor, soportarle todo ese discurso que, más allá de si estoy de acuerdo o no (en realidad no soy propenso a la violencia a pesar de que sí me interesa cierto tipo de revolución, que creo en la revolución sin violencia, sin sangre y que no es reforma sino que sigue siendo revolución) me parece errado y hasta irrespetuoso la manera en que se vale de una novela para explicitar su idea. A mi modo de ver lo connotado es más eficaz y estético que lo explícito. Entonces entiendo que es una novela con largas pausas que hasta aburridas me resultan. Yo creo que uno puede transmitir cosas serias de manera divertida y no tediosa. Por lo demás, ya dije, escribe bien y se ve que el autor maneja mucho el lenguaje castellano. Muchas gracias por leer mi comentario
Javier