Saturday, June 2, 2012

Un constructor de cajitas

A él, sin duda, no le hubiesen gustado los obituarios ni los recordatorios fúnebres. A Lorenzo García Vega (1926-2012) se le puede imaginar en su último suspiro con una clara una sonrisa de labio a labio, en medio de una mueca muy parecida a las que han quedado en algunas de su hechicería retórica. Solo ahora es posible preguntar sobre su figura y lugar. Me refiero no a su espacio en el canon que se organiza más o menos cada cierto tiempo y cuyo lugar García Vega tiene desde hace mucho, sino sobre el legado de su escritura – y más que de su escritura, de su tono – en la literatura de esta parte del mundo.

Hay que hacer énfasis en esa última parte. Lorenzo García Vega fue un escritor anti-mercado en los tiempos de mercado y de editoriales transnacionales. Los libros que publicó fuera de Cuba, que fueron casi todos a partir de Los Años de Orígenes, fueron publicados por editoriales autogestionadas, menores, y de escasas tiradas en un lejos país como Argentina (lejos del Caribe, al menos). Hasta el momento, sus obras tampoco han sido traducidas al inglés. Fácilmente pudiera haber escogido el dócil camino de la publicaciones de los libros temáticos que presentan el universo cubano en clave trágica, pero prefirió obstinadamente, en cambio, insistir en una extinta tradición literaria que hoy recordamos vagamente como la vanguardia. Su valor en el mercado literario fue – y de algún modo sigue siendo – completamente nulo.

Homenajeaba a Duchamp y emulaba, sin parecerse nunca a ellos, a los dadaístas. Fue un verdadero vanguardista a destiempo. Porque si Gombrowicz, Sousandrade, o Macedonio Fernández fueron algunos de las figuras de esa vanguardia latinoamericana durante los años más turbulentos del siglo, Lorenzo quiso serlo de otra manera. Encarnando hasta la muerte el sinsentido de la letra y de la vida. 

Esta es una de las razones por lo cual ciertamente cuesta trabajo leer a García Vega. Aun para aquel que está entrenado en la parafernalia iconoclasta del vanguardismo y de sus codificaciones verbales, la escritura del autor de El Oficio de Perder, reniega ser ordenada en sentidos, imágenes, o signos. La suya es una constelación, escrita desde la renovación más plena del sentido. Desalienta por estar fuera de toda órbita del lector, situada en otro tiempo aunque, desde luego, escribía en este siglo XXI. Este elemento es por el cual se instancia su rareza, así como su diferencia como la tipología del “escritor raro”. Seguía pareciendo un raro en una época en que, en efecto, habíamos nivelado y de algún modo superado esas rarezas. Prescindía de toda presencia mediática, y el retrato de Pedro Portal, con el paso del tiempo, será algo así como el gran retrato vintage del artista (viejo).

El debate sobre su legado comienza luego de su muerte. Mirando muy por encima algunas de las poéticas de la literatura cubana, cuesta trabajo que algún escritor, poeta, o ensayista tomen como modelo una escritura que se situó, hasta el final, en las antípodas del realismo y del mercado, de la significación y del discurso político. Ningún escritor cubano contemporáneo está dispuesto a canjear Anagrama por Garcia Vega; es un simple problema de valores económicos que también, en muchos casos, se traducen a valores estéticos.

La pregunta que se debería hacer es si Lorenzo García Vega podrá leerse fuera de su lectura del origenismo (su libro más citado sin duda alguna es Los Años de Orígenes), y como modelo de una escritura. Tengo para mí que Garcia Vega fue más que un negativo del origenismo o de Lezama, no solo porque su escritura lo demuestra, sino porque bajo esa fabricación autobiográfica quizás se esconda un tema literario.

A Lorenzo García Vega se le puede leer como el escritor que cumple la función del crítico que se acerca a mirar y ver qué pasa en el campo letrado. Pero no en su contexto abstracto (pienso por ejemplo en el opúsculo de Emilio Roig de Lauschering sobre el minorismo). Su escritura, o al menos parte de ésta, es un intento de volver visible los lugares que ocupan los gustos literarios, las generaciones, sus formaciones grupales, sus imágenes, y sus ordenamientos rituales. En este sentido Los Años de Orígenes es un libro útil para pensar algunos problemas críticos, y solo desde este lugar es que merece ser releído.

Hace apenas dos meses había quedado con el escritor cubano Fernández Fe, visitar al autor de Playa Albina, como sigilosamente nombró a la ciudad donde vivió sus últimos años (Miami), y que al final, por compromisos mutuos, no llegó a concretarse. Aunque vivíamos muy cerca, nunca lo llegué a ver. Eso da cuenta de mi distancia con su obra, a la cual, en su verbosidad sonora, nunca pude atravesar en su totalidad y siempre me generaba el dilema del lector. Tengo una idea de su tonalidad, si acaso vale decirlo de este modo, pero me distanciaba sus cajas sonoras y retruécanos. Me sentía más cómodo con su honestidad de narrar lo vivido o lo que simulaba a vida.

Quizás el poder de su escritura residía justamente en esa brutal honestidad de lo biográfico, y que ahora me lleva a recordarlo con su delantal de Publix, un supermarket norteamericano, donde trabajó hasta que fuese despedido por aceptar propinas (escribió varias veces sobre ello). Su escritura fue de gran envergadura, por donde desfila la biografía en serie (Espirales del cuje 1952, Los Años de Orígenes 1979, El oficio de perder 2005, Devastación del Hotel San Luis 2007). Como un fiel vanguardista, tallaba de cada evento de su biografía, un experimento de lo que podemos situar en los márgenes de toda literatura.

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Gerardo Muñoz
Mayo de 2012
Miami, FL.

3 comments:

Anonymous said...

bueno, justo, acertado... Yo también me quedé sin ese contacto. Cariños, G.

Anonymous said...

Gracias por recordarlo. Placencia.

Gerardo Muñoz said...

Gracias, G. Nos vemos por aca.
G