El título de esta nota puede prestarse a equívocos. Al
aludir al derrumbe, no aludimos al final del acontecimiento, sino precisamente
al ejercicio de articular su recomienzo. A la búsqueda nostálgica del pasado
oponemos la travesía de imaginar el futuro desde la memoria. La política de
esta mirada puede explorarse desde la obra del artista cubano Ezequiel Suárez.
Si tenemos en cuenta que Ezequiel no es un fotógrafo, y
que buena parte de su obra no se vincula a este medio específico, entonces la
serie “Nichos”, trabajada a lo largo de los últimos dos años, cobra aun mayor
relieve.
¿Por qué eligió el artista este medio fotográfico, y sobre
qué quiso centrar su mirada? Un artista que ha trabajado con materiales efímeros,
con la construcción de objetos comunes y de jergas locales, se abre paso a la fotografía
con un sondeo de algo que rebasa tanto el lenguaje como la materialidad de las
cosas. La fotografía, lo sabemos, es el medio par excellence de la eternidad. Es el espejo que, como veía Lukacs
a comienzos de siglo pasado, potencia su visibilidad.
“Nichos” es una serie de nueve fotos que muestra la
decadencia de pasadas utopías: edificios en ruinas, apartamentos vacantes,
rancias pancartas borrosas. Un barrio que pareciera una zona sitiada o una zona
en construcción abandonada. En cada una de estas fotos sentimos la duración del tiempo y de su peso sobre la cosas.
Si antes hablábamos de la cualidad eterna e inmaterial
propia de la fotografía, el gesto que impulsa Ezequiel en estas fotos es el
inverso. Él imagina que solo la fotografía es capaz de mostrar la desmesura del
tiempo, la arrolladora presencia y conquista de la naturaleza sobre la
edificación del trabajo del hombre. La fotografía, en todo caso, opera como
medio de documentación no solo de una historia, sino también como miniatura de
algo que encontramos al paso. (Estas fotos fueron tomadas desde el mismo
tránsito, mientras el artista viajaba en automóvil).
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Si Walter Benjamin describía a la ruina como imagen alegórica
de la Historia, “Nichos” decide canjear ese dictamen: esta imagen se resiste a
la alegoría y a la metáfora, al signo y a la elipsis, es un pasado en forma de
futuro. Fuera de toda retórica o de la lógica de los sentidos, “Nichos” trata
de encarar este problema sobre la temporalidad postcomunista.
Y es que las fotos que componen “Nichos” pudieran haberse
tomado en cualquier parte del mundo, pero irremediablemente fueron tomadas en
La Habana. Capital que ha atravesado la experiencia comunista más allá de los
anunciados fines de la historia, o de los deshielos de los países del Este. Isla
que ha sobrevolado por encima del glasnot
y de las nuevas izquierdas latinoamericanas.
Las ruinas del socialismo cubano, en ese sentido, se
diferencian de las ruinas del comunismo del Este. Y no hablo en nombre de sus
sistemas políticos, sino de sus representaciones. Si para las últimas, se
trataba de las ruinas de una historia postergada, estas ruinas son ya parte de
una historia del pasado, que se ha sometido a la clausura por el propio sistema
político y cultural de la isla. Las ruinas del pasado molestan no porque dejan
la huella del pasado en el presente, sino porque de alguna manera aun no
logramos salirnos del todo. Seguimos siendo partícipes de ella, cómplices de su
artificio.
“Nichos” es un intento de imaginar un comunismo que nunca
existió, o en todo caso que se ha extraviado. La recreación de sus restos por
parte del artista se asoma someramente por las formas arquitectónicas. Aunque
hay más: el vaciamiento de significado que guardan estas fotos – su lugar, su
procedencia, su contexto histórico – codifican automáticamente un afuera que
implica a todo espectador, y que lo convierte en testigo de una historia en
clave anónima.
No solo son secretos estos lugares, conforman un horror
al aire libre, la otra cara de los sitios de detención de los regimenes
autoritarios del siglo XX (de esto ha tratado “Joyas de la Corona”, de Carlos
Garaicoa). Estos espacios urbanos están a la intemperie. Y aunque no haya transeúntes
en sus bordes, no es difícil imaginárselos. Son ruinas habitadas. No es tampoco
el mundo de Chernobyl – otro de los espacios icónicos del Imperio Soviético –
sino zonas comunes de la ciudad caribeña.
Volvamos, entonces, a la pregunta inicial: ¿por qué la
fotografía para un artista que ha podido crear, hasta ahora, prescindiendo de
ella? Esta nueva serie de fotografías permite adentrarse en un mundo que ha
transitado por bruscos cortes sociales. En la fotografía, como práctica artística,
Ezequiel encuentra un lenguaje que hace posible mostrar ese corte en tanto
materia. Si sus obras anteriores se instalaban bajo una matriz lingüística, de
pura significación, estas fotografías son la contratara de aquellas. Prescindiendo
de los signos, solo queda aquí la imagen de sus escombros, los restos de una
historia de un comunismo por narrar.
En este sentido el comunismo aparece no como eternidad
sino como un paréntesis. Una larga detención que, además de ruinas, incluye
vegetación y descoloridos, formas utópicas y desolación, tapias y ladrillos. “Nichos” no intenta tampoco narrar con énfasis puesto en reconstruir un
pasado desde una mala memoria. Inclusive, no hay un gesto o
una mirada redentora sobre el pasado.
Esta distancia da por momentos la sensación de que se
pasa del pasado al futuro con la claridad de un lente. Así, la fotografía de una
ciudad que quiso ser solo futuro reaparece desde sus fragmentos como postales que
nos vienen de una tierra lejana. Tierra que quiso construir con otra lengua la
utopía hoy tal vez nos obliga a pensar los futuros.
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Gerardo Muñoz
Mayo de 2012
Gainesville,
FL.
*Este texto es
parte de una serie de comentarios que vendremos compartiendo sobre los cuatro
artistas cubanos que figuran en la exhibición Designing Post-Communism: recent political imaginaries in contemporarycuban art (Collage Gallery, Julio 6-Agosto 1, 2012).

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