Sunday, July 8, 2012

Postcomunismo y ostalgie: marcando diferencias


Recientemente tuve la oportunidad de terminar de organizar el proyecto curatorial titulado “Designing Post-Communism: recent political imaginaries in Cuban contemporary art” a partir de la obra de cuatro artistas cubanos contemporáneos (Hamlet Lavastida, Ezequiel Suárez, Filio Gálvez, y Rodolfo Peraza). Cuatro artistas que, desde las prácticas más variadas (fotografía, software digital, dibujo, obra conceptual), trabajan con los restos del imaginario comunista cubano, e incurren en ese relato a la manera de investigadores en la visualidad de un sistema que se legitimó, en parte, gracias a la estetización del poder. 

En un proyecto de este tipo, el discurso intelectual que lo sostiene, así como los conceptos que se manejan, son tan importantes como las obras mismas que pertenecen a la muestra. Por esta razón me ha parecido oportuno aprovechar las críticas más inteligentes y oportunas que ha recibido el proyecto para avanzar, a modo de réplica, algunas clarificaciones con respecto a los conceptos que han comenzado a circular como post-comunismo, regreso, diseño, u ostalgie.

Primero, me ha parecido curioso - escribo una palabra que encierra un estado de perplejidad intelectual y no un desánimo- que la muestra haya sido leída bajo el signo de la ostalgie. Menos curioso me parece, sin embargo, que esta línea de lectura haya sido avanzada por el profesor y músico Alfredo Triff, a quien tenemos por una afincadísima escritura y poseedor de una aguda entonación en su retórica. Solo por esto, vale discutir y abrir la polémica. En una primera nota titulada ¿Comunismo o Postcomunismo?, Triff cierra su texto con una "pregunta lukacsiana" [sic] en donde aparece con mayor claridad su crítica al proyecto: “¿es nuestro postcomunismo presa de una "falsa ostalgia?". 

A esta pregunta, Triff ha vuelto en otra nota en donde cuenta, ahora desde una retórica deconstruccionista, de la relación entre el post-comunismo y el regreso de la ostalgie. No hay que calentar mucho el asunto, por eso lanzamos la réplica desde ya: ¿es el comunismo una forma de la ostalgia, o se puede leer el comunismo una forma que se distancia radicalmente de eso que, desde el desplome del muro de Berlín, ha tomado el nombre de la ostalgie? Más allá de lo que yo piense de estos conceptos, me gustaría pensar la diferencia entre ostalgie y el post-comunismo a partir de las obras y el proyecto curatorial. Porque si algo opera justamente como base del proyecto de la muestra no es la de “volver” a la búsqueda de un pasado sin objeto, como suelen enmarcarse la ostalgie, sino pensar políticamente el relato comunista desde sus manifestaciones concretas.

¿Cuáles son estas manifestaciones concretas de los imaginarios comunistas? El discurso de Fidel Castro en la clausura del Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971, la puesta en juego a partir de un manual pedagógico de la educación cívica del hombre nuevo, restos de arquitectura protosovietica, y la profanación del cartel cubano en la serie de Filio Gálvez. Mientras que la ostalgie repite, en la acepción freudo-lacaniana de la repetición, por una necesidad del deseo fantasmático, las obras de “Designing Post-Communism” no repiten por un flujo de deseo, sino por la necesidad de reconstruir la gramática del relato comunista. En la ostalgie, el objet petit a del deseo fetichista busca el objeto comunista como goce, mientras que las prácticas artísticas de esta muestran pasan por la necesidad de comprender lo que fueron los legados visuales del socialismo. No creo que en ninguna de las piezas que figuran en la muestra de DPC podemos leer una articulación de fascinación o atracción por el objeto perdido del comunismo cubano. Y nunca ha estado perdido, ya que siempre estuvo allí. Tampoco extraviado, porque apenas lo hemos localizado en nuestras coordenadas simbólicas y discursivas.

No puede existir una “ostalgie” cubana porque la ostalgie no es una dimensión concreta histórica, sino una práctica ideológica que se origina de esos mismos países que no pudieron dar cuenta de su pasado. Una forma de complicidad con el olvido, diría Boris Groys. La ostalgie marca su “regreso” como forma de fantasmatizar aquello que no ha podido ser, como dirían los lacanianos, en la estructura simbólica de lo político. Esto es, a falta del signo post-comunista, aparece el fantasma de la ostalgie. Justo en ese punto yo marcaría la diferencia entre el post-comunismo y la ostalgie. Triff escribe en su nota más reciente titulada “El fantasma de nuestro postcomunismo”:

“el postcomunismo cubano no puede ser una condición temporal, desde el momento que en cuba impera un partido comunista dirigido por la primera generación de la revolución. Desde el punto de vista que he llamado platónico, en Cuba no hay postcomunismo. Para el susodicho, el comunismo pervive.”

Pero el post-comunismo no es conceptual ni “hipótesis ideal” platonista, como quiere Badiou y repite Triff, sino una condición histórica necesaria y permanente. (Esto habla de qué cuando Triff habla de comunismo piensa menos en su dimensión concreta del siglo XX que en las más recientes articulaciones fideistas de Badiou). El post-comunismo es, de hecho, y en este punto seguimos a Groys, una especie de base que condiciona todos los discursos culturales que hoy predominan en la esfera pública y que se presentan desde un marcado anti-universalismo (la deconstrucción, el giro ético, la tolerancia, los debates de la memoria, y desde luego la ostalgie). Como el comunismo o el capitalismo, el post-comunismo no ha ocurrido en abstracto (en "Idea"), sino en sus condiciones materiales y simbólicas a escala total.

El postcomunismo es, en este sentido, un síntoma global y no especificidad nacional. Por eso resulta inadecuado, desde esta definición, que Triff intente encontrar una paradoja entre el concepto del postcomunismo y la supuesta supervivencia de elementos del pasado comunista en el gobierno cubano actual. Ni el hecho que Fidel Castro este aun vivo, que el sistema de Partido Único siga teniendo congresos, o que sigan existiendo Comités de Defensa de la Revolución en cada cuadra, puede invalidar la llegada del post-comunismo tanto en su dimensión global como en su singularidad nominal cubana. Aun cuando se alza la bandera del comunismo o de un anti-imperialismo a destiempo, nadie puede ignorar que las élites habaneras y el poder cubano ha cambiado radicalmente a partir de 1989 y desde la entrada del llamado Período Especial.

Ahora bien, que el sistema político habanero siga portando los viejos símbolos del pasado comunista, no significa que nosotros no podemos ver el derrumbe y la opacidad que ha legado la condición del –post en la materialidad misma del poder. Podemos abrir el debate sobre el raulismo, pero este no sería el espacio para esa discusión. Lo me parece importante distinguir es que ni las élites se representan ya desde el comunismo, ni Cuba aparece como referente en ninguno de los debates de la izquierda o de los neo-marxistas contemporáneos* como referente activo de esa alternativa.

Las obras que figuran en DPC, herederas de aquellas otras producidas por el arte de los 80 en tiempo real del derrumbe, dan cuenta de las múltiples formas en que podemos debatir los imaginarios del comunismo cubano y sus entretejidos con el poder. No podemos dejar que una discusión que abre este debate sobre los legados del comunismo cubano se reduzca, de un plumazo, a un mero coleccionismo fantasioso de la ostalgie. Puede haber ostalgie - y no veo porqué no - pero también hay otras cosas.

Evocábamos la noción de destiempo, y creo que parte de la diferencia entre la lectura de Triff y la mía tiene mucho que ver con ese dispositivo que opera como a priori de nuestras miradas. ¿Qué quiero decir con la noción de destiempo? Al menos dos cosas. 

Por una parte, el hecho que artistas cubanos contemporáneos trabajen este concepto (el postcomunismo) a destiempo, es decir, luego que hayan transcurrido más de dos décadas del deshielo soviético. Por otra, el hecho que lo hagan fuera de tiempo, es decir, antes que el “comunismo cubano”, como lo llama Triff, haya completado su ciclo. Ciclo que, dicho sea de paso, no logro entender porqué Triff lo asocia necesariamente con la muerte de Castro. (Quien haya leído a Kantorowicz sabe que la simbología del poder no esta necesariamente ligada al deterioro físico del cuerpo del monarca). En ambos niveles lo que se pierde de vista es que la tarea de poder pensar en conjunto la temporalidad de las prácticas artísticas que surgen en Cuba y las transformaciones geo-políticas y culturales de la globalización. No hay razón porqué no pensar que la producción artística y sus referentes políticos tienen que estar en sincronía con los trends globales. (Un ejemplo basta: que la generación del arte de los 80 haya estado a destiempo con el arte social latinoamericano, por ejemplo, no invalida su innovación en el tiempo real y en el contexto de La Habana de finales de los 80). 

De todas formas no estaría de ningún modo descontento en admitir el destiempo de estas prácticas. Todo lo contrario, diría que lo hace interesante el trabajo de un Hamlet Lavastida o un Rodolfo Peraza, es justamente estar a destiempo con ese imaginario (pasado y futuro), y desde allí poder pensar el relato y los símbolos comunistas que otros discursos de la cubanidad intentan escamotear y despolitizar.

Por eso cuando Alfredo Triff nos da a escoger, como si estuviésemos en la csica escena de The Matrix con las dos pastillas de distinto color; en una mano la del post-comunismo y en la otra la del comunismo, no tenemos porque elegir una sobre la otra. (En todo caso diríamos como Zizek: “I want the third pill!”). Lo que quiero decir es que el post-comunismo no remite a un cierre, sino a un reconocimiento de un pasado que se proyectó como totalidad y como futuro absoluto. ¿Podemos pensarnos sin él?

Nuestro gran desafío – me solidarizo con Triff en el uso del plural que tiene la esperanza de pensar una comunidad – consiste en pensar ese relato, más allá de figuras fantasmáticas, y de proyecciones a lo “eastern”, como lo ha venido criticando elocuentemente Iván de la Nuez. En pocas palabras, ¿podemos nosotros desarrollar un pensamiento que tome en cuenta el proceso del comunismo sin sucumbir a los debates de la despolitización o de un discurso de derechas? El post-comunismo es desde donde miramos el acontecimiento real del comunismo, y desde donde podemos indagar en una reevaluación de ese proyecto. El debate ya está abierto, y para ayudarnos a pensarlo están las obras de estos jóvenes creadores. Y por supuesto, también está la escritura y el pensamiento de Triff.


*Para que se tenga una idea de lo que hablo, cito esta tajante aseveración de Susan Buck-Morss, uno de mis referentes intelectuales, y quien tengo por una de las más profundas figuras del neo-marxismo contemporáneo: “There is no space today where the Left has a home, not even in Cuba or China, where lack of democracy corrupts the socialist goals. A real problem for the Left is the fact that there is no geographical base outside of global capital –“(p.122. Thinking Past Terror: Islamism and Critical Theory on the Left). Creo que nadie discutiría que esta opinión es sintomática de buena parte de la izquierda actual.


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Gerardo Muñoz
Julio de 2012
Miami, FL.

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