Friday, August 24, 2012

El Kafka de Martínez Estrada

Es la opinión de José Pablo Feinmann que Ezequiel Martínez Estrada sostuvo un largo reposo durante el peronismo, para solo luego despertarse en 1956 y escribir ¿Qué es esto? Catilinaria, sin dudas el libro más virulento y completo que se escribió contra el fenómeno de masas de la nueva política argentina. Haber estado dormido durante estas décadas es una buena metáfora para comenzar a hablar de Martínez Estrada y su relación con Kafka, a quien lee por estos años y ajusta en su producción literaria. El propio autor de La cabeza de Goliat llega a confesar en su tardío “Apocalipsis de Kafka”, que le debe a Kafka la sensación de haber salido de un sueño. No hay razones para no pensar que ese sueño fue, para Martínez Estrada, la pesadilla peronista.

En realidad no hubo tal sueño en Martínez Estrada, si tomamos a Kafka como la figura política que le proporciona los códigos para hablar de la política sin remitirse explícitamente a ella. Los relatos son conocidos: “Marta Riquelme”, “Examen sin conciencia”, “La inundación”, “Sábado de Gloria”. Relatos escritos como breves formas paradojales que, como ha visto Andrés Avellaneda en su clásico estudio, codifican la escritura anti-peronista.

Kafka para Ezequiel Martínez Estrada dejaba de ser el escritor metafisico o teológico que leyó Borges y algunos lectores de las primeras décadas del siglo, para convertirse en un escritor político, en una escritura del desterrado, metáfora no solo del exiliado de lo nacional, sino del que busca vivir ajeno al fenómeno de masas. Solo Anderson Imbert, en un ensayo de 1988, habló del modelo político de Kafka en Martínez Estrada como instrumentación de su crítica del peronismo, como modelo letrado de resistencia al régimen militar [sic] del “General Perón”. En entre líneas podemos citar lo que escribía Martínez Estrada en aquel ensayo:

“En mi situación de expatriado, agobiado de achaques y nostalgias, merced a las revelaciones de Kafka, siento que soy, por temperamento y destino, mucho más judío de lo que más o menos barruntaba, y su obra se me aparece iluminada por una luz más clara y cenital que cuando me ocupé de él hace muchos años… solo entre sus semejantes en razón de poseer ojos nictálopes, hasta adquirir conciencia de que había sido condenado y arrojado fuera de su época y su país, por un tribunal inexistente y en un proceso de indicios y pruebas fantasmagóricas”.

La propia ambigüedad del universo de Kafka dio lugar a todo tipo de apropiaciones literarias a lo largo del siglo veinte, y en América Latina aun está por estudiarse el “factor Kafka”, para hablar de la dialéctica entre literatura y política, entre escritura y nación. Una investigación futura sobre los contenidos políticos de Kafka pudiera revelar una teoría del uso literario, más allá de la repetida teoría de la “literatura menor” que ha impuesto el famoso estudio de Deleuze y Guattari para pensar la politización de Kafka.

Lo curioso es que, desde luego, para Martínez-Estrada, la escritura de Kafka fue entendida como un devenir menor, como transformación imperceptible, o como en su propia vida, vigilia durante los dos términos peronistas. Pero no hay dudas que el Kafka de Borges, o bien el que impuso la política modernista de Sur, o el rescate animal-fantástico de Julio Cortázar o Antonio Di Benedetto, está lejos de ser instancia la minoridad que quería Deleuze y que codificaba Martínez Estrada avant la lettre.

Comparando el campo letrado argentino con el cubano, inmediatamente se revela otra dimensión política a los usos de Kafka. No solo por la publicación de Virgilio Piñera en Orígenes “El secreto de Kafka”, sino por los usos que escritores posteriores como Calvert Casey o Severo Sarduy llevaron a cabo en la primera etapa de sus creaciones literarias. Cuentos como “El Regreso” y “El torturador”, escritos en los primeros años de la Revolución, dan cuenta de otra articulación política de Kafka: no el Kafka expatriado de Martínez Estrada, sino el que podía ofrecer un modelo alegórico para representar las torturas durante la dictadura de Batista. El modelo kafkiano para estos dos escritores, en reverso, fue útil para legitimar el acontecimiento revolucionario del 59, así como para construir una parábola del horror pre-revolucionario.

Con la generación de escritores nucleados en la importante revista Diáspora(s) de la década del noventa, Kafka volverá a ser entendido en signo menor, para ser leído a contrapelo de la dominación del Estado y de las formas de vigilancia que impone un régimen autoritario de izquierda. Kafka se transforma en gesto profano contra toda norma cultural nacionalista o comunista. El uso de Kafka – de Martínez Estrada a Diáspora(s) – dibuja un zigzag político, una especie de figura oculta que redirige poéticas y escrituras, formas de réplica literaria frente a múltiples realidades políticas. 
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Gerardo Muñoz
Agosto de 2012
Gainesville, FL.

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