Tuesday, August 28, 2012

Kafka político: el teatro de Oklahoma


Walter Benjamin y Hannah Arendt, casi no hace falta decirlo, fueron dos de los más profundos lectores de la obra de Franz Kafka. Además de su importante ensayo a propósito del aniversario del autor de El Castillo, Benjamin refiere a Adorno su situación política durante  la llegada del nazismo con cierta aura kafkiana. El hecho de no haber podido cruzar la frontera de Portbou deviene en una forma extrema de la parábola “Ante la Ley”. Hannah Arendt, por su parte, escribió en 1946 el ensayo “Franz Kafka: Appreciated Anew”, en donde ya avanza in nuce varios de los rasgos del totalitarismo, como el burocratismo y la moral pública, que luego trabajará en libros como Orígenes del Totalitarismo o Eichmann en Jerusalén.

Para ambos pensadores, era impensable pensar los límites de la modernidad sin antes pasar por la obra de Kafka, ya que allí se codificaba tanto el mundo enajenante de la mercancía capitalista, así como la burocratización de la actividad social. Sin embargo, como parte de la comprensión dialéctica moderna, tanto Benjamin como Arendt intentaron de ver en Kafka además de alienación y burocratismo, cierta potencia de emancipación, como muestran sus lecturas en torno al “Teatro Natural de Oklahoma”, capítulo que da cierre a la novela inclusa Amérika. Benjamin, por ejemplo, escribe en su ensayo que el teatro de Oklahoma es la forma por la cual Kafka resuelve las aporías de sus dos novelas previas (El Castillo y El Proceso). El personaje kafkiano pasa de la anonimidad “K” al nombre propio de “Karl Rossman”. Oklahoma es la posibilidad mesiánica, el Haggadah, mientras la topografía del Castillo, no es otra cosa que el sigilo del Halachah.

Hannah Arendt, trabajando esta tesis de Benjamin, fue más allá, pues leyó el Teatro de Oklahoma como el espacio de una nueva ciudadanía cosmopolita, capaz de activar esa patria de todos en donde la figura del paria encuentra cierta integración y sintonía con una posible comunidad utópica. Para Arendt, el Teatro de Oklahoma se oponía a la imposibilidad de acceso que K se había enfrentado al llegar al área del Castillo o a la dispersión legalista de El Proceso, y escribía: “En el Teatro de Oklahoma logra jugar su papel, en lo que él o ella deseen. Jugar un papel es la solución al conflicto entre el mero funcionario y el mero ser”. Así, el Teatro de Oklahoma, a la manera del futuro que veía Deleuze en uno de sus últimos ensayos sobre Bartleby, se transforma no solo en el reverso de las fantasmagorías en donde deambula K, sino en la topografía de un nuevo futuro político.

Las lecturas políticas de Arendt y Benjamin sobre el teatro de Oklahoma, sin duda se debieron a varias interpretaciones erradas que explicitan los límites históricos de sus investigaciones sobre Kafka. Primero, Benjamin y Arendt, en el momento en que escribieron sus ensayos ignoraron que Amérika en realidad no fue la última novela que escribiera Kafka, sino todo lo contrario, una de sus primeras. Esto invalida el argumento que entiende una progresión desde K hasta Karl Rossman en tanto la realización de comunidad. Por otra parte, ambos no comprendieron el trabajo de archivo que Kafka había llevado a cabo en relación con documentos y archivos fotográficos sobre la historia de Estados Unidos. El hecho que Kafka haya escogido un espacio como el de Oklahoma para concluir su novela no es del todo azaroso; como tampoco se puede reducir este sitio americano a una teleología redentora.

Kafka trabajó la escena del Teatro de Oklahoma desde materiales fotográficos de la época, en particular el libro de Arthur Holitscher America Huete und Morgen publicado en 1912. Es interesante pensar la razón por la cual Benjamin, sin lugar a dudas el más importante pensador de la imagen moderna, no haya analizado la función de la fotografía en el capítulo de Oklahoma. Pues la fotografía no solo fue documentación para su novela, sino que reaparece como signo cultural de cierta importancia. Hacia el final de Amérika la pérdida del retrato familiar que Rossman guardaba en su valija como su único talismán, deviene en importante signo de la textura narrativa. Ya en una escena posterior dentro del recinto de carrera, el extravío de la imagen familiar tiene como correlato la presencia de la imagen fotográfica del asesinato del Presidente Abraham Lincoln en el Teatro de Washington que llega a manos de Rossman.

La imagen del asesinato de Lincoln por Booth en el teatro de Washington se puede leer como una alegoría del teatro de Oklahoma mismo; ya no como espacio de emancipación política, sino también un sitio atravesado por el magnicidio y la violencia. Como en efecto ha sugerido Howard Caygill, entre las fotografías americanas que Kafka poseía para construir el espacio del Teatro de Oklahoma, se incluye una en donde aparece un negro ahorcado en manos de varios supremacistas blancos. Así, el hecho que Karl Rossman se otorgue el nombre de “Negro” al entrar al Teatro, hace pensar que la topografía americana es más ambigua y menos estable que lo que pensaron tanto Arendt o Benjamin.

Oklahoma, en lugar de ser sitio de sublimación comunitaria, tiene que ser problematizada como un espacio en tensión, marcado por la exclusión y la violencia, la raza y la pertenencia, espacio atravesado por modos de la dominación del pasado y el presente.

Esta lectura del Teatro de Oklahoma estaría más cercana a las interpretaciones postcoloniales que varios críticos han visto en el relato “En la colonia penitenciaria”, en donde Kafka construye un espacio de negociación con los límites y la exterioridad de la modernidad.

El Teatro de Oklahoma es quizás el espacio político central para  pensar y leer a Kafka. Oklahoma, si bien comunidad en potencia, no logra articular ese happy-ending, como tampoco demuestra, a la manera del realismo o la literatura de denuncia, una instancia de la violencia. Oklahoma es, ante todo, un momento de negociación dialéctica, en donde la emancipación y el pasado de violencia encuentra su zona de indeterminación.

Aunque en posiciones opuestas, tanto el argumento de Arendt, en defensa de la redención utópica kafkiana, como el de Lukács, sobre la inscripción nihilista kafkiana del mundo burgués, encontramos sus límites en la codificación política concreta e histórica de la escritura de Kafka. En este sentido solo Adorno en Minima Moralia fue más allá a la hora de pensar Oklahoma como sueño dañado e imposibilidad misma de la realización concreta de una comunidad:

“Es por esto que incluso los sueños más bellos se encuentran de alguna forma dañados. No hay mejor descripción de esta experiencia que la que encontramos en el Teatro Natural de Oklahoma de Kafka”.

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Gerardo Muñoz
Agosto de 2012
Gainesville, FL.

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