Thursday, September 27, 2012

El Princeton de Fitzgerald

En las últimas semanas – en el último mes, para ser más preciso, ya que de temporalidad es que se trata – la escritura en este espacio se ha visto largamente interrumpida. La interrupción no como abandono, sino como una forma de hacerla una con el tiempo. Ajustarla a ese nuevo espacio que lleva de nombre Princeton y que aparece y desaparece en la deliciosa primera novela de Scott Fitzgerald This Side of Paradise (1920), mezclando experiencia y lectura, atención y cansancio, aunque siempre se puede terminar por encontrarse en ambos lados (realidad y lectura) no pocos matices.

No encuentro mejor lugar para elucidar el momento temporal en el cual habitamos (el plural denomina, toda una totalidad de la cual no podría dejar de ser parte, una comunidad efímera: la de los recién-llegados): “Oh, at Princeton you got to swallow everything the first year. It is like a damned prep school”. Cosas de primer año, y con el tiempo, solo espero que incluso esta nota no sea otra cosa, sino eso. 

Recupero de ese momento en Fitzgerald no tanto la entonación del regaño, sino la experiencia de un comienzo. En otras palabras, el comienzo como una repetición, como algo consagrado en el pasado y que aparece, en el momento exacto y a su vez imposible, de un presente que siempre escapa. La temporalidad, como pensaban de distintas formas Blanqui y Nietzsche, tiende a la recurrencia, a la extraña sensación de lo vivido. Eso quizás implica, en un gesto que arriesgo la máxima simplificación, estar a des-tiempo con el presente.Y solo de esa manera estar de vuelta (en la escritura...).

¿Cómo escribir ahora, sin tiempo, del que no solo disponíamos antes, sino que estábamos inmersos? ¿De qué forma escurrirse en una nueva temporalidad que tiende reorientar la escritura hacia otros lugares? ¿Cuál será la relación entre escritura y tiempo desde la intemperie de las “flat Midlands” de New Jersey, caminando a lo largo, siempre en dirección única, sobre la calle de Nassau, cruzando Labyrinth Books? Preguntas que, más que para ser respondidas, están hechas para esbozar un mapa de roces. Otra vez: trato de abordar tiempo y escritura.

Para Fitzgerald, Princeton no era una figura de un tiempo escurridizo, o de un tiempo secuestrado por las energías ebrias del presente, sino todo lo contrario. A diferencia de una gran ciudad (pone de ejemplo a Harvard, de la cual dice “a city for bostonians with affected accents”), Princeton era más bien un lugar de tiempo lento, hecha de silencios y desiertos alegóricos. Un lugar de nadie: entre "el feo Trenton" (sic) y los suburbios de Nueva York. 

Escribiendo simultáneamente a la vez que Walter Benjamin escribía sus ensayos de la década del veinte definiendo, a través de sus investigaciones sobre el siglo XIX y Baudelaire, la encantamiento del mundo burgués y la alegoría del valor-cambio del a mercancía, Fitzgerald imaginaría una universidad colmada de luces y sombras con la fina delicadeza de quien pretende explicar la detención del tiempo y el paisaje, el aburrimiento encantador y el tumulto por lo deportes, los espacios arquitectónicos y la rivalidad estudiantil. Princeton como cosmogonía de una experiencia temporal que admite la simultaneidad incesante, un sistema casi eclesiástico, que el autor del Gatsby describiría así: 

“Princeton of the daytime filtered slowly into his consciousness – West and Reunion, redolent of the sixties, Seventy-nine Hall, brick-red and arrogant Upper and Lower Pyne, aristocratic Elizabethan ladies not quite content among shopkeepers, and, topping all, climbing with clear blue aspiration, the great dreaming spires of Holder and Cleveland Towers....[...] From the first he loved Princeton – its lazy beauty, its half grasped significance, the wild moonlight revel of the rushes, the handsome, prosperous big-game crowds, and under it all the air of struggle that pervaded his class. From the day when, will-eyed and exhausted, the jerseyed freshman sat in the gymnasium…that breathless social system, that worship, seldom named, never really admitted, of the bogey “Big Man”". 

Fitzgerald vio en el Princeton de la década del veinte no solo una atmosfera aristocrática que luego satirizará en su impecable estilo, sino una forma del snobismo cultural norteamericano. Poco o nada tiene que ver el Princeton contemporáneo con aquel que describía Fitzgerald en 1920. Ni los deportes ni esas lunas románticas, (aunque quizás si algo quede del ese gesto aristócrata elibazabelino se encuentre entre algunas damas, pero este es, entre otros, un tema que desborda el fin de este breve apunte), ni tampoco los muertos de la Primera Guerra Mundial que se había llevado casi el cinco por ciento de los colegas del curso de 1917. 

Otras cosas siguen allí: East-Pyne y su impresionante cuarto de lectura Chancellor-Green, así como buena parte de la arquitectura histórica. Lo que nos separa del Princeton e Fitzgerald, a poco menos de un siglo, del nuestro no es ni el espacio ni las cosas, sino la forma de como habitar el tiempo.

Ya no hay temporalidad signada por una aburrida y lánguida pereza ni para las contemplaciones: Princeton es un constante continuo de lenguajes y conferencias, escritores y profesores, libros y brindis, tesinas y filmes. Atravesados por la exigencia de un tiempo que, volviendo una vez más al inicio, vuelca toda la tensión entre lugar y escritura, entre pensamiento y estilo. 

A contrapelo de la fluidez de los llamados nuevos medios, se puede decir que desde esta nueva geografía este tipo de escritura fragmentaria pudiera tomar formas de potencia el pensamiento, de recuperar un espacio frente a esa inundación. Este estar fuera del tiempo no solo pone en riesgo a la escritura (no es lo mismo que el estar fuera de la escritura, a la manera de Blanchot), sino al acontecimiento mismo de poder articular una tonalidad y recobrar, en lo posible, ese balbuceo tan ininteligible como el de un instante olvidado – y así mismo recobrado – de la juventud de comienzos de siglo.


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Gerardo Muñoz
Septiembre de 2012
Princeton, NJ.

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