Thursday, October 18, 2012

Alberto Lamar Schweyer y el futurismo

En el mismo año que se publica su primer libro Los Contemporáneos: ensayos sobre literatura cubana del siglo (Editorial Los Rayos X, La Habana, 1921), el joven Alberto Lamar Schweyer escribe para la revista habanera El Fígaro uno de los textos menos conocidos de la recepción del futurismo en América Latina.

Titulado “Los fundamentos lógicos del futurismo”, el texto ataca a Marinetti, argumentando que Gabriel Alomar fue realmente el creador de la sensibilidad futurista, y ofrece una lectura excepcional contra este movimiento. Si se le compara con ensayos sobre el tema de escritores como Rubén Darío o José Carlos Mariategui, sorprende aun mucho más que el autor de La Roca de Patmos haya escrito contra el futurismo sin adoptar una postura en defensa de los valores de la tradición.

Si José Carlos Mariategui rechaza el futurismo por razones estrictamente políticas en “Aspectos viejos y nuevos del futurismo” (1921) – “Y ni siquiera podía llamarse legítimamente futurista, porque estaba saturado de sentimiento conservador, malogrado su retórica revolucionaria” – Lamar Schweyer también se opondrá al futurismo aunque por razones estéticas, matizando el problema de la innovación. El futurismo tiene sus límites, según Lamar, no por el desprecio a la tradición y a la transformación total del espíritu moderno, sino justamente por no haber roto del todo con ese espíritu de su momento.

Recordando a Comte en la ciencias sociales, a Einstein en la física, o a Le Bon en la filosofía política, Lamar explica que el futurismo en realidad no es una “ruptura” como tal, ya que la base epistemológica que atraviesa al siglo es, en todos los campos del saber, aquella que supera las condiciones mismas de la tradición y sus discursos. La Modernidad es desde un inicio futurismo y ruptura, transformación y novedad, negación y destrucción.

Imposible innovar en un espacio que a priori es un sitio de constante quiebre. El futurismo, entonces, no debería ser leído como una ruptura en el seno del mundo moderno, sino más bien como “un principio que es completamente lógico”. Casi como un marxista ortodoxo, Lamar entendió el discurso futurista como una mera reflexión estructural de los cambios en la base epistemológica y material de su momento: “Si todo ha cambiado de un modo tan radical, es lógico que la poesía se modifique también”.

La novedad que condensa este argumento es aun mayor si recordamos que Alberto Lamar Schweyer, joven miembro del Grupo Minorista y acusado de “gran traidor” por Carpentier décadas más tarde por su colaboración con el régimen de Gerardo Machado, es considerado por la historia literaria cubana como un escritor reaccionario. Solo habría que recordar su defensa a las dictaduras latinoamericanas en Biología de la democracia (1927) o su último libro Francia en la trinchera (1940), donde tantea con una posible dictadura francesa para contrarestar a Hitler, para situar a Lamar a la derecha de las ideologías políticas. Sin embargo, en cuanto a la esfera estética, el joven Lamar estuvo más cercano de la izquierda que de la derecha.

De hecho para Lamar Schweyer, el futurismo tenía poco que ver con la verdadera poesía del futuro, de la cual Lamar conjura una hipótesis: 

“No será, ciertamente, la que sueña Marinetti, el loco de Milán; no será la poesía del movimiento, de las revoluciones, la poesía convulsiva…Será una poesía menos emotiva que la hasta hora han practicado clásicos, románticos y modernistas, habrá en ella una gran dosis de optimismo y mucha reflexión. La poesía “social” nacida con la muerte del decadentismo es un gran paso de avance. En la poesía futura hablarán las grandes masas; el sentimiento, más que personal, como en la poesía decadente, será colectivo, pues reflejará las aspiraciones de toda una clase”. 

Esta receta pudiera haber sido suscrita perfectamente por un defensor de la teoría del reflejo en el realismo como Georgy Lukacs, o bien por los poetas de la década posterior como Regino Pedroso, Manuel Navarro Luna, o Félix Pita Rodríguez. Tomaría pocos años para que Lamar Schweyer, delineara su programa político desde la derecha: el problema en Biología de la democracia ya no es, como en la poesía del futuro, una puesta en escena de las masas, sino el actor político que solo el autoristarismo puede transformar al orden.

El futuro de la poesía social que vaticinaba en este texto de 1921 toma la forma del modelo al que luego Lamar Schweyer replegaría contra cualquier posibilidad democrática: “La democracia es una palabra sin sentido, que deriva en una demagogia…la libertad es un sueño irrealizable dentro del espíritu del desorden”.

Hay que tomar en serio la aseveración de Slavoj Zizek que, quizás siguiendo el remedio de Platón en La República, advierte que detrás de cada poeta se esconde un deseo de pureza, y por lo tanto un gesto en pro de la exclusión política. El supuesto cambio de Lamar de la izquierda a la derecha no es tal si entendemos la inscripción de ese síntoma (el fenómeno de masas) como la base de su proyecto anti-democrático. Lo que en la esfera del arte pareciera un augurio de emancipación se articulará luego como una solución política (Biología de la democracia compone el modelo ideológico, mientras que la masacre de los obreros en la novela Vendaval en los cañaverales explicita las formas de la dominación).

Pero tampoco allí habríamos de leer un futuro, es decir, una ruptura con el estado actual de las cosas en su temporalidad histórica. Como ha enseñado Benjamin, la verdadera historia de los oprimidos, de aquellos sometidos a la dominación o bien a la exclusión de la democracia, no es en modo alguno la excepción, sino la regla que sedimenta los vientos progresistas del futuro. Por lo tanto, es una contradicción que esa “lógica” que Lamar pudo leer tan bien en la esfera artística del futurismo, haya sido a su vez ignorada en el terreno de la dominación política.


______ 
Gerardo Muñoz
Octubre de 2012
Princeton, NJ.

1 comment:

José María Souza Costa said...

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