Sunday, September 30, 2012

El Bolchevismo literario del momento

Para la generación de escritores norteamericanos de la primera década del siglo veinte que estudiaban en la Universidad de Princeton, no cabe dudas que el mayor contacto literario fue con el poeta inglés Alfred Noyes quien, luego de un breve viaje a los Estados Unidos en 1913, terminó por enseñar casi una década en el departamento de literatura inglesa de esa universidad. Entre algunos de sus estudiantes figuraban Scott Fitzgerald, Edmund Wilson, John Peale Bishop, Henry Van Dyke, por tan solo citar algunos de los nombres que aun recordamos. Aunque la antología A book of Princeton verse (1916-1919) es muy heterogénea y plural en tanto estilos y tonalidades como para hablar de un grupo poético, lo que si se puede decir es que el proyecto literario de Noyes fue hacer una renovación en la versificación, como grado cero del arte, sin pasar por los experimentos que paralelamente venían construyendo los poetas del modernismo ingles como T.S. Eliot o Ezra Pound.

La escuela de Noyes podría ser pensada, recordando la definición que el estudioso francés William Marx ha elaborado recientemente en Les arrière-gardes au xxe siècle, como una estética de la retaguardia. Esta figura fija su mirada en el pasado y a diferencia de la vanguardia que buscaría innovar a nivel formal y mirando hacia el futuro instalando una marcada ruptura con el pasado y la tradición, según Marx posibilita una manera de analizar a escritores también situados en el centro de la Modernidad pero que intentaron de volcarlo en un espacio de creatividad asimilada, donde lo nuevo estuviese atravesado a su vez por el habla de las tradiciones.

Lo curioso es que para Alfred Noyes, la vanguardia no solo eran los contenidos ni organicidad de un grupo (o los manifiestos), sino cualquier rompimiento formal de la estética. Así, se puede verificar que la poesía que Noyes respetaba era aquella que empleara rimas, secuencias lógicas entre imágenes y tropos clásicos, y una voz poética neutra. Como confesaba Fitzgerald en su biografía, Noyes intentaba de recuperar una idea de poesía “no difícil” (sic), tomando como modelo central en lengua inglesa a Tennyson y los poetas isabelinos. Para Noyes, cualquier tipo de desvío de las formas de la armonía y de la concatenación lógica de las imágenes, resultaba un experimento no solo incongruente, sino de caos y fracaso poético, que el poeta terminó llamando, en clave geopolítica de su momento, un “bolchevismo literario”. Aunque originalmente ya articulaba esta idea en una conferencia leída en Princeton titulada “Bolshevism in Literature: Some Aspects of Modern Poetry” (1920), Noyes argumentaría en un artículo contra el Ulises de Joyce en 1922 publicado en Sunday Chronicle:  

“I have recited the case of this book (Ulysses) because it is the extreme case of complete reduction to absurdity of what I have called the “literary Bolshevism of the Hour”. It can do little harm, however, because the police are, on the whole, circumventing our pseudo-intellectuals. It still remains that copies of Mr. Joyce’s book are being smuggled into the country to find purchasers at five guineas apiece. But what concern us all, and most urgently demands consideration, is the appalling fact that our Metropolitan criticism should have been treating such works as those of Mr. Joyce seriously as works of genius at the very moment when journal after journal is helping to depreciate the value of some of the noblest pages in our literary history”. 

Fuera de los vituperios y del claro instinto tradicionalista de Noyes, lo que merita ser pensando es la manera en que un conservador literario como Noyes le pareciera que el propio Modernismo fuese una fractura total de la tradición, cuando en realidad, a distancia de la vanguardia italiana o soviética, tanto la obra de Joyce, como la de Eliot, Valery, o Pound, consistía en la innovación a través de la recuperación de ciertas formas literarias del pasado (la poesía provenzal en Pound, los poetas metafísicos en Eliot, o el ideal renacentista en Valery).

Para Noyes, lo que el terminó llamando el “Bolchevismo del momento” no respondía necesariamente a una ideología política, sino a una transformación formal que encontraba su intoxicación a través de mezclas entre géneros y formas artísticas, tradiciones contemporáneas y clásicas, uso indiscriminado del verso libre y el léxico fragmentado, o bien la inmanente indeterminación entre la continuidad aristócrata y la ruptura de cierto cosmopolitanismo.

T. S. Eliot recordando este triste incidente durante la década del treinta, aunque sin aludir a Noyes, cuenta la extraña sensación que le causó haber sido rotulado por la crítica como “Bolchevique literario”, puesto que este epíteto, ni en términos político ni vanguardistas, describía propiamente el trabajo que habían llevado a cabo los modernistas. Una figura como Noyes - y esto es quizás lo más interesaría resaltar – tiene el mérito de generar una problematización de la historia literaria que obligue a repensar las categorías y binomios que han dividido la historia entre antiguos o modernos, tradición y ruptura, o como en ya la citada reciente propuesta de Marx, entre vanguardia y retaguardia.

Segundo, el ‘Bolchevismo literario’ nos hace volver a la relación entre vanguardia y política, y en un nivel más general, entre los modos en que el momento político aparece como imagen para instalar un discurso negativo sobre el arte, así como para desligar la tendencia de cifrar una política del arte a una forma estética específica. En su insulto a Joyce y al grupo modernista, Noyes propone no tanto una división entre ideologías, sino un espacio para pensar esta diferencia como instancia de toda relación literaria del discurso, es decir, desde donde se pueden leer las inscripciones ideológicas en la literatura. El campo de las ideologías en este caso, quedaría siempre desfasado por la distancia desde donde sea leído.

En otra parte de su ensayo, Noyes traza un paralelo con el Bolchevismo real, ya no evocado como una simple transposición del discurso: “…it is interesting to note that in Bolshevik Russia has recently been declaring that Dickens is more dangerous than Denikin – are indications of a destructive spirit which may lead us far along the road to barbarism”. 

Así el bolchevismo se puede entender como correlato en el arte de ese barbarismo político que había acontecido en 1917 con la Revolución en Rusia. Y esto explicaría porqué, aunque políticamente conservadores y literariamente influidos por formas del pasado, el rompimiento literario del Modernismo Inglés ante Noyes, tenía la misma composición de una revolución social en la esfera del arte y de la cultura: transformar la república de las letras en una comuna de la destrucción.



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Gerardo Muñoz
Octubre de 2012
Princeton, NJ.

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