Monday, October 22, 2012

Lamar Schweyer entre el espíritu y la excepción

Las contradicciones que estructuran el pensamiento del intelectual cubano Alberto Lamar Schweyer lamentablemente han sido analizadas dentro de un marco intelectual que de partida, más que discutir sus ideas, impone una imagen que impide el análisis. Aunque aun está por escribirse una monografía sobre este injustamente olvidado intelectual, de los pocos trabajos que circulan en la historiografía cubana, las aproximaciones no han logrado problematizar las complejas inscripciones políticas o estéticas que atraviesan toda su obra. Es difícil, y a su vez siempre una tentación, definir los la posición ideológica de Lamar sin antes especificar las categorías analíticas que manejamos para hacer legible su pensamiento político. 

Tal es el caso por ejemplo de Alina López Hernández quien en un ensayo sobre la obra de Lamar escribe que “El exilio lo llevó a recorrer varios países, sobre todo europeos, en una etapa en que proliferaron regímenes fascistas en este continente, sin embargo – paradoja inexplicable – Alberto Lamar no simpatizó con estos gobiernos totalitarios, los equiparaba contra toda razón al “comunismo ruso”. Su experiencia en Francia, le hizo admirar al gobierno profascita de Petain en Vichy…” (1).

Sobre la atmosfera bélica que daría lugar a la Segunda Guerra Mundial, Alberto Lamar Schweyer publicó una serie de artículos en un folleto titulado Francia en la trinchera (1940). Si bien es cierto que Lamar se distanciaba del totalitarismo fascista de la Italia de Mussolini y de la Alemania de Hitler, así como del comunismo soviético, no se puede afirmar, a partir de este libro, que Lamar Schweyer defendiera el régimen protofascista de Petain en Francia. Primero – parece una obviedad – pero habría que recordar que Lamar escribe en la antesala de la Guerra y de la invasión alemana en Francia, y su escritura se preocupa más que todo por llevar a cabo una defensa de los valores “espirituales” de la nación francesa.

Muy parecida a la visión sobre Francia que Nietzsche había articulado décadas antes (y desde luego, fue también autor del importante libro sobre el filósofo alemán La palabra de Zarathustra), Lamar ve en el espíritu francés el último gran bastión de la defensa moral y espiritual de los valores europeos. Pero a diferencia e Nietzsche, según el cubano, el espíritu latino no solo es importante para el futuro de Europa, sino también para el devenir de las naciones de América Latina: 

“…América observa los vaivenes de la actual lucha europea, igual que los antiguos augures seguían la ruta de las aves sagradas…De ahí que los destinos de Francia se vinculen a nuestro destino y que América siga, a través de sus hombres de pensamiento, con angustia muy íntima, el desenvolvimiento de esta nueva guerra que no es sino la prologan de la anterior…Francia ha estado siempre vinculada al espíritu americano. A París iban a educarse los criollos privilegiados, cuando todavía el régimen borbónico mantenía todos sus fueros” (p.6-7).

Los textos reunidos en Francia en la trinchera no son por la tanto una defensa de Petain ni mucho menos una muestra de lo que intuitivamente pudiéramos haber entendido como un posicionamiento fascista por parte de Lamar Schweyer en la hora de los enfrentamientos nacionalistas. El frente francés fue leído por Lamar como una crítica a los dos sistemas que dibujaban la encrucijada política europea (el totalitarismo y la democracia).

El totalitarismo y la democracia, formas imperfectas de gobierno, son contrapuestas en Lamar por una defensa de la monarquía moderada en el contexto europeo, y que a su vez tiene como extensión la defensa del espíritu nacionalista latinoamericano, que desemboca en la defensa de la dictadura en América Latina, culturas no estables para la democracia, como demuestran sus libros Biología de la democracia y La crisis del patriotismo, o su exaltación de la figura del militar dominicano Gregorio Luperón.

Su rechazo al fascismo alemán, me gustaría sugerir, tiene consecuencias fundamentales para la concepción misma que Lamar Schweyer sostiene del concepto de dictadura. Y es interesante, preguntarse, ¿por qué si Alberto Lamar Schweyer defiende teóricamente las dictaduras en Biología de la democracia, se negó a defender el Tercer Reich? Para Carl Schmitt, como sabemos, la dictadura del Tercer Reich se justificaba en tanto su poder excepcional para decidir y preservar el orden soberano contra el consenso irresoluble del parlamentarismo liberal frente al enemigo. Lamar, por contrario, vio en Hitler no la imposición de una dictadura inmanente al proceso de unidad, sino de alguna manera la extensión de una dictadura que podía convertirse, a la manera que analiza Walter Benjamin en sus “Tesis sobre la Historia”, en regla permanente. En uno de los artículos de Francia en la trinchera, Lamar discute la limitación dictatorial: 

“…la dictadura no es un mal. La dictadura es el único sistema de gobierno en momentos de peligro nacional, cuando no se pueden perder horas en polémicas porque el enemigo toca a la puerta. Además, la dictadura es un régimen de circunstancias. Dura mientras se mantenga las condiciones que la determinaron. Cuando se prologan fuera de ellas y sin una razón que la justifique, la tiranía es su secuela. Y por tanto, degenerado el principio y prolongado lo que fue bueno como pasajero, se establece un orden que es solo apariencia, exterioridad, y principio de desorden, en lugar de ser continuidad de lo ordenado” (p.24).

La legitimidad dictatorial en Lamar supone no solo límites temporales, sino un principio del orden que, como argumenta a lo largo de Francia en la trinchera, la Alemania de Hitler nunca llegó a constituir. Para Lamar, la Alemania de Hitler era caótica, con lo que quería decir, el antagonismo del proletariado, y la posibilidad del enemigo comunista, solo podría desembocar en la guerra. Esta contradicción era muestra suficiente que el Reich había sido incapaz de encontrar una forma, a través de la violencia y la dictadura, de fomentar la idea de unidad nacional.

El historiador Stefan Geroulanos ha estudiado los distintos modos de la recepción del pensamiento de Carl Schmitt durante y después de la ocupación en Francia, citando entre varios ejemplos, el caso de Gastón Fessard  quien, a través de las categorías de legitimidad y autoridad en Schmitt, llevó a cabo una crítica política de la legitimidad política del Estado de Vichy. Para Fessard no existía un principio autoritario que justificara el excepcionalismo de Vichy, ya que ésta suponía la ocupación alemana, y por consecuencia la ausencia de unidad y del bien colectivo.

Así mismo se pudiera afirmar que Lamar, como Fessard, aunque siguiendo una línea claramente schmittiana, opuso el autoritarismo alemán sobre la base de su incapacidad de suministrar el fin colectivo de la unidad nacional (y aunque Lamar no lo mencione a lo largo de su ensayo, pudiéramos pensar que el anti-semitismo es uno de los factores de este vacío de legitimidad). Esta falsa sistematización dictatorial es delicada no solo por el hecho de gobernar en el desorden, sino también por el peligro de extender su poder como pura excepción. Así, la dictadura en este sentido pasa a ser prerrogativa del excepcionalismo del Soberano y continuación de un poder que no verifica realmente su autoridad. No seria difícil imaginar, entonces, que Lamar Schweyer como Fessard, y sin abandonar una defensa en principio de la dictadura, hubiese reprobado el gobierno de Petain de 1940 a 1944.

La defensa de Francia para Lamar también se encontraba sujeta a una defensa del espíritu latino que tanto el fascismo como el comunismo lograron superar. La clave para entender el concepto de dictadura en Lamar, entonces, no solo tendría que hacerse en relación con el pensamiento de Schmitt y sus lectores no fascistas en Francia, sino también tomando en cuenta el imaginario del “espíritu latino” que Lamar, como algunos conservadores clásicos de la contra-ilustración (Joseph de Maistre, Louis Bonald, Charles Maurras), hicieron de los principios monárquicos una formula de la restauración política como respuesta a los modelos republicanos y liberales (3).

La dictadura solo se justifica en tanto ese espacio de restauración espiritual que muy poco o casi nada tiene que ver con el fascismo de Hitler o Mussolini. Fascismo que, como el socialismo o la democracia, tiene teóricamente como punto común la idea de movimiento político, así como la movilización y manipulación de las masas.

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1. Alina López Hernández. “Moviendo la izquierda desde la derecha: el pensamiento conservador de Alberto Lamar Schweyer”.Cuba, 2006.

2. Stefanos  Geroulanos. “Heterogenities, Slave-Princes, and Marshall Plans: Schmitt’s reception in Hegel’s France”. Modern Intellectual History, 2011. 

3. El anti-liberalismo de figuras como De Maistre o Bonald, entonces tampoco pueden ser tratadas como antecedentes intelectuales del fascismo como pensaba Isaiah Berlin en "Joseph de Maistre and the origins of European Fascism". 

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Gerardo Muñoz
Octubre de 2012
Princeton, NJ.

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