Thursday, January 17, 2013

Nueve lecciones de marxismo


Hacia el final de su novela chilena Nocturno de Chile, Roberto Bolaño construye una escena donde la tradición política radical de los 70s y las políticas de la memoria parecieran converger en un mismo cuadro: el protagonista, Urrutia Lacroix, un cura ilustrado del Opus Dei, tiene como encargo impartir una serie de clases sobre Marxismo a Pinochet y la Junta Militar luego del golpe de Septiembre 11 de 1973. El propósito: conocer al enemigo desde su pensamiento, desde la tradición intelectual que les da sustento, desde la ciencia teórica que alimenta la praxis política. Son nueve las lecciones que el cura imparte durante varias semanas abarcando los clásicos (Marx & Engels, Mao), así como neo-marxistas de la época como Althusser y Marta Harnecker. El eje de este ritual pedagógico, sin embargo, recae sobre el manual de la marxista chilena:

“…y luego volvimos a hablar de Los conceptos elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker. Durante la novena clase les hice preguntas relacionadas con este último libro. Las respuestas fueron, en general, satisfactorias. La décima clase fue la última. Solo asistió el general Pinochet. Hablamos de religión, no de política…No sé por qué yo había pensando que la despida iba ser más emotiva...Diez clases, me decía a mí mismo. En realidad, solo nueve. Nueve clases. Nueve lecciones. Poca bibliografía. ¿Lo he hecho bien? ¿Aprendieron algo? ¿Enseñé algo? ¿Hice lo que tenía que hacer? ¿Hice lo que debía hacer? ¿Es el marxismo un humanismo? ¿Es una teoría demoniaca? ¿Si les contara a mis amigos escritores lo que había hecho obtendría su aprobación?” (p.113)

En lugar de ofrecer un comentario a esta escena o intentar reconstruir su lugar en la novela (bastante aleatorio, lo cual habla del montaje y el pastiche en Bolaño), me provoca interrogarlo a partir de una serie de preguntas que, por una parte, situarían la relación de Bolaño con la tradición comunista del letrado latinoamericano, en la cual Bolaño sin lugar a dudas vendría a signar un cierre; y por otra, articular el modo en que, a mi parecer, podemos leer la intersección entre política, teológica, y pedagogía en el centro de la escritura de Bolaño. 

I. Si el marxismo en tanto imaginario, como argumenta Jean Franco en “Manifiestos Comunistas” (Decline and Fall of the Lettered City, 2002), alguna vez introdujo cierto potencial afectivo en las poéticas latinoamericanas de la primera mitad del siglo veinte (José Revueltas, Pablo Neruda, Jorge Amado), ¿se podría decir que en Bolaño ese proyecto marxista de la Modernidad letrada latinoamericana definitivamente llega a su clausura, transformado en prontuario escolástico, en guión por el cual la junta militar se instruye en el pensamiento del enemigo revolucionario? ¿Sería el marxismo en tanto teoría un pensamiento vaciado de su potencialidad transformadora, fácilmente reapropiado por el poder? 

II. El único momento en donde Pinochet no muestra el más mínimo interés ocurre cuando Urrutia Lacroix le lee el poema “El infinito” de Leopardi: “Así en esta / Inmensidad mi pensamiento se hunde: / Y el naufragio me es dulce en este mar”. En toda la obra de Bolaño pareciera que el instante poético es el mecanismo de contrapoder, y no el compromiso militante o la "fidelidad" teórica.  En Bolaño el marxismo carece de “emotividad”, ya que establece su mediación con el mundo a través de la finitud material. El marxismo en ese sentido no tiene una teoría del fracaso, solo una teoría triunfalista en tiempo futuro. 

III. ¿Estaría Bolaño escenificando la parodia de un marxismo panfletario, donde el único modo de transmisión ocurre a través del “manual” (esto explicaría la repetición una y otra vez de Los conceptos elementales del materialismo histórico) como instrucción simbólica de la esencia de la lucha de clases? El marxismo, expropiado de su función de transformación subjetiva, estaría simplemente ocupando el espacio de un discurso de poder. El marxismo, entonces, como “lección” y no como transformación. Jacques Ranciere escribe en La lección de Althusser: “La lucha de clase en teoría: la unión de un discurso de la impotencia y el discurso del poder – la impotencia de transformar el mundo, el poder de reproducirse asimismo como poder de los especialistas”. El marxismo de Urrutia como el caparazon althusseriano - científico y reduccionista - de las luchas latinoamericanas.

IV. “Solo asistió el general Pinochet. Hablamos de religión, no de política”. En la última clase de Urrutia Lacroix acontece un pasaje del marxismo a la teología. Pensando en la estructura arquitectónica que construye formalmente la novela (oikos) y en el desierto industrial entendido como “infierno” de 2666, ¿podríamos decir que la crítica de Bolaño a la dominación capitalista obliga a desplazar la crítica secular del marxismo hacia una investigación en la esfera de la teología política, desde la cual se revelara el foco oculto que enlaza a la dictadura con el neo-liberalismo?

V. De ser así, la escena de las nueve lecciones de marxismo a la Junta Militar sería el reverso de una lección a la izquierda: es necesario estudiar al enemigo desde su inserción epistemológica para así exceder la abstracción teórica que supone el esquematismo de la escolástica marxista. 

Esta operación, sin embargo, pareciera suspender toda segmentación ideológica, ¿podemos pensar a Bolaño como un escritor post-ideológico, cuya posición podríamos leer en esta declaración de Urrutia: “Todos, tarde o temprano, iban a volver a compartir el poder. Derecha, centro, izquierda, todos de la misma familia”. (p.121)”. En otras palabras: la escritura de Bolaño como reverso del neo-liberalismo.

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Gerardo Muñoz
Enero de 2013
Princeton, NJ.

2 comments:

Adriana López said...

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Gerardo Muñoz said...

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