Friday, May 31, 2013

Dos visiones de la comuna americana



 Le comentábamos hace tan solo un par de días al estudioso casaliano y editor de la revista La Habana Elegante, Francisco Morán, una cita que misteriosamente encontramos en el tomo XXI de las Obras Completas de José Martí : « No debe decirse la Comuna ». Escribe Martí a secas. Así nomás, como si con esa afirmación se cerrara algún tipo de discusión a la cual el lector ha llegado tarde o tal vez una explicación política que hemos perdido a lo largo de los apuntes filosóficos de Martí. 

Lo cierto es que no hay que llamarse al asombre ya que, como ha visto Antonio José Ponte en aquel clásico ensayo suyo (« El abrigo del aire ») que configura algo así como una lectura populista martiana (muy en contra de toda intención suya, desde luego), Martí está compuesto de silencios y escapes, de lugares de lo no dicho, pero justo es allí donde más se nos insinúa y se nos quiere decir un susurro que parece necesario que escuchemos. En algún momento de nuestro diálogo con Morán este llegó a decir que un temprano diario perdido es la clave misma para resolver el "problema cubano" ( ¿será que la cultura cubana no son más que una historia de libros perdidos?).  

La cita de Martí comprende un misterio filológico: ¿Qué quiso decir el poeta cubano al referir la Comuna, y qué estaría en juego en comprender que quiso decir, si es que acaso tal operación es posible para los lectores que se aproximan al texto? Hasta cierto punto digo que es filológica, ya que me recuerda mucho a famoso análisis de Jacques Derrida en Espolones sobre un apunte de Nietzsche en algún cuaderno suyo, donde el alemán escribía que había olvidado su paraguas. No hay dudas que todo “es un texto” (teóricamente una afirmación bastante difícil de sostener hoy en día, donde el historicismo y ciertas formas del análisis cultural están de regreso, así como la pulsión por abandonar los límites mismos de la textualidad como se propone la “post-hermenéutica”), pero lo que invita un fragmento como éste a es hacer una pregunta sobre la relación de Martí con la política. Una relación siempre tensa y que no buscamos de ningún modo repetir ni tan solo elucidar en lo que vendría siendo, en este apunte, no más que una contribución de lo que pudiéramos llamar una aproximación filológica-teórica. Pero de esto hablaremos solo hasta el final en términos mucho más metodológicos.

No hay que historiar lo anecdotario, aunque Francisco Morán en su más reciente libro, aun inédito, traza el complejo itinerario de Martí a partir de varias viñetas de su vida, de las cuales tuvimos un entremés en el magnífico panel “Desenfoques hacia José Martí” (en LASA 2013), junto con Rafael Rojas, Jorge Camacho, y Laura Lomas. Morán busca pensar lo político en Martí a partir de una suerte de constelación de “emblemas”, tal y como proponía Roland Barthes, para unificar una epistemología de la crítica literaria y el espacio real de la “vida”. Con este desvió lo que intento decir es que al menos yo intentaré aislar la relación (cualquiera que haya sido) de Martí con los receptores políticos de la Comuna de Paris de 1871 durante su estadía en España, y ver de qué forma podemos pensar lo comentario dentro del espacio martiano y de este modo reflexionar sobre las implicaciones de este lectura en un espacio más amplio latinoamericanista o latinoamericano. 

Podríamos sugerir, entonces, una operación incluso más sencilla: ubicar en ese mismo lugar donde Martí escribe “No debe decirse la Comuna”, junto con otras inscripciones. Un poco antes leemos también esto: “El Estado solo tiene derecho de castigar los delitos de sus súbditos cuando ha colocado a estos en un estado de educación bastante a conocerlos”. O bien: “El escorpión es inútil – No – el hombre es egoísta”. Lo que está en juego aquí es si podemos pensar, desde una operación filológica, a un Martí crítico del orden de la mera dominación del Estado. ¿Cómo pudo haber pensado un letrado como Martí, atravesado por la experiencia colonial y el federalismo norteamericano, la relación con el Estado? Antes de estos apuntes, Martí, no hay que olvidar, resalta la figura de Hegel en tanto lo que el llamó la “filosofía de la relación”. Pero como sabemos, si alguna vez existió un pensador del Estado, como condición de toda organización libre asociación política, fue sin lugar a dudas el Hegel de Filosofía del Derecho y Lecciones de la filosofía de la Historia. No hay porque buscarle coherencia al pensamiento martiano, ni mucho menos leerlo contra grandes sistemas filosóficos que aparecen meramente anotados y fragmentados en sus cuadernos de apuntes. Pero si detectamos una contradicción textual entre el desprecio de ni si quiera poder “hablar de la Comuna” y la contestación fractal sobre la forma-Estado.

 ¿Podríamos leer ese gesto doble de negación – contra la Comuna y contra el Estado – como una “tercera vía republicana” del pensamiento político martiano? Más que buscar una base coherente al “pensamiento martiano” – que no sería más que repetir la operación estéril del Centro de Estudios que lleva su nombre y que en buena parte ha sido un aparato ideológico del Estado mismo – lo que debemos preguntar es por esa enunciación misma de condición de posibilidad al mencionar la “Comuna”.

Escribiendo también en la segunda mitad del siglo XIX, el mercante griego Plotino Rhodakanaty, fundador de la Cartilla Socialista y considerado uno de los pioneros de las primeras ideas socialistas en Mexica según el historiador Carlos Illades, había escrito el artículo “La comuna americana”, donde podemos leer la operación opuesta de esa “imposibilidad” a tan solo decir la Comuna que había anotado Martí en sus cuadernos. De hecho, para Rhodakanaty no se trata ni siquiera de la condición de poder decir “Comuna”, sino del hecho de realizarla concretamente en el “espacio americano”.  Allí el pensador anarquista escribía:

La Comuna ha estallado en América…El pasado esta en el presente, como este se halla todo en el porvenir. Mirar con atención y deducir lógicamente los acontecimientos de nuestra época, es ver lo futuro con anticipación. Así pues, creemos, según la ley inefable de la analogía, que la Comuna, extinguía aunque aparente en Paris, germinando en toda Europa y transmigrando a los Estados Unidos de América, no dejará de visitarnos dentro de poco tiempo, cual ave viajera y peregrina que se cierren sobre los pueblos corrompidos para purificarlos y devorar a los tiranos que los infestan, cual el fatídico base coloca sobre la choza del enfermo, atraído por la putrefacción cantando el himno de la muerte” [1].

La Comuna, derrotada en las barricadas de Paris, consigue realizarse en el espacio de América. Es interesante, asimismo, que Rhodakanaty no solo diga “Latinoamérica”, sino que también aluda a los Estados Unidos, como si el espacio de “contaminación” que implica el sitio político de la comuna, como ha argumentado Bruno Bosteels, y que exija de algún modo repensar también dentro de pensamiento latinoamericanista, la cuestión del ‘anti-imperialismo’ y sin dudas, del anti-americanismo, entendido como rechazo contra la modernidad americana [2]. ¿Leyendo a Martí desde aquí, como quedarían las cosas? Pues, por una parte, podemos decir que quizás aquel apunte, a riesgos de especular brevemente, piense la Comuna como espacio legítimo, pero no como posibilidad política para el hemisferio americano tal y como lo veía Rhodakanaty en su política utópica. Así, tendríamos un Martí de repente más ligado al pragmatismo político, y como señaló recientemente Rafael Rojas, próximo al liberalismo republicano y no al liberalismo de “orden y progreso”, en la distinción clásica esbozada por teóricos políticos de la tradición liberal como Quentin Skinner o J.G. Pocock.

La otra posibilidad es que ver que Martí entendía la gobernabilidad y experimentación política americana como una formación más allá de calcos europeos, a diferencia de Plotino, para quien América es el agujero por donde ese “topo comunero” logra ingresar y desde allí construir la utopía. Más realista el primero y más utópico el segundo, no hay dudas que al menos la Comuna logra cierta articulación en ambos pensamientos si es pensada a partir de la realidad decimonónica en América Latina (podemos pensar en Giovanni Rossi o Flora Tristan) . Si para Rhodakanaty la huelga de los ferrocarrileros mexicanos de esos años había signado la potencia de una comuna americana; el Martí que viaja a México y atestigua las protestas de la “huelga de los impresores” en 1875 de la Revista Universal, como ha mostrado Francisco Morán, siente los peligros de lo que luego se llamará el ascenso de la cultura de masas en la escena política o la interpelación populista desde abajo contra el Estado benefactor [3]. Más alla de poder situar, entonces, el pensamiento político de Martí a una genealogía occidental, lo que ese apunte demuestra, así como ese artículo que comenta Morán, no es más que el Martí que se sitúa de cara a lo popular, o frente a eso que Jacques Ranciere pone en relación entre el intelectual en el interior de la tierra del pueblo. ¿Pudo Martí acercarse y ver algo de lo que reclamaba el Pueblo una vez que éste irrumpe en la escena americana, o estamos frente a un Martí que quizás le importaba crear “el Pueblo”, como invención republicana de la isla de Cuba? Es la pregunta que, a mi juicio, encierra ese apunte sobre la Comuna, del cual no podemos dejar de matizar su actualidad en el presente.

Y por eso, acaso, haya que volver al inicio en donde comentábamos la relación entre filología y política. Pudiéramos decir, de alguna forma, que ambas actividades (filologia y politica) se encuentran opuestas y constituyen las antinomias de al crítica moderna si pensamos en Eric Auerbach de un lado y a la escuela de los cultural studies por otra. Pero me gustaría sugerir aquí otra versión de ese relato: la filología no es lo apuesto a lo político, sino que lo constituye, ya no dentro de un “presentismo transformador”, sino más bien como parte de una organización intelectual de otra índole, como parte de todo pensamiento político textual. 

La equivalencia entre política e ideología, o bien entre lectura política y transformación, vis-a-vis la necesidad de por la emancipación, es un paradigma del cual no solo hemos llegado a su agotamiento, sino que sucumbe en la reducción de posibilidad de lecturas o la mera constitución programática de lo testimonial [4]. Por eso, hasta cierto punto no hace falta preguntase cual era la ideología de Martí y que “esconde”, si se quiere, en aquella visión (o falta de la misma) sobre la Comuna. Imposible pedirle a martí que estuviese a favor – o en contra for that matters – de un proceso político radical de su tiempo. Lo que queremos decir es que solo desde una filología-política es podemos leer, a contrapelo, tanto las rubricas ideológicas que imponen un Martí “anti-imperialista” (Roig de Leuchsenring), un Martí “nacional-esteticista” (Mañach), o un Martí “revolucionario” (Martínez Estrada), para comenzar a pensarlo desde las relaciones y las resonancias que se generan en el interior de América Latina y los Estados Unidos, y del corpus martiano mismo. Fuera de toda agenda y programa, más allá de las purezas y a-prioris ideológicos, el espacio de Comuna justamente  vendría a afirmar un modo de pensar la contaminación y el principio de contradicción como inicio para toda problematización política, historiográfica, e intelectual. Martí en ese sentido constituye un punto de inflexión, un contrapunto sobre una experiencia imposible.


____
Notas

1. Plotino Rhodakanaty. “La comuna americana”. Obras (edición de Carlos Illades). México: UNAM, 1998.

2. Bruno Bosteels. “Traversing the heresies: An interview with Bruno Bosteels”. Platypus Review, N.54, March 2013.

3. Francisco Morán. “La huelga que Martí se inventó”. Diario de Cuba, Septiembre 30, 2012.

4. Desde esta sustitución de política por ideología pensamos obviamente en la reducción al testimonio que contrajo la afirmación “toda literatura es criolla” de John Beverley en Against Literature (1993) y en otros de sus trabajos teóricos sobre el género testimonio. Lo que está en juego hoy, como también apuesta el crítico mexicano Ignacio Sánchez Prado con otros fines a los míos, es la posibilidad del regreso a la literatura como totalidad, mediación, e interpelación política y popular. Sobre el fin de la figura del critico unido a un proyecto de emancipacion se ha referido recientemente el pensador Peter Hallward.


_______
Gerardo Muñoz
Mayo de 2013
Princeton, NJ.

No comments: