Tuesday, October 8, 2013

Operación Masacre en traducción



Tan solo el mes pasado acaba de ser publicado por primera vez al inglés, el clásico Operación Masacre (1957) de Rodolfo Walsh, en excelente traducción de Daniela Gitlin para la editorial neoyorquina Seven Stories. Resulta alarmante, y a la vez no deja de sorprender que un libro usualmente considerado como fundacional del género de la non-fiction, adelantándose a las escrituras de Truman Capote o Norman Mailer, aparezca en los Estados Unidos luego de más de cuatro décadas. Aunque la traducción y la edición ha sido elogiada tanto en las publicaciones argentinas (Revista Ñ), o Los Angeles Review of Books, lo cierto es que la traducción se debe más a un trabajo de pasión individual que a un proyecto concreto de introducir de una manera programática la escritura de Walsh a la audiencia lectora norteamericana.(No tenemos noticias que otro Walsh vuelva a ser traducido en los Estados Unidos).

Los que asistimos hace unos días a la charla de la joven traductora Daniela Gitlin y el profesor Michael Wood, escuchamos atentos a la azarosa circunstancia en que fue traducido el libro por una joven brillante ex-estudiante de escritura de la Universidad de Columbia quien, luego de recibir un ejemplar del libro de Walsh como talismán de manos de uno de sus amigos, termina siendo la traducción que acotamos. Menos apegada a la politización de la figura del escritor militante que encierra el imaginario de Walsh en la Argentina de esta década kirchnerista, en los Estados Unidos se presenta al autor de Operación Masacre como uno de los pioneros del género policial, así como uno de los artífices del non-fiction.

Mientras que en la Argentina, la figura de Walsh ha sido reivindicada como uno de los íconos centrales de la militancia letrada de los años setenta, en Estados Unidos esa lectura política de la última época del escritor queda relegada a un momento de mayor levedad, condensando un aura fundacional de un tipo de escritor que encuentra una forma de narrar bajo condiciones puramente contingentes. Sin embargo, la edición de Operación Masacre, curiosamente incluye una traducción de la « Carta Abierta  a la Junta Militar », con lo que se pretende establecer un arco entre el momento fundacional de lo político en Walsh y la radicalización última de un escritor que llega a firmar con su propio nombre una valiente carta contra la dictadura militar.

Operación Masacre, en efecto, podría leerse tanto como la construcción del origen de todo escritor que, en la escritura de Walsh, pasa del anti-peronismo a la lucha armada de Montoneros, del ejercicio del letrado burgues al militante en armas. Aunque Operación Masacre no es propiamente el « testimonio » de una conversión política, es algo así como como la puesta en escena en donde un evento dramático, azaroso, y violento, descoloca el orden simbólico del escritor y lo lleva a pensar la escritura de otra forma. O más importante aún: un evento o forma que, al no ser premeditada por el escritor, justamente le permite a Walsh reescribir ese momento retroactivamente. En otras palabras, no estamos frente al canje inmediato de las letras por las armas, pero si ante un primer signo de lo que vendría luego.

Aunque como lo demuestran las primeras páginas del prólogo del libro, la masacre que le llega al escritor y jugador de ajedrez en un bar, es un tema que parece signar un destino que entrecruza vida y compromiso, formas de pensar la ficción frente a una realidad que fluye en lo concreto de la historia del presente. Hay un instante en que Walsh vacila entre volver a terminar un cuento policial o seguir jugando ajedrez, pero rápidamente interioriza que en la eventualidad de un momento de violencia se esconde la potencia misma de la ficción. Pensar y escribir sobre la violencia se transforma en el elemento que aparece como el desasosiego inicial en Operación Masacre y que continuará hasta sus informes periodistas una vez que ya pasa a la clandestinidad.

Según Michael Wood, sin embargo, Operación Masacre es un texto que va más allá de la ya casi impuesta etiqueta del non-fiction narrative, equivocadamente colocado como antecedente de una novela como In Cold Blood. Tomando como punto de partida una observación de Piglia en el epílogo que da cierre a la traducción, Wood sugirió que para Walsh no se trataba de explicitar la « realidad objetiva » de un acontecimiento, sino más bien de narrar la ficción dentro de una forma que tuviera la verosimilitud de un reporte del periodismo político no desatendido de las intrigas que ya aparecían en los relatos de Variaciones en Rojo.

En Walsh, al igual que en Borges, la escritura no es un reflejo de lo social, sino que lo social mismo pasa a estar contaminado por las fisuras, grafías, signos de una ficción que trama el poder. El poder de la escritura no es ficcionalizar aquello que acontece en lo social, sino más bien mostrar como la totalidad misma que opera como soporte se encuentra bajo las condiciones de ciertos relatos ficticios (eso que Piglia explicar
ía en lugares varios, como la "teoría del complot"). En ese sentido, el propósito de Operación Masacre no era propiamente literario ni periodístico, sino un juego de espejos entre la mediación misma de ambos género: un umbral imposible que compensaba una la equivalencia entre la realidad y su representación.

Operación Masacre también se sostiene ante una proximidad con la ley: escribir en Walsh no es solo mantenerse en los límites de la autonomía de lo literario, sino generar efectos políticos concretos sobre la realidad. A diferencia de Kafka, para quien el "proceso" del derecho constituye una siniestra burocracia de orden litúrgico, Walsh escribe aun pensando en el de la esfera jurídica como instrumento racional de los hombres. El segundo grado de esta escritura, entonces, no solo se instancia dentro del mundo cerrado de la representación, sino desde una potencia de un imaginario-afuera; de querer unir, a la manera de la vanguardia, la ficción a lo real.

El libro de Walsh, como sabemos, no logró hacer « justicia » a los masacrados de 1956, ni llevar muy lejos un proceso judicial sobre las víctimas. (¿Y si se hubiese llevado a cabo un proceso, se podría decir que un proceso jurídico es compensatorio con la culpa o el duelo de éstas?). Sus efectos póstumos han sido meramente literarios y formales. Pero decir “forma” en literaria no es decir poco, si acaso entendemos una mediación integral con el campo de lo político en su transformación. La forma no como reflejo, sino como como nueva instancia de una totalidad que nunca es dada tal cual. En el gesto dialéctico mismo que se repliega formalmente la derrota de Walsh, que ha pasado a ser una victoria póstuma, en la cual la literatura ha podido estar más cercana que nunca de una realidad entendida como simbolización o como artificio.


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Gerardo Muñoz
Octubre de 2013
Princeton, NJ.

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